Tiempos duros

Javier, aunque querría no puedo. ¿Cómo explicar lo que significaste para mí?

Tanto como mi padre, como Manolo, mi suegro. Hombres que me habéis enseñado un montón de cosas, que sois insustituibles en mi vida y en mi quehacer cotidiano. Afortunadamente, Manolo está vivo, y espero que durante muchos años. Tengo que ir a verlo.

No termino de darme cuenta de cuánto supusiste en mi vida, en nuestros escasos años de conocimiento y de cercanía (6 ó 7, ¿no?). Fuiste para mí un maestro, un hermano, un amigo. Me refiero a un amigo de verdad, de los que se preocupa en serio por tus cosas y te da de corazón su opinión sobre lo que mejor supondría para mí.

Hay además algo terrible sobre tu muerte. ¿Recuerdas que decías “ahora se muere gente que antes no se moría”? No comprendí bien qué querías decir con eso. Ahora sí lo entiendo. Comienzas a pensar que tú también vas a morir, a hacer compañía a todos esos tíos y tías estupendos que se van. Lo empecé a notar, pero muy lejanamente -era aún muy joven- cuando murieron mi tío Manolo y mi tía Pili (no sabes cómo eran, fabulosos, encantadores, divertidísimos). La muerte de papá, hace ya más de seis años, aún no la he entendido.

La muerte de mi amigo Paco también fue terrible, pero no la relacioné conmigo.

Pues bien: ahora sí, ahora sí creo que yo voy a morir en no mucho. Me voy acostumbrando a ello, eso creo.

Entre tanto, aún sigo entera. Me queda mucho por hacer, eso espero. Supongo que viajaré aún mucho más, y veré muchas cosa que me sorprendan. Procuraré hacer feliz a Ángel, que se lo merece.

Pero, y eso que ya no nos hablábamos, siempre te echaré de menos, Javiertxo.

Una de las personas que más quiero en el mundo, mi primo Santi, está entre la vida y la muerte. No tengo muchas esperanzas, espero lo peor. Me siento débil, y me siento mortal también.

Tú me entiendes, ¿verdad? Y a todo esto, a seguir con la vida, a trabajar, a hacer la casa, a cuidar a la gente y a la gata, a reír.

Caray. La parte más dura de la vida es la muerte, ¿no?

Mayday!

Cuando me subí al avión el viernes 1 de mayo hacia Chicago pensaba en que, precisamente, volaba hacia la ciudad en la que ocurrió hace ya mucho tiempo uno de tantos sucesos ignominiosos y brutales, en los que los patronos asesinan a miembros de la clase obrera que se ponen rebeldes. Uno de tantos, claro, pero justo el que se recuerda cada año en muchas partes del mundo desde entonces, el primero de mayo. En Estados Unidos, tal día es el “May Day”. ¿Recordáis que, además, la llamada de socorro de los pilotos ha sido tradicionalmente “mayday”?

Qué cosas: A la media hora de despegar, el piloto del avión en el que viajaba dijo “mayday”, al menos para sus adentros. Nos comunicó que el avión estaba averiado y había que regresar a Barajas. “Mayday!”, dijo algún cachondo entre el pasaje. “May Day”, me dije yo, “y nunca mejor dicho”.

Al fin aterricé en Chicago. Una ciudad evocadora, ¿verdad? Y no sólo por los sucesos del Haymarket de 1887, que se conmemoran cada año, sino por muchas cosas más. Era tanto el trabajo que allí me esperaba, y tanta la tensión que yo portaba, que poco pudieron mis muchos antecedentes emocionales sobre aquéllos, y no fui capaz de darme cuenta de que estaba en Chicago hasta que me pasée por la mañana, y sin querer, por la avenida Michigan. Nunca me he sentido así: como una pueblerina de La Mancha en los años treinta, pisando por primera vez una gran ciudad. Sólo podía mirar hacia arriba: los altos edificios de los años veinte y treinta bordeando el río Chicago me dejaron apabullada, de verdad. Y creed que ya llevo vistas muchas cosas, y muchas ciudades del mundo.

Es una ciudad pensada para que todo el mundo entienda que allí, en la milla de oro de Chicago, se mueve el capital rápido, el moderno, el que te levanta un rascacielos en dos meses y un barrio entero en ocho semanas. ¿Qué debió pensar Oscar Wilde cuando estuvo por allí? Dejó escritos varios comentarios jocosos y peyorativos sobre los grandes edificios chicaguenses, pero tal vez también tuvo ocasión de no dar crédito a lo que veían sus ojos. Claro que él era irlandés, y eso hace mucho carácter. Y además era Wilde, no cabe duda de ello.

Hace poco estuve en Miami, pero pensé que esa ciudad no era Estados Unidos del todo. Tenía razón: lo de Chicago es mucho más estadounidense, en todos los sentidos. Para bien, y sobre todo para mal.

He vuelto con sentimientos encontrados: reconozco mi apabulle por muchas cosas que he visto, pero yo me he sentido fuera del cotarro. Hago un montón de cosas que allí no se deben hacer, y que hacen que te notes expulsada de la norma, lo que allí es francamente incómodo. No es una ciudad tolerante, en absoluto. Es una ciudad imponente, en el sentido de que a todo el que la pisa se le supone un cierto comportamiento que, si no cumple, lo convertirá en un outsider. Y allí estar fuera es complicado.

Sólo he establecido conversación espontánea -y yo soy muy de hablar con cualquiera- con gente “homeless”, sin hogar, todos ellos negros, y pedigüeños sin excepción. No tienen otra. Les he dado lo que he podido, sobre todo tabaco, que han agradecido mucho.

Me he ido de Chicago con ganas de irme. Es una pena, pero es así.

Y es una pena, porque tal vez esperaba algo más de la ciudad. Creo que le daré otra oportunidad. A lo mejor, si cuando vuelva ya no fumo, me cae mejor.

Javier

Hace algunos años, creo que 8 ó 9, escribí un correo a Javier Ortiz, quien por entonces publicaba en “El Mundo”, haciéndole algunos comentarios sobre su última columna, y explicándole que yo era, como muchas otras personas, una lectora asidua, y admiradora, de su sección. Me contestó de inmediato, muy amable y muy halagüeño. Así comenzó una amistad que con el tiempo se hizo íntima, y que duró varios años, hasta que se rompió hace algo más de un año por motivos que no vienen al caso.

No vienen al caso, sobre todo, porque esta noche Javier ha muerto, para mi gran sorpresa. Parece que padecía una seria enfermedad hepática, de la que yo tenía noticia a través del propio enfermo, ya que como era habitual en él no tuvo reparos en explicar pública y personalmente la grave situación por la que atravesaba, a través de su blog.

Quién, sin embargo, podía imaginar, con esa poca información, que estaba al borde de la defunción.

Me imagino el tremendo hueco que deja en casa y lo muchísimo que lo añorarán sus amigos, que son cantidad. Algunos son también amigos míos, y un par de ellos han tenido la bondad de informarme del fallecimiento de Javier, cosa que les agradezco infinito, ya que habría sido mucho peor saberlo por otras fuentes.

Me habría gustado mucho llegar a este ominoso día teniendo como amigo a Javier, pero por desgracia eso no ha sido posible. Qué le vamos a hacer.

Me queda, sin embargo, la fortuna de poder recordar un montón de ratos divertidos que pasé junto a Javier, y que forman parte de algunos de los mejores recuerdos que poseo. Solíamos reírnos mucho de casi todo, también cuando hablábamos por teléfono. Además me quedan algunas cosas que me enseñó, personalmente y a través de sus escritos. Escritos que eran muy buenos por lo general, y en general también tremendamente acertados.

Lamento, cómo no, que haya muerto antes de tener la oportunidad de pasar algunos años tranquilos en su casa de Aigües, ya retirado del mundanal ruido laboral. Su retiro tranquilo era su esperanza, y su única preocupación seria últimamente, antes de caer enfermo.

Era un hombre singular, desde luego. Al menos, eso es indiscutible.

En fin, macho, un beso y hasta luego,

Belentxo

Durrell, bienvenido a mi vida de nuevo

Supongo que muchos de vosotros conocéis la famosa trilogía de Gerald Durrell sobre su infancia en la isla griega de Corfú, “Mi familia y otros animales” y sus dos fabulosas secuelas. Son tres de los mejores libros que he leído en mi vida, no me cabe duda de eso. Hace como un par de años me compré la primera en inglés, y recuerdo pocos ratos de lectura tan agradables. Durrell, cuya mejor y más importante misión en este mundo fue ser uno de los más grandes y más inteligentes defensores de la fauna -y también de la flora- mundial, tenía también (y quizá sin embargo) una impresionante capacidad para escribir bien, conciso, claro, divertido y desde luego muy entretenido.

Sus libros, todos los que he leído, son desopilantes, amenísimos, y muy interesantes. Hacía años que había oído hablar muy bien de uno de los que escribió para sacar dinero para su zoo de la isla de Jersey. A él le encantaba escribir, porque se le daba, pero prefería dedicar todo su tiempo a cuidar de los numerosísimos animales que tenía a su cuidado. Casi todo lo que escribió lo hizo más o menos por obligación, porque su editor se los pedía y él accedía. Aunque en el fondo, encantado, ya que sus obras resultaban ser éxitos inmediatos y en muchos de ellos pedía directamente a su público que se hicieran socios de la Fundación, cosa que en general conseguía, para gran contento suyo, de su esposa y de todos los que trabajaban para el zoo de Jersey.

El jueves, buscando un regalo para mi hermano José-Luis, que aún no he encontrado (lo conseguiré en breve, no me cabe duda), encontré “Atrápame ese mono”, uno de los libros de Durrell más famosos y que llevaba buscando bastantes años. No me está defraudando en absoluto: me apasiona todo lo que cuenta sobre las aventuras de Durrell en África y en Jersey, las cosas que les pasan a sus animales (de la existencia de muchos de los cuales no tenía noticia, y me refiero a la especie a la que pertenecían), y en general todo lo que cuenta en el libro.

Hace un rato me he enterado de que la primera cría de la chimpancé hembra del zoo, Sheena, murió a los pocos meses de vida, para sorpresa y disgusto de todos los cuidadores y responsables del parque. Hace casi treinta años que ocurrió esa tragedia, y sin embargo la he vivido exactamente como si hubiera pasado en el momento en el que estaba leyendo lo ocurrido, gracias a Durrell.

Este Gerald, Gerry de niño, es una de las personas más notables de las que he tenido noticia, y no precisamente por sus fabulosas características personales, ya que él mismo se encarga de ponerse a caldo a la menor oportunidad (al fin y al cabo, no tiene reparos con nadie, ¿por qué con sí mismo sí debía tenerlos?). Sus legados personales, el zoológico, el biológico y el literario, son importantísimos.

Os recomiendo que no perdáis la oportunidad de meter a Gerry en vuestras vidas. Os aseguro que no os arrepentiréis.

Estos blogs son una joya

Mi amiga cibernáutica Mercedes (Merche), que entre otras cosas es muy aficionada a fabricar jabones caseros, tiene un simpático blog en el que presenta sus novedades jabonísticas y otras cosas: Se llama Los jabones de Merche, y os invito a visitarlo.

Merche es muy amable, y le ha dado un premio a mi blog, éste.

Voy a hacer como ella, y voy a compartir el premio con otros blogs que me gustan particularmente, por una u otra razón (quedarán muchos fuera, pero hay que centrarse en algunos). And the winners (los blogs-joyas) are:

Los jabones de Merche, por lo ya mencionado y por reciprocidad agradecida.

El blog de Rafael Reig, porque es divertido, inteligente y original.

Las crónicas de Putada Ville, simplemente diferente. El tío Fet no se corta un pelo.

Escolar.net, uno de los mejores blogs españoles. Da gusto leer lo que cuenta en él Nacho Escolar.

En la ducha final, un crudo y certero análisis de la realidad hecho por el rojales de Gracchus.

La bitácora de Eltránsito, porque Luis se lo merece.

Ugrafías, de mi querido amigo Pako, un blog tan inusual como resulta serlo su autor.

La celda de Jean Valjean, o las elucubraciones de Juanjo contra Espe y otros monstruos.

Bueno, éstos son mis favoritos. ¿Cuáles son los vuestros?

El imperio de los sinsentidos

Me acabo de enterar -por éstas- de que hay matadores de toros, gente que se gana la vida torturando y matando en público a varios animales día sí y día no, que se ponen a devolver medallas de mérito a las Bellas Artes, de puro chulos. Por lo visto, están compungidos por tener que compartir la medalla con otros matadores de toros que no les gustan.

Preguntas:

¿El toreo es un arte? En mi opinión, y en la de cientos de millones de personas más, es una bestialidad injustificable. No un arte, ni mucho menos.

¿Quién/es deciden a quién/es regalan esas medallas? ¿No se puede votar?

¿Esas medallas llevan aparejado un regalo de dinero? En caso de que así fuera, ¿lo pago yo con mi trabajo? Y, ¿lo han devuelto también los Hombres de las medallitas?

¿Qué clase de gentuza devuelve públicamente un premio porque no le parece bien que le den el mismo premio a otro que -cree- no lo merece?

¿Hasta cuándo vamos a tener que tolerar la mayoría de españoles que estamos en su contra, que estos hache de pe sigan cometiendo fechorías, ante el aplauso de su afición?

Mientras procuro desentreñar estas cuestiones, me entero de que otros perfectos estafermos, los de la Conferencia Episcopal, encuentran que es una gilipollez defender al lince ibérico de la extinción, porque su cerebro desquiciado cree que ello interfiere en la defensa de los embriones que no se desarrollan, porque hay mujeres que abortan.

Qué asco de país, a veces. Y luego dicen que Franco ha muerto. Sí, narices.

Sadismo cuaresmal

¿Os habéis enterado? En Italia, los obispos se han puesto originales. Como estamos en Cuaresma (período previo a la Semana Santa en el que los católicos se castigan voluntariamente haciendo penitencia), han sugerido a su feligresía que adopte nuevas maneras de sufrir a lo tonto.

En Módena, por ejemplo, el obispo sugiere no mandar mensajes de SMS mientras dure el período de penitencia. La excusa es que los móviles se fabrican con coltán, un mineral que abunda en regiones paupérrimas en conflicto. Se ve que (1) al obispo modenés le resbala el coltán y sus implicaciones el resto del año; (2) a lo mejor llamar por el móvil no ofende a Dios, sólo enviar SMS’s (¿¿??).

En Venecia, el máximo responsable local de la jerarquía eclesial católica ha decidido sugerir a los masoqui… digo a su parroquia, que no beba agua embotellada, que la gente se dedique a saciar su sed con agua del grifo. En Venecia. ¿Habéis estado en Venecia? Pues eso.

El obispo de Trento es aún más sádico, y todavía más original. Propone un “calendario de ’sacrificios insólitos’ para cada domingo cuaresmal, desde el ‘ayuno virtual’ (nada de facebook o mp3) hasta el ‘ayuno del desperdicio’, el ayuno de alcohol y el ‘ayuno de egocentrismo’.”

Son una panda de descerebrados y de sinvergüenzas, claro, pero, ¿qué puedo decir de quiénes siguen sus desquiciantes sugerencias?

Mandadlos bien lejos, por favor. Si estuviera en mi mano, yo lo haría.

¿Cómo estamos?

Oye, cuántas cosas pasan. Demasiadas para mi lento ritmo neuronal, me refiero al que sobrellevo últimamente. Que si la caza del Bermejo, que si las elecciones en Galicia y en Euskadi, que si el lapsus (el “lapus”, dice Ángel) de Zapateiro, en fin. Como siempre, ya sé. Si no dejo de darme cuenta de todo. Incluso de la paliza que le dio el otro día el Atleti al Barça, que por una vez -y espero que por lo menos una semana más- me cae simpático (¿qué diría de esto mi abuelo Gonzalo, tan atlético él?).

Lo que pasa es que ando liada. Con unas cosas y con otras. Todas mis inquietudes las dejo en el Facebook, feisbuc para nosotros, que me permite explayarme a trocitos, sin ponerme a escribir nada demasiado complicado.

Pero de todo me apetece opinar, y todo el rato. De hecho, lo hago, en casa y en la intimidad, como Aznar fingía que hacía con el hablar catalán. Sólo que lo mío es cierto.

Tengo ganas de escribir algo sobre esto, y sobre aquello, desde hace tiempo. Son cuentas pendientes que tengo con el blog. Me pasa mucho: esta mañana me he enterado de que se ha hecho una versión cinematográfica de una de mis novelas preferidas, el “Ensayo sobre la ceguera” del gran Saramago. Y he sabido que al autor del libro le gusta. Eso quiere decir que ya tengo al menos cinco películas que ver pero-ya. Eso no me pasa mucho.

Estoy algo preocupada. Es evidente que paso una etapa algo apática. Pero -no te preocupes, Ángel- no es para tanto la cosa. Las he pasado mucho peores. Simplemente, se trata de un tiempo seguramente breve en el que me cuesta mucho hacer cualquier cosa que no reporte una recompensa inmediata. Inmediatísima, quiero decir.

Me doy cuenta de que no hago más que hablar sobre mí misma todo el rato. Os pido excusas, pero también comprensión. A veces una necesita utilizar su espacio -el internáutico en este caso, pero el que sea en general- para contar simplemente lo que le ocurre. Está mal, seguro, pero me hace falta.

Por lo demás, todo bien. O más o menos bien. Lo mío de película, pero lo de Santi no muy bien, lo de Guarocuya regular, o sea que siempre hay alguna preocupación que me ronda. En esos momentos en los que empiezas a coger el sueño, ¿sabéis a lo que me refiero?

Bueno, chicos, so sorry por el rollo. Seguro que a la próxima cuento algo que os interese. O no, vaya usted a saber. Haré lo posible.

Cómo está el patio

En estos días no hay quien vea un telenoticiero. Y no me refiero sólo a los de Telemadrid, que en general son lesivos, sino a los de cualquier emisora de televisión, local, regional, nacional o extranjera. No hay manera de ver diez minutos seguidos sin resoplar varias veces por noticia: que si los terribles incendios de Australia, que si los EREs, que si tifones, nevadas, temporales e inundaciones.

Los únicos que animan algo el cotarro son los peperos, que se quejan porque los han pillado trincando y a la investigación de sus fechorías la llaman “conspiración”. Coño, les digo como a Felipe González en tiempos de los GAL y la corrupción PSOEra: si no quieres que te persigan, no les des motivos. ¿Os han pillado? Pues no haber espiado, no haber robado, no haberos paseado de esa manera tan descarada por la ilegalidad durante tanto tiempo.

Todo lo demás son desastres y desventuras que anuncian además desgracias por venir.

Así que, una vez más y tal vez más que nunca: “Virgencita, Virgencita…”

Tristezas cotidianas

Es curiosa la vida. A veces, las cosas que evidentemente deberían entristecerle a una, que deberían dejarme para el arrastre, no me afectan apenas nada, o sólo unos minutos al día.

Sin embargo, otras cosas, menores tal vez, afectan de una manera tremenda. Acaso se junten con las tristezas que estaba preparada para enfrentar, y juntándose con ellas se hagan más fuertes.

Puede ser. El caso es que estoy triste, qué le vamos a hacer. No se puede ganar siempre.

Tampoco era verdad que todo fuese estupendo. Lo que pasa es que apetece creerlo.

Mañana, en fin, será otro día.