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Dígame un libro

Como todos los años por estas fechas, a los que trabajan en los medios de comunicación les da por preguntar qué libro preferimos de todos los que hemos leído, o cuál ha sido importante para nuestras vidas, sin considerar siquiera que algunos ya llevamos varias décadas leyendo de todo, y acaso hace mucho que hemos abandonado por inútiles las competiciones pueriles (”si se pelease un toro contra un cocodrilo, ¿quién ganaría?”; “¿quién puede más, Fraga o Guerra?”; “¿quién te cae peor, Rajoy o Esperanza Aguirre?”).

Conminar a un lector a escoger un libro es como preguntar a un músico profesional qué nota alterada prefiere -”estoy entre el la sostenido y el sí bemol”-, o a un cocinero por una especia determinada. No es pertinente, no hay que poner a la gente en esos bretes.

Siempre hay sin embargo, de todo hay en este mundo, alguien al que sí le gusta que le hagan tomar partido. Rosa Díez, en una demostración de mediocridad muy suya, ha afirmado rotunda que el libro que cambió su vida es “Los pilares de la tierra”, de Ken Follet. Curioso y tal vez significativo. (Mi opinión es que es un libro muy entretenido; yo me lo leí hace mucho, en la adolescencia, que es cuando más hay que leer.)

Me resisto a declararme a favor de un solo libro, ¡dejadme, no pienso cantar, nunca jamás! ¡Antes muerta!… De acuerdo, basta, me rindo: el libro que más me ha influido son dos en realidad, la primera y la segunda parte del Quijote.

Y ahora abandonadme con mi pena: he sido débil. La culpa es de esos maquiavélicos entrevistadores mediáticos, ¡malditos seáis! Snif.

¿No habrá quién me regale una rosa y/o un libro para consolar mi tristeza?

Lectura desengrasante

Hay un tipo nuevo de “freakies” ahora que afirman que están intoxicados de tanta información como les llega, y que su cerebro ya no les da para más. Yo, que soy o he sido adicta a varias cosas, a esto desde luego no lo seré jamás, porque superada una cantidad determinada de información escrita o audiovisual acerca de un tema sociopolítico concreto, paso a otro asunto o bien me dedico a otro tipo de lectura, más amena, más inteligente a veces, y desde luego más placentera.

Ayer terminé de leer este libro de Rafael Reig:

Me ha gustado mucho: es inteligente, bondadoso, interesante, original y bien escrito. No sé qué más se le puede pedir a la ficción (contemporánea), así que os lo recomiendo vivamente. Esta mañana he vuelto a El Corte Inglés y he comprado un par de novelas de Eduardo Mendoza (¿os conté o no que me lo encontré varias veces en Damasco?) y otra de Reig (”Hazañas del capitán Carpeto”), la única que había disponible a simple vista del mismo autor. De todas maneras, esta tarde iré a la Casa del Libro, a ver.

Bueno, cuidado, que se me va la olla. Yo hoy he venido por aquí a hablar de mi libro, como Umbral. Porque a mí me pasa que los libros que me gustan los hago de mi propiedad -no física, entendedme: digamos “emocional”. Se establece un vínculo de cariño con lo recién leído, porque la lectura es sobre todo intimidad, y la intimidad une mucho, aunque también puede distanciar mucho… ya sabéis lo que pasa con la confianza.

Pues voy a seguir así una temporada, leyendo libros que me gusten y me diviertan, me entretengan y me hagan pensar cosas interesantes y extraordinarias. Estoy abierta a sugerencias.

El niño con el pijama a rayas

Esta noche he dormido francamente poco. Ha sido una noche corta de sueño y larga en lectura, una noche rara porque además Ángel está de viaje de trabajo en Casablanca, y siempre me cuesta dormir sola.

La culpa del desvelo es de este modesto libro en edición de bolsillo:

Había oído hablar de esta novela por primera vez, y con verdadero entusiasmo, a un chaval que trabaja de becario en El Cairo, al que conocí en mi viaje de febrero. No había vuelto a acordarme de ello hasta el lunes, el día que la Providencia vestida de azar me condujo a una librería del aeropuerto de Ámsterdam. Del libro que me había llevado apenas me quedaban cuatro o cinco hojas por leer, y mi experiencia en los vuelos de más de dos horas sin otra cosa que leer que la revista de la aerolínea no me dejaba opción: tenía que buscarme lectura ipso facto.

Y ahí estaba esperándome esta novelita, con su llamativa portada bicolor a juego con el título, en castellano “El niño con el pijama a rayas”. Recordé la recomendación y no dudé en comprármela.

Vaya si hice bien: esta novela es de las que crean afición, y sí, algo de aflicción inevitablemente. No os voy a contar absolutamente nada del argumento, porque os estropearía la sorpresa. Me limitaré a deciros que hacía tiempo que una lectura no me enganchaba tanto: he tardado dos días y media en leerla, curiosamente el mismo tiempo que su autor, John Boyne, asegura que tardó en escribirla. Y yo no soy de las que se pasa las tardes leyendo; cuando no estoy de vacaciones sólo leo en los transportes públicos, en el almuerzo (si estoy sola), y en la cama antes de dormir.

Si tenéis la posibilidad, os recomiendo que la leáis en inglés. Está escrita de manera sencilla y accesible para cualquiera que tenga un nivel medio en este idioma.

En fin, se me ha despertado el hambre por leer. Esta mañana he comenzado otra novela que promete, más larga y más compleja que la que esta noche me ha ocupado. Se trata de “Antes de que hiele”, de Henning Mankell. Empieza bien, ya os contaré qué tal continúa.