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Omar

Ayer me dio por invitar a Omar, un joven senegalés de piel oscurísima, a tomar algo. Vino a ver si podía colocarnos alguna película pirateada: sabe que siempre procuro comprarle alguna. La verdad es que me da pena.

Quiso tomarse una Coca-Cola. También se fumó un cigarrito. Nos contó, un poco en castellano, otro poco en francés y algo en inglés, que tiene veintidós años, que llegó a Tenerife hace un año y medio en una patera que compartió con ochenta y cuatro personas, y para subirse en la cual tuvo que pagar quinientos euros (una pasta). Nos contó que tiene un hermano en Madrid que ya tiene papeles, que antes de vender CDs trabajó en Málaga, pero lo estafaron y tuvo que irse sin cobrar por su trabajo (cuánto hache de pe hay suelto por ahí), y que su intención es quedarse en España de momento, y volver algún día a Senegal con una situación económica mucho mejor que la que dejó.

También nos dijo que es musulmán, y que reza en casa. Dice que no tiene tiempo de ir a la mezquita.

En fin, nos contó muchas cosas hasta que se levantó y se fue a seguir trabajando.

Nos pareció que es un valiente, y que nosotros nos hemos criado entre algodones. Yo siempre tengo miedo, él no parece temer a nada. No me da envidia su situación, naturalmente, pero envidio su fortaleza.

Pensamiento del año

Hay una espantosa persona a la que yo llamo La Chunga y que casi ninguno de vosotros tenéis la desgracia de conocer y menos de sufrir en directo. Le dedico un pensamiento sagaz y eterno:

“Cuanto mejor es uno, tanto más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros.” Eso lo dijo Marco Tulio Cicerón (106-43 A.C.), escritor, orador y político romano.

Yo aprovecho para darle la vuelta y afirmar que “cuanto peor es uno, más fácilmente sospecha que los otros tienen malas intenciones”.

Es una pena, pero tengo comprobadísimo que todo es cierto.

Lectura desengrasante

Hay un tipo nuevo de “freakies” ahora que afirman que están intoxicados de tanta información como les llega, y que su cerebro ya no les da para más. Yo, que soy o he sido adicta a varias cosas, a esto desde luego no lo seré jamás, porque superada una cantidad determinada de información escrita o audiovisual acerca de un tema sociopolítico concreto, paso a otro asunto o bien me dedico a otro tipo de lectura, más amena, más inteligente a veces, y desde luego más placentera.

Ayer terminé de leer este libro de Rafael Reig:

Me ha gustado mucho: es inteligente, bondadoso, interesante, original y bien escrito. No sé qué más se le puede pedir a la ficción (contemporánea), así que os lo recomiendo vivamente. Esta mañana he vuelto a El Corte Inglés y he comprado un par de novelas de Eduardo Mendoza (¿os conté o no que me lo encontré varias veces en Damasco?) y otra de Reig (”Hazañas del capitán Carpeto”), la única que había disponible a simple vista del mismo autor. De todas maneras, esta tarde iré a la Casa del Libro, a ver.

Bueno, cuidado, que se me va la olla. Yo hoy he venido por aquí a hablar de mi libro, como Umbral. Porque a mí me pasa que los libros que me gustan los hago de mi propiedad -no física, entendedme: digamos “emocional”. Se establece un vínculo de cariño con lo recién leído, porque la lectura es sobre todo intimidad, y la intimidad une mucho, aunque también puede distanciar mucho… ya sabéis lo que pasa con la confianza.

Pues voy a seguir así una temporada, leyendo libros que me gusten y me diviertan, me entretengan y me hagan pensar cosas interesantes y extraordinarias. Estoy abierta a sugerencias.

Entre dos edades

Supongo que será la cada vez mayor cercanía a mis cuarenta años, pero últimamente le estoy dando vueltas a cómo se ven las cosas conforme pasan los años y se va dejando una edad adulta (la juventud, la madurez) para entrar en otra (la madurez, la vejez). Son lentas transiciones que conducen a las personas a convertirse en alguien por lo general ligeramente distinto a quien era antes, y a veces en alguien muy o radicalmente diferente a su “yo” anterior.

Estos días tengo puesto al gran Charles Aznavour aquí a la derecha, cantando a los cuarenta y tantos años su bellísimo éxito “La Bohème“. Comienza por decir que va a hablar de algo que “los menores de veinte años no pueden conocer”: todos sabemos lo que eso implica. Los cuarentones tienden a compensar su incipiente falta de juventud dejando fuera de sus recuerdos -que procuran que sean maravillosos- a la gente más joven.

Otro Aznavour, en una performance en directo de la misma canción, treinta años más tarde, parece que mira sobre sí cuando se las daba de maduro-con-un-pasado, y me parece que se ríe de sí mismo un poco. No canta la canción con tanto convencimiento, sino más bien con el afable sentimiento del que sí ha vivido muchas cosas que los menores de cincuenta no han podido conocer, y que ya no le ve la gracia a eso.

Antonio López habla, en una entrevista publicada hoy en elpais.com, de los cambios que se producían en las obras de algunos grandes pintores, como Velázquez -a quien indisimuladamente López admira sobre todas las cosas-. Dice López, y tiene razón, que el cambio entre los primeros cuadros del maestro sevillano, casi siniestros de puro oscuros, y el despliegue de luz de “Las hilanderas”, es enorme. Se pregunta por qué no se habla de las etapas en la pintura de Velázquez como se habla de las etapas en la obra de, por ejemplo, Picasso. Concluye que las del barroco son más sutiles, y además involuntarias, y que se deben al imparable paso del tiempo sobre la obra de un genio, una persona talentosa que no pudo evitar mejorar y renovar su manera de pintar.

Decía Jacques Brel que pasase lo que pasase en su vida él siempre recordaría los días en los que se llamaba “Jacky”. Seguro que eso fue verdad incluso en sus años en la Polinesia Francesa, donde enterraron sus restos -al lado de los del gran Gauguin-, y en donde entretenía su tiempo pilotando una avioneta que siempre estaba a disposición del que la necesitase. Siempre fue “Jacky”, pero también fue al tiempo Brel, el grande, el que cada día componía mejor y cada vez era mejor persona y mejor músico.

Hay muchos otros casos interesantes que me están ayudando a superar este pequeño trance entre dos edades. También hay casos tristes de personas que se han convertido, en su madurez o en su vejez, en gentes mucho peores de lo que fueron, y que además olvidan u olvidaron los días en que los demás los conocían por un diminutivo de su nombre.

Pero de esos más vale olvidarse, en general. Me da miedo convertirme en uno de ellos.

De vez en cuando la vida

Hoy me he levantado mal. No con un disgusto grave, sino con una tristeza pequeña, de ésas que te llegan al alma, te hacen saltar las lágrimas y te dejan una mácula en el ánimo. He salido a la calle, a encontrarme conmigo misma, a pensar y a respirar hondo. No quería mirar a nadie, ni molestar a nadie, ni hablar con nadie. Tampoco me gustaba nadie. Lo mejor habría sido estar absolutamente sola, pero me he conformado por andar por lugares tranquilos.

En éstas, me ha llegado un rayo de esperanza. Hay una mujer que pide dinero de rodillas, en una de las esquinas entre Ayala y Alcalá. Otra bondadosa mujer se le ha acercado y le ha dado una bolsa llena de tarteras con comida preparada. También le ha dado un beso. Casi me hace llorar, pero de alegría.

Cómo son las cosas, ¿no?

Los Barbapapás

¿Os acordáis de los Barbapapás?:

Yo sí. Recuerdo que era mi serie favorita de dibujos animados de la tele (debía tener yo 8 ó 9 años, puede que menos aún), pero la echaban por el UHF los sábados, y la emisión coincidía con algo que querían ver mis hermanos mayores. Muy raramente podía ver las aventuras de estos seres amorfos y transformables, llenos de cariño y de alegría, en nuestra pequeña tele en blanco y negro.

Ahora me entero de que la emiten en la emisora Nick(le Odeon), a las 8 de la mañana. Uno de estos días me quedaré en casa para verla.

Qué ilusión me ha hecho ver estos bichos a colores, a mis treinta y muchos años.

Encuesta de El Portal de Belén

Queridos amigos,

En este cuaderno de bitácora no queríamos ser menos que los tebeos diarios impresos, así que por una vez no hemos reparado en gastos: hemos contratado a la prestigiosa consultora ESTIGMA DOS para que haga una encuesta sobre la opinión de los visitantes de esta web respecto a qué ocurrirá en España después del 9 de marzo (¿no recordáis haber sido preguntados? No es grave, eso se arregla comiendo fósforo y rabos de pasa).

Los resultados son los siguientes:

  • El 98% de los entrevistados creen que la Iglesia católica seguirá recibiendo subvenciones. El 2% restante no entienden el castellano.
  • El 65% de los entrevistados creen que la mayor parte de lo que se ve en la televisión de España seguirá siendo una mierda. Al 35% restante les gusta todo lo que ponen, ¿qué pasa?
  • El 85% de los entrevistados creen que seguirán sin llegar a fin de mes. El 15% restante no se habla con el servicio.
  • El 75% de los entrevistados creen que seguirá habiendo lista de espera para operarse en la Seguridad Social. El 25% restante se pagará, en caso de necesitarlo, su clínica Ruber, Montepríncipe o similar.
  • El 90% de los entrevistados con curro creen que tendrán que seguir yendo. El 10% restante no quiere dar pistas de su paradero.
  • El 85% de los entrevistados creen que se ilegalizarán aún más partidos abertzales de izquierda en el País Vasco. El 15% restante no sabe qué es un partido abertzale, ni le importa.
  • El 40% de los entrevistados creen que el Madrid ganará la liga. En el 60% restante hay división de opiniones.
  • El 95% de los entrevistados creen que Fernando Alonso seguirá siendo un antipático y un pagado de sí mismo. El 5% restante se compone de ovetenses aficionados a la fórmula uno.

Podríamos haber preguntado más cosas, pero se nos ha echado el tiempo encima, así que esto es lo que hay, que no es poco. Bueno, por lo menos es gratis.

Papá haciendo el canelo

Mi padre murió hace casi seis años. En sus últimos años de vida estaba enfermo y muy desanimado, se convirtió en un ancianito, el pobre. Antes de eso a veces tenía días divertidos, como en el que le tomé esta foto (el original debe tener lo menos quince años, si no más):

                                                      

Improductividad

“No a la tos improductiva”, dice un anuncio de jarabe antitusivo colocado en el escaparate de la farmacia de la esquina. Ángel finge enojarse: “joer con los neo-cons, hasta la tos tiene que ser productiva, seguro que les parece una vergüenza que toser sin más ni más no incremente el IPC”.

Ahora me figuro a Manolo, explicando que no es posible que la tos sea improductiva desde el punto de vista energético.

Sí, amigos, así son las cosas en nuestro bonito mundo de locos.

Un fin de semana bien aprovechado

Este fin de semana, además de lo habitual (limpiar la casa, descansar, hacer el vago, ver la tele, hacer la compra, etc.), hemos tenido un par de actividades destacables.

El sábado fuimos a ver la peli de los Coen, “No Country For Old Men“. Es una estupenda película en general, aunque desde mi punto de vista le sobra su buena media hora de metraje (y personalmente sé en qué trozos metería la tijera). Hay escenas algo “gore”, que no son de mi gusto -me pasa casi siempre con estos chicos-, y no acabo de ver simpático a ningún personaje, salvo tal vez al casi viejo sheriff (Tommy Lee Jones), desencantado, depre y aburrido. Lo de Bardem es increíble. Es un actor perfeccionista, de ésos que le echan horas al personaje, y se nota. Lo ha bordado. Me gustó, me pareció cine inteligente, tal vez demasiado salvaje, pero bien pensado y bien terminado.

El domingo nos plantamos a las 10 de la mañana en el museo Thyssen-Bornemisza, con las entradas ya compradas de antemano para ver la exposición sobre Amedeo Modigliani y su tiempo. Aquí tenéis al artista, fotografiado en 1918 (¿a que parece un chico de los 60?):

La primera parte de esta exposición es magnífica (la segunda parte está en la Fundación Cajamadrid, en la plaza de San Martín, y la entrada es libre): han traído bastantes cuadros del pintor italiano -toscano-, y muchas obras de pintores amigos y maestros del maestro. Resulta muy entretenida y muy agradable.

Como además salimos pronto del museo, pudimos ir a desayunar al sol, en una terraza de la plaza de Santa Ana. Madrid a veces es una delicia.