Entries Tagged 'viajes' ↓
February 5th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Este fin de semana lo hemos pasado en Zaragoza. Hemos visitado sus murallas romanas, su basílica, su plaza del Pilar, su catedral. Aparentemente no hay rastro del importantísimo reino musulmán zaragozano… salvo en el Palacio de la Aljafería, que no visitamos. Y que nos obliga a volver a la capital de Aragón para conocerlo. Parece impresionante.
Lo que sí es evidente en Zaragoza, como en todo Aragón en general, es su pasado mestizo. El estilo mudéjar aragonés, declarado patrimonio de la humanidad en 1986 por la UNESCO, resulta muy llamativo en el exterior de la Seo:

A la vuelta nos desviamos para visitar Daroca, uno de los pueblos que tiene fama de ser más bonitos en la provincia de Zaragoza. No nos defraudó, está llena de tesoros arquitectónicos. En una de las placas explicativas que ha debido poner la Diputación de Aragón para informar a los visitantes se contaba que una de las plazas del pueblo ocupa en la actualidad el mismo espacio que, en tiempos, ocupaba la mezquita principal de Daroca. En la misma placa se contaba también que desde la conquista de la localidad por parte de las tropas cristianas y hasta la expulsión de los judíos en 1492, en Daroca coexistieron afablemente tres culturas: “la cristiana, mayoritaria y dominante, la musulmana, con una población de más de trescientos miembros que se reunían en torno a un barrio propio con su mezquita y sus servicios, y la judía, que llegó a ser la tercera aljama de Aragón en el siglo XIII.”
Tras la expulsión de los judíos, los musulmanes se “convirtieron” al cristianismo obligados por la pragmática de los Reyes Católicos de 1502. A partir de entonces, eran considerados “moriscos”, una especie de cristianos de segunda… que en 1610, tan tarde, fueron expulsados de Daroca por ser inapropiadamente diferentes al resto de los vecinos. “Con su expulsión, la ciudad se quedó sin sus mejores agricultores y artesanos.”
Qué tipos más repugnantes han gobernado este país, ¿no?
January 19th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Durante los días que he estado en Tokio por motivos de trabajo, he podido escaparme de vez en cuando para visitar algo de la ciudad. La verdad es que todo lo que he encontrado en mis paseos no me ha defraudado; tampoco me ha sorprendido, en general. Puede decirse que Tokio ofrece a sus visitantes todo lo que los visitantes esperan encontrarse en la capital de Japón: una ciudad ultramoderna, con el característico sello de Extremo Oriente, en la que es posible gastarse el dinero de miles de maneras distintas, y sin encontrarse con problemas de inseguridad ciudadana.
No es que Tokio tenga mucho que ver, pero para mí cualquier cosa tiene interés, desde una estación de metro (estupendo) hasta una tienda de amuletos de la suerte, como ésta del barrio de Asakusa:

En Asakusa hay un mercadillo que se ha instalado entre la puerta Kaminari-mon, que anuncia el templo budista más antiguo de Tokio, y el templo Senso-ji, propiamente dicho. Me resultó bastante entretenido dar una vuelta por las tiendecitas, a pesar del frío nocturno.

Al final de esta calle de tiendas, que se llama Nakamise, se encuentra la explanada del templo. Me puse a la cola con la multitud que se preparaba para echar monedas a una caja limosnera (a la que yo también arrojé algunos peniques británicos que tenía olvidados en el bolso), aunque naturalmente no adopté la pose piadosa que los creyentes tomaban tras el óbolo, mientras supongo que rezaban a Kannon, la personificación budista de la compasión infinita, cuya estatua recuerda la dedicación del templo a esta deidad local:

He observado que la gente se mueve en Tokio bastante deprisa: hay que ser ágil, andar con decisión, cruzar sin reparo, esquivar al que viene hacia una, tirarse en plancha al medio de la multitud que cruza el paso de cebra en sentido contrario al nuestro. Los peatones tokiotas entienden el tránsito pedestre como los romanos el rodado: hay que ser ágiles, no tener piedad con el rezagado, si no pasas tú paso yo, vamos-que-nos-vamos. En Shibuya, una zona de tiendas bastante alocada, los pasos de cebra se dan de tres en tres. Hace falta ser rápido y decidido, para no ahogarse en la marea humana que se abalanza hacia el otro lado de la calzada:

La visita a Shibuya me provocó una reflexión melancólica: esta zona es el colmo de la locura consumista y del descerebre tecnológico. Los edificios están llenos de carteles luminosos, de pantallas de televisión gigantes, de -esto es lo peor- altavoces disparatados. Es un sitio alienante y alocado, con tiendas a mansalva y riadas de personas moviéndose en todas las direcciones posibles. En una de las calles adyacentes a la plaza de la estación encontré un escaparate de restaurante digno de fotografiar: en él se mostraban al público los platos que se ofrecían en el interior, modelados en cera. Es una costumbre común en muchos establecimientos de Tokio, bastante cómoda por cierto para los que no hablamos japonés.

No creáis que en Tokio no se pueden encontrar remansos de paz. Se puede, claro. Uno de ellos es el parque Ueno, en el que además de pasear y dar de comer a las palomas se pueden visitar museos, como el Museo Nacional de Tokio:

No guarda demasiadas obras de arte de gran interés (el Museo Británico tiene una sala dedicada a Japón, que contiene obras mucho más interesantes que todo lo que guarda éste de Tokio), pero merece la pena darse una vuelta por sus salas.
En cuanto a los japoneses, son gentes moderadamente reservadas, cuidadosas de no interferir en la vida privada de los demás sin permiso ajeno, exquisitamente educadas y bastante amables. Reciben de buen grado a los extranjeros, y aceptan admirablemente préstamos de otras culturas.
También tienen cosas malas, naturalmente. La que menos me gustó fue darme cuenta de que los ciudadanos tokiotas viven pendientes de sus teléfonos móviles, mp4’s, PDA’s y demás cacharros. Es una auténtica lata, tanto que en muchos lugares públicos se avisa de que no está permitido hablar por el móvil (para no molestar al vecino, se advierte). Por cierto que este cuidado extremo por no molestar es bastante común: hay zonas de fumadores en plena calle, en los lugares más transitados de la ciudad. Y los fumadores las usan.
Tengo ganas de volver, espero que con compañía, y visitar Kioto y otros lugares recomendados. Me gustó Japón.
Sólo una cosa más: tuvimos dos terremotos. El más feroz nos despertó a todos a las 3.15 de la madrugada. No pasé apuros, porque es de sobra conocido que en Japón las medidas anti-sísmicas garantizan, a menos que el movimiento sea muy gordo, que no haya muertos en los terremotos.
January 15th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Os escribo desde Tokio, ciudad de la puntualidad, de los adolescentes cosplays (ésos que van por la vida disfrazados de personajes de animes o tebeos manga), las prisas. Ya os contaré mis impresiones, como suelo al volver al hogar, dulce hogar.
Sólo quería saludar (con la patita derecha en alto, como el gato japonés -Maneki neko- que trae buena suerte), y contaros un par de cosas tontas que se me ocurren estos días.
Una de ellas es escatología pura: de todo tiene que haber en estos blogs del Señor. Y con esto no creais que voy a hablar de la vida ultraterrena, sino de cosas excrementicias. Me remito a una discrepancia que teníamos Ángel y yo con Tono, mi cuñado residente en Damasco. Fue allí donde, ennumerando las desventajas -escasas- de Siria a la hora de valorarlo como el país en el que vivir temporalmente, mi chico y yo coincidíamos que no podía ser eso de no poder tirar el papel higiénico por el wáter. Tono, sin embargo, decía estar convencido de que el método que se estila para limpiar los bajos por aquellas tierras árabes -el manguerazo en salva sea la parte-, es el más higiénico posible. (La desventaja que Mar y yo planteábamos era obvia: luego sale una mojada y agarra una cistitis que p’a qué). Pues bien, Tono, ni p’a ti ni p’a mí: para los famosos inodoros remojadores automáticos nipones (que aquí por lo visto tiene todo pichichi en casa), que se complementan estupendamente con una excelente red de alcantarillado, lo que permite que una se seque ya-sabéis-qué después de ya-sabéis-qué. ¡Perfecto! Ahí tenéis una ilustración de los mandos:

La otra reflexión es -lo siento- aún más tonta y todavía más prescindible, pero es lo que hay. He cometido la humorada de traerme tres libros. Uno de ellos estaba a punto de terminarlo, y lo terminé. El otro acabo de empezar a leerlo (es una novela de un autor japonés, traducida al castellano). El de en medio es un librito para pasar el rato, llamado “Ponga un vasco en su vida”. Me lo leí entre antes de ayer y ayer. Me veía a mí misma paseando este libro por el hotel de Tokio y me moría de la risa. “Anda que, a quien se le diga…” (Ya sé qué me vais a decir, vascos y vascas, no sus esforcéis, que ya soy mayorcita y sé leer y distinguir.) El hecho es que me he dado cuenta de que un vasco en Japón, y con esto me refiero a un vasco como los descritos en el libro y también como los que yo conozco, se marchitaría en un santiamén.
Por supuesto, que al resto de españoles también nos pasaría lo mismo, salvando contadas excepciones, como mucho al año de andar por aquí. Pero ya decían los autores (Óscar Terol y sus cincuenta hermanos y hermanas) que “todos nacemos vascos”, aunque algunos nos demos cuenta tarde, o no lleguemos al vasquerío comme il faut.
Con este libro me acuerdo de Javier y de Iturri y Sorkunde… ¡y me mondo!
En fin, os dejo, que tengo trabajo. Konnichi wa!
January 5th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Las que siguen son algunas de las fotografías que he tomado en Londres durante nuestra breve visita.
La primera refleja algo que el turistamen general se pierde por culpa de la monumentalidad del entorno en el que se encuentra. Se trata de una de las calles de Westminster a las que se accede desde la abadía a través del arco del Deán. Son calles tranquilísimas, con unas características casas de ladrillo llenas de historia y de ilustres moradores, pasados y presentes. Os recomiendo la visita.

En esta otra hay una buena perpectiva de parte de las Casas del Parlamento inglés:

Ésta es la famosa calle de Bloomsbury, que cruza el barrio del mismo nombre, y que dio el suyo al de un reconocido grupo de intelectuales “bohemios” de entreguerras:

La siguiente es una perspectiva de la plaza en la que se encontraba el hotelito en el que nos alojamos. Se trata de Nevern Square, cerca de Earls Court Road. Céntrico, silencioso y agradable, en Chelsea y Kensington.

Por terminar con algo evocador, aquí os dejo los patos y los cisnes que viven en el estanque de Serpentine, dentro de Hyde Park.

January 4th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Ya conocía la ciudad, pero este viaje a Londres me ha proporcionado algunos momentos inolvidables de puro agradables: La multitudinaria nochevieja junto al Big Ben; una fresca pero soleada mañana en Hyde Park, que nos permitió disfrutar un café en presencia de unos encantadores patitos que parecían mofarse de un perro empeñado en cazar a alguno de ellos; las maravillosas y tranquilísimas calles que se ocultan detrás de la abadía de Westminster… Sin embargo, el recuerdo más vívido que tendré de esta visita no tiene que ver con todas estas estampas, sino con algo mucho más impreciso, pero que ha estado presente prácticamente en todos los lugares a los que fuimos.
Se trata de la presencia femenina. En las historias inglesa y británica, en las pasadas y las presentes, algunas mujeres han sido muy importantes. En algunos casos, su aportación ha sido irremplazable e imprescindible.
“Bueno, como en todas partes”, diréis algunos.
Ja.
Permitidme el pequeño exabrupto: En mi país (Castilla), como en tantos otros, las mujeres hemos sido ninguneadas históricamente hasta extremos tales que parece que hasta nos hemos acostumbrado a ser tratadas así. Una, que es aficionada a la Historia, lleva años contemplando cómo don Nosequé y san Nosecuantos, junto al marqués de Esto y el duque de Lo Otro, ambos auspiciados por el rey Fulano y el papa Mengano, hicieron que fuera posible que tal cosa tuviera lugar. Raro es, salvando alguna reina, que alguna mujer haya sido decisiva en algún acontecimiento histórico. Todo lo más, nuestro papel ha sido en general puramente anecdótico, como los de María Pita o Manuela Malasaña en la Guerra de la Independencia.
En todas partes cuecen o han cocido habas parecidas, pero en Reino Unido han decidido por fin dar a las mujeres un papel más acorde con la proporción de féminas que componemos la población mundial. Aún no nos hace justicia, pero se ha producido un avance importante.
Aparte de Isabel I, María de Escocia, Victoria y la actual reina de Inglaterra, cuatro personas de una importancia enorme en lo que concierne a la historia de su país y del resto del mundo, otras dos mujeres -de muy superior catadura a las mencionadas- han merecido asimismo sendos homenajes públicos en Londres. Se trata de Florence Nightingale y de Emmeline Pankhurst. Nightingale tiene un museo dedicado a su obra en el londinense y prominente hospital de St. Thomas, y Pankhurst una estatua que la representa, en los jardines colindantes con la torre Victoria de las Casas del Parlamento inglés.

Ambas merecen nuestra admiración y nuestro reconocimiento, por diferentes razones en apariencia, pero en realidad porque las dos contribuyeron con sus esforzadas vidas a hacer mejor el mundo que ellas conocieron.
Pankhurst fundó la inglesa Liga en Favor del Derecho al Voto de la Mujer. Tras una larga y dura lucha junto a miles de otros sufragistas, en 1928 consiguió que las mujeres de su país votasen en las mismas condiciones en las que lo hacían los hombres.
El caso de Nightingale es tan meritorio como el de Pankhurst, y tal vez con frutos de mayor relevancia, porque su contribución se refiere a la salud pública. Florence fue la creadora de la enfermería tal y como hoy se concibe. Se la considera la refundadora de la profesión, y la salvadora de miles de vidas de heridos que de otro modo y sin los cuidados de las enfermeras que los atendieron, habrían fallecido in situ.
El indiscutible mérito de estas dos mujeres ha sido justamente reconocido por sus paisanos. ¿Qué ha ocurrido en España con Concepción Arenal, María Moliner, Dolores Ibárruri y tantas otras admirables mujeres?
Prácticamente, como si no existieran.
Las mujeres españolas deberíamos entrar en un proceso similar al de la “conciencia negra” de Steve Biko, pero en versión femenina.
Y urge, porque es verdaderamente patético que una tenga que alegrarse de que la persona que da la lata desde el púlpito de la catedral de San Pablo, sea una mujer.
December 27th, 2006 — Antiguo portal, viajes
Nos vamos a Londres a pasar la Nochevieja. No sé si estaremos en Trafalgar Square justo en el momento de estrenar el año nuevo, como hacen los londinenses.
Lo que sí es seguro es que visitaremos Belgravia, Mayfair, Hyde Park, St. Paul’s, algún museo, Oxford St., el West End, la City, Westminster… ya sabéis.
Nos vamos esta noche, ya os contaré. ¡Hasta el año que viene!
December 5th, 2006 — Antiguo portal, viajes
El fin de semana pasado estuvimos de visita en Burgos, ciudad en la que tanto mi chico como yo habíamos estado hacía muchos años (en mi caso, hacía veintitantos). Grande fue nuestra sorpresa, y muy agradable, al encontrarnos una ciudad limpia, cómoda y simpática.
Su amplia zona peatonal en el casco gótico invita al paseo entre los diversos monumentos que se van encontrando al paso, todos ellos muy meritorios -y muy famosos también-, situados en torno a la catedral y más allá del Espolón, un mentidero local en la ribera del simpático río Arlanzón (en el que viven, en aparente tranquilidad, algunos patos estupendos, como podéis ver en la foto que más abajo os incluyo).

Visitamos varios edificios, con gran provecho: La Casa del Cordón, en la que murió Felipe I (a) “el Hermoso”, y acerca de quien en estos días hay una pequeña pero francamente interesante (y gratuita) exposición en el palacio; la catedral (naturalmente); y el Monasterio de las Huelgas, una delirante cripta real con todo el acompañamiento que el motivo requiere (monjas, cúpulas, retablos de pan de oro, habitaciones sin número, dependencias de todo tipo, patios, torres, etc.), y que a pesar de todo ello os invito a que visitéis.

Se come muy bien en Burgos. Podéis cenar o comer a base de deliciosos pinchos, si os apetece, o bien de menú o a la carta, en plan tradicional. No dejéis de probar un pincho llamado “cojonudo”, hecho a base de huevo de codorniz, pimiento rojo y morcilla. Morcilla de Burgos, naturalmente, una exquisitez imprescindible.
Los burgaleses son agradables, tranquilos, reposados. Se nota que hay un buen nivel de vida, que la gente vive satisfecha. Debe hacer un frío bueno en invierno, pero este fin de semana la cosa no era para mucho.
Si podéis, daos una vuelta por Burgos. Ya veréis cómo me agradecéis la recomendación.
November 20th, 2006 — Antiguo portal, viajes
Algunos tal vez recordéis que estuve en Johannesburgo a finales del mes de septiembre pasado. Aproveché para comprarme dos libros: uno de ellos -que apenas he comenzado a hojear- es un recopilatorio de artículos escritos por Steve Biko, líder del movimiento de la Conciencia Negra (Black Consciousness); se llama “I Write What I Like” (“Escribo lo que me gusta”). El otro es la extensa, honrada, instructiva y amena autobiografía de Nelson Mandela, “Long Walk To Freedom” (“El largo camino a la libertad”).

Aún no he llegado a la mitad de sus páginas, y Mandela ya es un curtido “freedom fighter”, un luchador por la libertad, como él se autodefine certeramente. Hoy lo he dejado asistiendo a las jornadas finales del juicio al que fue sometido por el Estado desde 1958 hasta 1961, junto a la mayor parte del resto de los dirigentes del Congreso Nacional Africano, en el que todos ellos fueron acusados de Alta Traición, delito que por aquel entonces se castigaba en Sudáfrica con la pena de muerte. Eran tiempos revueltos, no sólo en Sudáfrica, sino también en el resto del continente, y en gran parte del resto del mundo.
Nelson sufría por aquellos días varias penas de diversa índole: el devenir del juicio por traición; el Estado de excepción que lo condujo a la cárcel durante meses -a la mugrienta e ignominiosa cárcel para negros-; las matanzas de gentes que se manifestaban en contra de los “pases” que los negros debían mostrar para entrar a las zonas en las que sólo se permitía vivir a los blancos; y en fin, el alejamiento de sus hijos y de su mujer. Sin embargo, su prioridad seguía siendo la lucha por la libertad. Por la suya y por la de los pueblos oprimidos en Sudáfrica.
Cuando años más tarde fue condenado a cadena perpetua –qué atrocidad-, a Mandela le dieron un número de recluso: el 46664. Ése número –tan bonito, qué paradoja- lo acompañó durante todos los días que vivió privado de libertad, hasta su liberación en 1990.
“La lucha es mi vida”, dice Mandela, y lo dice en serio. Tras pasar casi tres décadas de su vida encarcelado, aún tiene ganas de pelear con su extraordinario vigor de costumbre, atemperado ahora por los muchos años que ha vivido. Mandela sacrificó su vida privada y su juventud por su gente. Ahora los negros sudafricanos se refieren a él como “el padre de todos nosotros”.
En estos años el enemigo principal de Mandela es el SIDA: para intentar sofocar los estragos de esta pandemia en su país donó la utilización de su número de reo, el 46664, como símbolo de la pelea. En 2002, Nelson Mandela cedió este número a Dave Stewart (Eurythmics) quien junto a Bono (U2) grabó “46664 (Long Walk to Freedom)” para contribuir a la recaudación de fondos en la lucha contra la expansión de la enfermedad.
Las cifras de muertos en Sudáfrica por culpa de esta enfermedad, incluso por encima del resto del continente africano, son desoladoras. Según la ONG británica Avert “Sudáfrica experimenta actualmente una de las epidemias de SIDA más severas del mundo. A finales de 2005 había cinco millones y medio de personas infectadas con VIH en Sudáfrica, y casi 1.000 personas murieron cada día por culpa del SIDA (…). Un sondeo publicado en 2004 mostró que los sudafricanos pasaban más tiempo en los funerales que cortándose el pelo, de compras o haciendo barbacoas. Mostraba también que más del doble de las personas que habían acudido a una boda, habían estado en un funeral en el último mes.” Este último año la esperanza de vida para los hombres se ha estimado en Sudáfrica en 43,25 años, y en 42,19 años para las mujeres. A este ritmo, pronto bajará de los 40 años.
Dice Mandela, el antiguo número 46664, que la lucha contra el SIDA es aún más difícil de lo que fue la lucha contra el sistema de apartheid. La gran admiración que voy adquiriendo por este hombre, y que crece a medida que sé más de sus obras, me ha hecho acercarme al terrible problema del SIDA en Sudáfrica, y a preocuparme seriamente por los estragos de esta pandemia en los habitantes más pobres del país.
Y me ha hecho darme cuenta de que lo peor del asunto es que tiene remedio. Es urgente que la “comunidad internacional” tome medidas para parar el avance del virus VIH. De otro modo, todos seremos cómplices de una debacle perfectamente injusta.
November 19th, 2006 — Antiguo portal, viajes
Mi última misión laboral me condujo hace un par de semanas a la capital de Bulgaria, Sofía. Fue mi primera visita a Europa Oriental, así que casi todo lo que vieron mis ojos fue una novedad para mí. Por resumir y como preámbulo de mis impresiones, os diré que Sofía no se parece a nada de lo que yo haya visto nunca.
El aperitivo fue colosal: volar por encima de Italia y Grecia, el Egeo, los Balcanes y la agreste y feracísima tierra búlgara, llena de bosques, es una hermosa experiencia. Me arrepentí -más de lo habitual- de no dejar la cámara de fotos fuera del equipaje de mano. A ver si a la próxima me acuerdo.
En cuanto se pone el pie en Sofía se da una cuenta de que allí el frío es algo serio: cuando llegué estaba a punto de comenzar la temporada de nieve, que dura bastantes meses y que causa numerosos perjuicios a los habitantes de Bulgaria. En Sofía, me contaron, cuando empieza a nevar se forman sobre las calzadas capas de hielo (a base de que los coches aplasten la nieve), que sólo se pueden arrancar cuando comienza el deshielo, y que rompen el asfalto al levantarlas. Las consecuencias de este desastre son evidentes a los sentidos del que se mueve en coche por Sofía: los baches son de órdago. Más vale moverse en tranvía, uno de los medios de locomoción más utilizados por los habitantes de la capital.

Lo cual me lleva a hablar de una de las características principales de la Bulgaria de hoy: la falta de Estado, supongo que en -mala- compensación por las décadas de super-Estado en la época del “socialismo real”. A pesar de que Sofía en general tiene buena apariencia, también es evidente cierta dejadez por parte de las autoridades para mantener la ciudad en buen estado. Claro, que eso también se podría decir de la ciudad de Madrid, y con más razón. Se trata de otra modalidad de destuétene: os diré como ejemplo que una de las últimas grandes obras de la época comunista, el Palacio Nacional de Cultura, un edificio muy grande en medio de la ciudad, ha sido “reconvertido”, aprovechando la mitad de sus plantas para colocar tiendas de ropa. Así de triste.
De todos modos, Sofía resulta una ciudad muy agradable. Nada monumental, desde luego. No tiene mucho que ver, salvo su hermosísima catedral ortodoxa –mucho más hermosa por fuera que por dentro, con sus cúpulas tan características-, situada en la zona más visitada de la ciudad, llena de adoquines de color amarillo que -dicen- garantizaban que los tanques no patinasen cuando desfilaban las tropas búlgaras en épocas de la URSS, y que fueron donados precisamente por el Gobierno soviético con tal fin.


La situación política es de lágrima: en estos momentos, una coalición de partidos que incluye al Socialista y al de Simeón (“el único rey que preside una república”), gobierna el país a la espera de que en 2007 Bulgaria entre a formar parte de la Unión Europea. Ya veremos qué pasa después, y cómo afecta la UE a los habitantes de Bulgaria.
De momento, os diré que el sueldo medio de los búlgaros está en 177 euros al mes, lo cual puede conducir al desastre al 80% de la gente de Bulgaria el día en que su país entre en la Unión Monetaria. El 20% restante no tendrá problema: son las personas relacionadas con las múltiples mafias búlgaras, que se mueven por Sofía con absoluta impunidad y una desfachatez a prueba de bomba (compran coches con matrículas capicúas para diferenciarse del resto, hasta ahí llega la broma). No os preocupéis: sólo matan a gentes de otras mafias. El único problema es veros en medio de un tiroteo sin querer.
Este acercamiento a Bulgaria, tan somero pero tan apetitoso, me ha abierto las ganas de visitar el país, que todo el mundo está de acuerdo en que está lleno de hermosuras naturales y arquitectónicas. A ver si alguna vez puedo darme una vuelta por Rila, Plovdiv, y sobre todo Varna, la capital turística búlgara, a orillas del mar Negro… y cuyas bellezas, lo creáis o no, están queriendo explotar nuestros “poceros” inmobiliarios. Que su Dios (83% ortodoxos búlgaros, 15% musulmanes, resto católicos, judíos y protestantes armenios) los coja confesados… o preparados para lo que se les viene encima.
November 18th, 2006 — Antiguo portal, viajes
Aún quedan muchas cosas que contaros sobre nuestro viaje a Siria y a Líbano, pero de alguna manera tengo que poner fin a estos relatos aficionados.
Os hablaré en primer lugar de una visita imprescindible en Damasco: su Museo Nacional. Su entrada está precedida por un agradabilísimo jardín (lleno de piezas arqueológicas que se supone que no tienen cabida bajo techo), en el que podréis tomar si gustáis un buen café capuccino o un refresco, a precios populares. Parte de la fachada del museo está hecha con las piedras que formaban la entrada de una fortaleza militar construida en el siglo VII d.C. (siglo I de la Hégira) en el desierto sirio, cerca de Palmira. Resulta impresionante: la fachada fue transportada piedra a piedra hasta Damasco, donde fue reconstruida.

Dentro del decadente museo, que me recordó el Arqueológico de Madrid tal como era en mi infancia (allá por los primeros 80), tuvimos la oportunidad de aprender mucho sobre la historia de Siria. Hay allí cuatro cosas a destacar: (a) las tablillas de arcilla originales que contienen el alfabeto de Ugarit (ciudad que se disputa con Biblos la maternidad del primer alfabeto), y que son sorprendentemente pequeñas para la inmensidad de su importancia; (b) la reconstrucción de una de las salas de uno de los palacios damascenos, el Palacio Azem (un conserje os acompañará dedicada y amabilísimamente en la visita de esta habitación recubierta enteramente de madera trabajada); (c) una espléndida réplica del hipogeo de Yarhai, una cámara mortuoria romana que se descubrió en el llamado “Valle de las Tumbas” de Palmira; y (d) lo mejor de todo: la increíble sinagoga del siglo II d.C. traída piedra a piedra desde Dura Europos. Su singularidad son los frescos que cubren sus paredes, en los que se reflejan pasajes del Antiguo Testamento (es algo verdaderamente original, ya que como recordaréis el Talmud está en contra de las representaciones humanas). Desde el punto de vista artístico son interesantes, pero lo que resulta impresionante de estas pinturas son su mera existencia: han resultado inalteradas por pura casualidad.
Al lado del Museo hay un par de edificios curiosos. Uno de ellos es la mezquita Takiyya as-Süleimaniyya, que como su propio nombre indica fue construida durante el Gobierno de Solimán el Magnífico, el emperador otomano más famoso de la Historia. Resulta curiosa, porque mezcla los estilos sirio (piedras blancas y negras alternadas) y turco (alta cúpula central acompañada de dos minaretes puntiagudos y esbeltos).

El otro edificio curioso, por lo que acoge, es el Museo Militar. No entramos a verlo, pero su jardín –que sí es visible desde fuera- está lleno de cañones y de restos de aeroplanos derribados a los israelíes en la guerra del Yon Kipur (1973). Resulta curioso. Y simpático: varios gatitos con buen aspecto viven allí.

Visitar el barrio cristiano de Damasco también es imprescindible. El cristianismo está presente en la capital de Siria desde el siglo I d.C., desde sus comienzos. Saulo de Tarso, perseguidor de cristianos en Jerusalén, llegó a la ciudad para continuar con su siniestro trabajo. De camino fue cegado por una visión de Dios, que le dijo aquello de “Saulo, ¿por qué me persigues?” En estado de shock, Saulo se cobijó en casa de un cristiano llamado Judas, que vivía en la Calle Recta. Un cristiano de Damasco llamado Ananías tuvo entonces una visión en la que Dios le decía: “Levántate, ve a la Calle Recta y busca a Saulo de Tarso” (Hechos de los Apóstoles, 9:11). Con tan claras indicaciones, Ananías encontró a Saulo, le impuso sus manos y lo curó. Saulo se convirtió al cristianismo y posteriormente en el famoso apóstol san Pablo. Su conversión escandalizó a los judíos de Damasco, que decidieron perseguirlo por su afrenta. Pablo explicó su huída de estas gentes a través de una ventana en II Corintios 11:33.
Pues bien: tanto la Calle Recta, como las casas de Ananías y de Judas, y la ventana por la que huyó san Pablo, entonces Saulo, ¡están en Damasco y se pueden visitar! La Calle Recta sigue siendo la calle principal del barrio. La Casa de San Ananías es hoy en día una pequeña iglesia, muy rudimentaria, que gestionan los frailes franciscanos de Damasco. La verdad es que la visita resulta emocionante.
Me quedan algunas cosas: el cómodo, enorme y populoso zoco de Damasco; los retretes públicos con señora en la puerta (a la que impepinablemente hay que darle alguna moneda que una no siempre lleva encima); los taxistas damascenos que nunca tienen cambio; y las cosas de Ramadán: los dulces típicos, las telenovelas de Ramadán, en las que se aprovecha para hacer crítica social; las luces que adornaban las casas y las mezquitas, como en Europa se hace en Navidad; la hora del iftar (desayuno vespertino), rato durante el que se cerraban los establecimientos públicos y las familias se reunían a comer y charlar; y los más pobres pidiendo limosna (el Ramadán también es el mes de la caridad).

Y, en fin, la figura de Saladino (Salahuddin), el gran héroe local, el vencedor contra los invasores francos, cuyo recuerdo aún enorgullece a todo el mundo árabe.
Hay aún algo más que me llevé de Siria: el enorme respeto que les merece Miguel Ángel Moratinos, cuya visita al país ocupó la portada de todos los periódicos locales. Me alegró pensar que si el PP siguiera gobernando estaríamos aún en la lista de asesinos en campaña por Irak, y que en lugar de eso el ministro de AAEE español viaja a Oriente Medio a hablar de alianza de civilizaciones. Mis preferencias están claras.
Ayer volví a ver la película “Syriana”, que vi por vez primera en el avión que me trajo de Amán, allá por el mes de abril. Me sorprendió darme cuenta de lo mucho que he aprendido desde entonces acerca del mundo árabe y de los musulmanes en general. A ello ha contribuido en gran medida este hermoso viaje a Oriente Medio.
Sólo espero haber podido trasmitir en esta serie de artículos algo de lo que he aprendido en Siria y en Líbano, y en todo caso os aconsejo que os acerquéis a visitar estos países si tenéis oportunidad.