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September 19th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Ayer os decía que la República Dominicana me parece una nación singular. Traté de ilustrar someramente el porqué de esta opinión; hoy os resumiré parte de la historia dominicana, la de los siglos de ocupación castellana.
Antes de la llegada de Cristóbal Colón y su expedición a la isla de Quisqueya (más tarde conocida como La Española), ésta estaba habitada por unos 350.000 aborígenes, la mayoría de origen arauaco (uno de los pueblos americanos más extendidos), cuyos antepasados eran inmigrantes llegados de la desembocadura del río Orinoco y las Guayanas. Cuando los de Colón se encontraron con algunos de ellos, éstos se presentaron como taínos (”hombres buenos”), para diferenciarse de los caribes, un pueblo de gentes violentas y de costumbres caníbales a las que los taínos temían, y de cuyos ataques periódicos se defendían como podían.

Los taínos vivían en una sociedad sin apenas clases y sin propiedad privada, en la que se consumía prácticamente todo lo que se producía. Practicaban el trueque con los indígenas residentes en la isla de Cuba. Tenían una mínima jerarquía social, en cuya más alta posición se situaba un cacique o jefe militar y encargado de la intendencia y la distribución del trabajo. Los behíques o brujos curaban a los enfermos y dirigían las ceremonias religiosas: la más importante de éstas era el rito de la cohoba, durante la que el cacique y los nobles esnifaban polvo de dicha planta alucinógena mezclada con tabaco, con el fin de establecer una comunicación mística con los cemíes, sus dioses o espíritus protectores. Estos cemíes eran representados frecuentemente por medio de trigonolitos, pequeñas figuras de tres puntas hechas en piedra, como ésta:

Estas gentes buenas y pacíficas sufrieron, como los otros grupos de indígenas habitantes de la isla (caribes, ciboneyes, ciguayos y macorixes), uno de los genocidios más brutales de la Historia por parte de los conquistadores castellanos. Las horribles torturas que padecieron, el espantoso maltrato que sufrieron, la inanición y la desnutrición, las enfermedades, los agotadores trabajos físicos, las mutilaciones, y los numerosísimos, constantes, crudelísimos y arbitrarios asesinatos, acabaron prácticamente con todos los habitantes indígenas de Quisqueya en seis décadas, como denunció el dominico castellano Bartolomé de las Casas en su famoso informe sobre el tema al futuro Felipe II de España, librito por cierto cuya lectura os recomiendo, a pesar de lo durísimo que resulta (y eso que sufrió una severa censura). Otros dominicos, como Antonio de Montesinos, denunciaron también y públicamente el exterminio del pueblo indígena.
Aunque no hubo una resistencia generalizada a la invasión de la isla, sí hubo algunas revueltas de indígenas. Unas fracasaron, como la liderada por el cacique cibaeño Caonabo (que fue capturado y murió en el barco que lo iba a trasladar a Castilla como prisionero), y alguna triunfó, como la que dirigió Enriquillo (Guarocuya), un noble taíno educado por los frailes dominicos, que consiguió gracias a su rebeldía vivir algunos años en libertad junto a su esposa, otros taínos y algunos africanos que huyeron de la esclavitud y que se adhirieron a su causa.
Mientras todo esto sucedía, al sudoeste de la isla crecía rápidamente la primera ciudad “europea” del continente (llamada por ello ciudad primada de América), Santo Domingo de Guzmán, fundada por Bartolomé Colón, hermano del almirante. En poco tiempo, en Santo Domingo se construyó una catedral, un alcázar, varios palacios y monasterios, algunas iglesias y una fortaleza a orillas del río Ozama, además de numerosos edificios que aún hoy resisten bien el paso del tiempo, y que tienen el inconfundible aire del Renacimiento castellano:



Durante el siglo XVI partieron desde Santo Domingo muchas expediciones a otras partes de América, lo que unido a las riquezas minerales de la isla y al sistema de las plantaciones azucareras, hizo que la colonia fuera una importante fuente de ingresos para la metrópoli castellana. Estas riquezas y estos beneficios se obtuvieron mediante cantidades ingentes de dolor, desdicha, sufrimiento y muerte de cientos de miles de personas. Además del genocidio indígena ya mencionado, Quisqueya fue el lugar en el que se produjo otro detestable crimen contra la humanidad: el secuestro de personas nacidas en África a las que se condenó a una existencia desoladora, trabajando prácticamente sin descanso y toda la vida en las minas o en las plantaciones de azúcar de la isla, como ocurrió en otros lugares de América. El único aspecto positivo de dicha inmigración africana forzosa fue la fusión cultural a la que dio lugar, de la que hablaré en otra ocasión. Desde 1542 a 1546 hubo varias revueltas de africanos esclavos (cimarrones). En muchas ocasiones los rebeldes lograron establecer poblados libres (palenques), en los que pudieron vivir fuera del yugo de quienes decían poseer sus vidas.
Desde finales del siglo XVII, en el que se produjo la primera ocupación francesa de la isla, hasta el siglo XIX, se sucedieron toda serie de desdichas sobre la colonia castellana: Contrabando, ataques de piratas, invasiones, crisis económica, dictaduras, golpes de estado, ocupaciones milititares extranjeras y guerras civiles.
Mañana hablaré de la historia contemporánea de la República Dominicana, llena de episodios interesantes.
September 18th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Desde luego, si algo resulta claro cuando se pisa República Dominicana por primera vez es que se acaba de llegar a una tierra peculiar. Enseguida hay la sensación de que la tropical calidez ambiental armoniza perfectamente con el carácter de los dominicanos, cuyo buen trato es proverbial (también lo son otros rasgos de su carácter, de los que hablaré más adelante).
Sólo me habían hablado maravillas del país. Ahora yo me he convertido en otra propagandista de Dominicana: tanto sus paisajes como su clima son admirables, y aunque la vida cotidiana allí resulte en demasiadas ocasiones muy dificultosa, por la precariedad en la que vive la mayor parte de la gente y la falta de Estado y de infraestructuras, los dominicanos consiguen parecer alegres y relajados la mayor parte del tiempo. Para una madrileña, eso es todo un logro. A lo mejor el secreto está en la gran cantidad de fabulosas frutas tropicales que comen cotidianamente: ¡qué delicia de piñas, plátanos, bananas, mangos, lechosas y cocos!

Una de las características de la tierra, y no precisamente una de las buenas, es la enorme cantidad de ruido ambiental que hay que aguantar en todo el país, campo y playa incluidos. Es una especie de enfermedad endémica, el gusto por poner la música o el televisor a un decibeliamen desproporcionado o por hacer sonar el claxon de los coches. Parece como si la gente no notara lo incómodo y lo desagradable que resulta tener que pedir una cerveza a voces en un colmado.
Otra singularidad de los dominicanos es la inconsciencia con la que se mueven por las carreteras y calzadas de las ciudades y del campo, en carros (coches) y motores (motos), en auto propio o en concho (taxi) y moto-concho (moto-taxi). Supongo que la tasa de accidentes automovilísticos debe ser muy elevada. Constantemente se ven casos de inconsciencia aguda que le ponen a una los pelos de punta, pero confieso que de todos modos también me hacían gracia en su imprudencia, que tiene algo de naïf.

La historia moderna de Quisqueya (”madre de la tierra”), el nombre que los isleños precolombinos daban a la isla (desde 1492 renombrada La Española) en la que se encuentra la República Dominicana, tiene la típica densidad de acontecimientos de todos los países que un día fueron una colonia de Castilla y de España -sobre todo en los tres últimos siglos-, pero la impresión es que el hecho de que Quisqueya fuera la primera tierra americana que pisaron los conquistadores castellanos le ha dado un carácter singular al país.
De eso hablaré mañana y en días sucesivos, durante los que trataré de acercaros parte de la gran cantidad de información que he recibido durante mi estancia allí, y en los que asimismo procuraré transmitiros el cariño que me ha inspirado este bello país americano, que me ha conquistado para siempre.
September 5th, 2007 — Antiguo portal, cosas-mías, viajes
Hola de nuevo.
Hace sólo tres días que me incorporé al trabajo tras las vacaciones estivales, y ya estoy metida en faena de cuerpo entero. Mañana tempranito viajo a Melburne vía Londres, probablemente en el viaje más largo que haga en mi vida, si es que no me toca ir a Nueva Zelanda (lo cual no es descartable). Aunque allí nos espera mucho curro, como siempre, estoy deseando ver la ciudad, que por cierto ha sido considerada en muchas ocasiones el sitio mejor en el que vivir, teniendo en cuenta los estándares de vida que allí se dan.
A todo esto, nuestras vacaciones en República Dominicana están tan recientes que aún echo de menos la cerveza Presidente, la humedad ambiental y los hermosísimos paisajes dominicanos. Tengo pendiente hablaros largo y tendido de ese agradable y bellísimo país, que gracias a mi familia política he podido disfrutar de lo lindo. Es un auténtico lujo ver cosas como ésta:

La última semana de agosto estuve en Palma de Mallorca con mi madre, que también merece un poco de diversión, como todo el mundo.
No sé si tendré tiempo de actualizar esta página en Australia. Si no es así, lo haré a la vuelta.
July 30th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Este viernes volamos Ángel y yo a la República Dominicana, donde vive mi suegra con su marido y el resto de su familia (salvo sus hijos y algún otro pariente, que viven en otros países). Parece que tiene intención de llevarnos a dar una vuelta grande por el país, así que creo que me haré una buena idea de cómo es.
Casi todo lo que sé hasta ahora viene de las conversaciones con mi familia política y de las canciones de Juan Luis Guerra, como este merengue llamado “El costo de la vida”, cuya letra denuncia muy bien por qué a los dominicanos les pasa lo que les pasa:
El costo de la vida sube otra vez
el peso que baja, ya ni se ve
y las habichuelas no se pueden comer
ni una libra de arroz, ni una cuarta e café
a nadie le importa qué piensa usted
será porque aquí no hablamos inglésAh, ah es verdad
do you understand? Do you, do you?
Y la gasolina sube otra vez
el peso que baja, ya ni se ve
y la democracia no puede crecer
si la corrupción juega ajedrez
a nadie le importa qué piensa usted
será porque aquí no hablamos francés
Ah, ah vous parlez?
ah, ah non, Monsieur
¡Eh!…
Somos un agujero
en medio del mar y el cielo
quinientos años después
una raza encendida
negra, blanca y taína
¿pero quién descubrió a quién?
Ay, el costo e la vida
eh, ya ves, pa(ra) arriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la medicina
eh, ya ves, camina al revés
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie
Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet
La corrupción pa-arriba
eh, ya ves, pa-rriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la delincuencia
eh, ya ves, me pilló esta vez
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie
Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet
¡Oye!
[Improv.]
La recesión pa-rriba
eh, ya ves, pa-rriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la medicina
eh, ya ves, camina al revés
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie
Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet.
Lo mejor de este viaje es que lo haré con mi chico, ¡¡¡y que por fin han llegado las vacaciones!!! Ay, kiii-ki-ikiiii…
July 26th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Se diría que fue el espíritu de Trotsky, bautizado León D. Bronstein, quien ideó la ruta de mis últimos viajes laborales. Como si fuese tras la pista del esforzado revolucionario ucraniano, en un día y medio dejé la capital rusa por el altiplano de Ciudad de Méjico, apenas parando unas horas en Madrid. Y en Méjico, algo afectada del mal de altura y bastante estresada por la tarea que me había llevado tan lejos, me encontré con la efigie del viejo Trotsky en uno de los frescos del genial Diego Rivera, el que asombra al visitante del Palacio de Bellas Artes de la capital mejicana (reproduzco un detalle):

Me tomé un momento para alegrarme de poder contemplar este famoso mural llamado “Hombre en una encrucijada“ (que Rivera reprodujo en Méjico después de intentar pintarlo en el Rockefeller Center, con la imagen de Lenin incluida en el conjunto), y de inmediato también me entristecí al recordar que Trotsky, que fue amigo de sus huéspedes Kahlo y Rivera, fue asesinado por el catalán Ramón Mercader allí, en la Ciudad de Méjico.
Este viaje ha sido mi primer paseo por América del Norte, y mi segundo viaje a América en general. Pero mis impresiones son extracontinentales, por así decirlo: da la sensación de que Méjico es un país distinto a todos los demás. Probablemente sea mentira, pero el nacionalismo mejicano de principios del siglo XX ha dado este tipo de frutos, que no son despreciables.
Me he dado alguna vuelta por la ciudad, y aunque no he podido visitar gran cosa, por lo menos me he traído algunas imágenes, buenas historias y varias conversaciones interesantes, sobre todo las que mantuve con Juan, el chófer de la furgoneta en la que me movía por la ciudad. Juan, con quien al cabo de un par de días establecí una incipiente amistad, es un hombre leído, votante de López Obrador (el candidato izquierdista que reclama haber ganado las elecciones presidenciales en lugar de Calderón), nacionalista y curioso, orgulloso de su país y de las culturas que fueron la base del Méjico de hoy. Me llevó por el casco histórico y la plaza del Zócalo:

Visité el museo antropológico del parque de Chapultepec, orgullo de los mejicanos, lleno de tesoros de las culturas prehispánicas como éstas:


Y cómo no, el archiconocido disco solar, o calendario azteca:

Ciudad de Méjico es una ciudad despampanante, inmensa, caótica, ruidosa, divertida, peligrosa y atractiva para el visitante. Inabarcable en su tamaño, a mí me dio algo de vértigo, pero también -cómo no- me dejó las ganas de volver a visitar sus bellezas, y también las del resto del país, uno de los más bonitos del mundo.
Qué puedo decir sino: ¡viva Zapata!
July 16th, 2007 — Antiguo portal, viajes
No recuerdo en qué momento comencé a amar a Frida Kahlo, pero estoy segura de que fue el día en que vi por primera vez uno de sus autorretratos, hace ya mucho tiempo. A partir de entonces ha ido creciendo en mí una admiración hacia Frida que cada vez es más profunda. Soy devota de esta maravillosa mujer, inteligente, buena, divertida, valiente, talentosa, brillante, cálida, tierna y hermosa. Una persona genial, de ésas cuyo molde rompieron cuando nació, como decía mi amigo Lucho.

Estoy en México por razones de trabajo. Es la primera vez que visito esta ciudad, y he tenido la fabulosa suerte de que precisamente ahora esté abierta aquí al público la mayor colección de obras, fotografías y documentos de Frida Kahlo. Casi nada me ha importado en este viaje salvo ir -a toda costa- al Palacio de Bellas Artes a ver las cosas allí expuestas de mi admirada Frida.
Conozco su obra -no demasiado grande, por otra parte- de memoria, así que la mayor parte de los lienzos pintados por Kahlo me parecían viejos amigos. Sin embargo, me emocioné de verdad al ver así, como si tal cosa, un dibujo que conocía bien, hecho a lápiz por Frida en su convalecencia del gran accidente que casi la mata, y en el que precisamente trataba de plasmar aquel horrible momento. Como siempre, Frida utilizaba su talento artístico para acabar con lo que la aterrorizaba, de una manera tremendamente valiente.
Y me emocioné hasta el punto de soltar una lágrima (que rápidamente sequé con el dorso de la mano, avergonzada), cuando vi una hoja del diario que escribió durante otra convalecencia, la que siguió a una seria operación en su espina dorsal. En esa hoja había dibujado un precioso autorretrato con boli azul, y había escrito “Ya no estoy sola”. Diego estaba con ella. Por detrás declaraba su profundo amor por Diego Rivera, su amor -más que su marido-. A mucha gente le encanta insultar a Rivera. No es justo en absoluto, pero de eso hablaré en otro rato.
Me hace gracia cómo la gente comenta los cuadros de Frida. No los entienden en absoluto. Yo sí la entiendo, la entiendo de cabo a rabo, todo lo que hizo y todo lo que dijo. Y casi todo me gusta. Por eso la quiero.
Y a través de ella, gran nacionalista, sé que querré a México (lo escribo como le gusta a los locales). La verdad es que siento cariño por este país, sin casi conocerlo. Y por su gente y sus costumbres, su historia llena de episodios ejemplares y su hermosísimo legado cultural, tan complejo que parece imposible abarcarlo.
Tiene que ser un gran país, si da estos frutos tan preciosos como la magnífica Frida. Qué rabia me da que esta gente se muera. Qué pena.
July 11th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Ayer regresé de Moscú, ciudad en la que he pasado unos cuantos días ocupada pero relativamente tranquila, lo cual me ha permitido visitar algunas cosas. He vuelto encantada de Rusia, y con ganas de visitar San Petersburgo, antes Leningrado, antes Petrogrado, y antes que todo eso también y siempre San Petersburgo, la ciudad de San Pedro.
Lo que he visto en Moscú me ha permitido hacerme una idea de cómo era la ciudad en tiempos soviéticos, antes de la Perestroika (¡qué hermosas palabras nos regala el ruso!), aunque naturalmente las diferencias entre esas épocas y las actuales son muchas, y todas relacionadas con el “libre” mercado, las nuevas fortunas, las nuevas miserias, la libertad de expresión que antes no existía o existía escasamente y según para quién, y seguramente y sobre todo el profundo cambio (uno más) que han sufrido los ciudadanos rusos en sus vidas, desde que se hundió la Unión Soviética.
Las zonas monumentales de la ciudad, sin embargo, están aparentemente igual que en los mejores tiempos del PCUS. Aquí tenéis la famosa Plaza Roja, con parte del Kremlin (ciudadela) a la derecha, y el mausoleo de Lenin pegado a sus rojas murallas. Al fondo se aprecia la hermosa catedral de San Basilio:

La catedral, tan hermosa y colorista por fuera, resulta muy decepcionante vista desde dentro. En general, todas las iglesias ortodoxas que he visitado en Moscú son bastante canijas en su interior en comparación con las cristianas occidentales, pero también mucho más coloreadas. Fijaos qué bonitas cúpulas:

No he tenido que buscar mucho para encontrar símbolos comunistas y representaciones de próceres bolcheviques. Particularmente, Lenin sigue siendo para los moscovitas un héroe nacional. En el Metro (que Lenin bautizó “el Palacio del pueblo”) hay abundancia de bajorrelieves, bustos y pinturas que lo representan, como éstas:


Si esto os parece tan bien como a mí (no hay ni rastro del sanguinario Stalin, más que en los carteles de recuerdo que se venden en las tiendas de Souvenirs), supongo que también os alegraréis de que enfrente del Gran Teatro (el famoso Teatr Bolshoi) haya un enorme busto de Karl Marx, bajo el cual se lee “Proletarios del mundo, ¡uníos!”:

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, escribieron Marx y Engels en su Manifiesto del Partido Comunista. Se me ponen los pelos de punta con esta frase, y también con aquella de “que tiemblen las clases dominantes ante la revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas“. Tal vez “volvamos” alguna vez a intentar -de nuevo- crear una sociedad justa en la que no haya posibilidad de que una rata de cloaca como José Stalin se haga con el poder e imponga su aberrante manera de gobernar matando, esclavizando, persiguiendo, torturando y asfixiando al pueblo. Pero no debo transmitiros mi melancolía, sino mi alegría por haber encontrado tanto bueno en Moscú, y tan inesperado.
Este pueblo ruso tan particular, tan sufrido, tan valiente, parece haber renacido una vez más de sus cenizas. La gente no tiene mal aspecto, y salvando su excesiva afición al consumo callejero de vodka y cerveza, se diría que en general no llevan una vida difícil, aunque cualquiera sabe. Fuman mucho y en casi cualquier sitio, se mueven a riadas y conducen como locos.
La ominosa Lubyanka, el cuartel general de la KGB en la que tanta gente sufrió y muchos murieron en los años de las persecuciones y del terror, permanece impertérrita y aterradora, pero ya no parece la puerta del infierno, aunque tal vez aún lo sea. El Metro es la viva estampa de los logros industriales soviéticos, tal vez el más importante y acaso uno de los más famosos. Tiene un sabor a añejo que translada al turista treinta años atrás en el tiempo: sus escaleras mecánicas de los años 60 ó 70 que van a toda velocidad dan algo de vértigo, y cada pocos segundos un nuevo tren hace su aparición en las estaciones, algunas de las cuales son espectaculares.
En cuanto al Moscú monumental, lo más destacable es el recinto de su Krémlin, dentro del cual hay unas cuantas catedrales dignas de visita y algunas estancias palaciegas. También se pueden visitar las antiguas habitaciones del Patriarca de la Iglesia ortodoxa, que sorprenden por su simplicidad y su modestia, para lo alto del cargo que las ocupaba. Ésta es una vista parcial de la plaza principal del Krémlin:

¿Qué más? Comer fuera es carísimo, y beber dentro (en un bar) más todavía, por eso la gente aprovecha el verano para comer cualquier cosa en un puesto callejero y beber su licor preferido en un banco público. La famosa mafia rusa se deja ver en ciertos ambientes, pero no está tan presente como la búlgara, cuyos componentes disfrutan haciéndose notar por las calles de Sofía. Hay bastantes chicas de piernas largas, largas, de melena casi blanquecina de puro rubias, y pinta algo siniestra en el vestir. Se diría que en Moscú hay gente para todo, para lo bueno y para lo malo, para lo muy barato y para lo muy caro. Todo tiene cabida en la Rusia de Putin. Quien, por cierto, parece estar en general bastante bien considerado.
En los viejos museos soviéticos, reconvertidos con los nuevos tiempos en salas de exhibición no propagandísticas, o menos beligerantes en la defensa de la ortodoxia revolucionaria, trabajan señoras de edad respetable, cercanas ya a su jubilación, y provenientes de los Ministerios y delegaciones ya extintos, o que han reducido su plantilla. Me alegra pensar que no están en la calle, sobreviviendo a duras penas y de cualquier manera.
He llegado a pensar que lo que queda de la Unión Soviética son los soviéticos. En efecto, una gran cantidad de la población (la mayoría) no se ha enriquecido con el capitalismo, y en estos momentos más o menos se va apañando para salir adelante, aunque las dificultades son muchas, y las carencias demasiadas.
Por resumir, y os dejo por hoy, he encontrado Moscú mucho mejor de lo que esperaba… tal vez la propaganda occidental haya minado mi percepción desde la lejanía. No sé. En fin, otro sitio más al que hay que volver.
Esta noche viajo a Méjico D.F. A ver qué tal, ya os contaré.
May 17th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Todo el mundo guarda desde la infancia la ilusión por visitar un país determinado, o por conocer una ciudad en particular. En mi caso, desde niña me deleitaba en la posibilidad de viajar a Egipto, concretamente a El Cairo, para ver el Nilo y las grandes pirámides de Guiza, y los tesoros del Museo Egipcio. Cuando menos me lo esperaba, he tenido la reciente oportunidad de pasar unos días en El Cairo, el último de los cuales pude dedicar por fortuna al turismo básico.
Cuando llegué al hotel pude contemplar esta magnífica vista del Nilo, el río más evocador de todos los existentes:

Casi sepultado por la densa bóveda de humo que cubre las ciudades hermanas de El Cairo y Guiza, el Nilo sin embargo continúa dando vida a los habitantes de la gran urbe, aún da frescor, peces y alegría a los que se acercan a él. Todo el mundo quiere pasar la tarde paseando por las riberas del “mar”, como llaman los cairotas al viejo río, espectador durante milenios de las más asombrosas construcciones y las más atrevidas hazañas bélicas, y también de la cotidianeidad de generaciones de campesinos y agricultores, que aún hoy dejan que sus vidas se adecuen a las crecidas anuales del Nilo.

En general, cada vez veo con más cariño a las ciudades árabes que voy conociendo, pero El Cairo es una de las que más me ha gustado, a pesar de la mala fama que tiene y de la cantidad de cosas malas que se dicen de la capital egipcia. No es bonita, ni limpia (al menos de día: de noche parece mucho mejor), pero para mí, nacida y criada en Madrid, donde sigo viviendo, resulta un mar de tranquilidad en comparación con mi ciudad. Aunque os resulte extraño, os aseguro que El Cairo es menos ruidoso y mucho menos estresante que Madrid, a pesar del tremendo calor del primero y de su densísimo tráfico de vehículos (mulas, caballos y burros incluidos).
Los cairotas son gentes naturales. Se comportan como si tuvieran un espíritu campesino dentro de sí, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. La ciudad también tiene mucha más vida que las europeas: se puede ver volar a cuervos de tamaño respetable, o ver cómo duermen montones de ibis (unos pájaros locales parientes de las cigüeñas) en los árboles del zoo de Guiza. Me contaron que hay hurones por las calles, y que en casa se te puede colar tranquilamente un geco cualquier día. Además es fácil encontrarse con los consabidos gatos egipcios callejeros, e incluso si hay mala suerte con alguna rata.
Se come bien y casi de todo, menos los productos derivados del cerdo y alguna otra cosa. Es relativamente fácil encontrar bares y restaurantes en los que sirvan alcohol, excepto durante el mes de Ramadán (recordad que es un país en el que el 90 % de la población se declara musulmana). De todos modos, hay servicios de entrega de bebidas espiritosas a domicilio, que funcionan diligentemente casi siempre. Los hombres cairotas fuman sin parar (las mujeres fuman menos, al menos en público), y no hay apenas restricciones que impidan encender un cigarrillo casi en cualquier lado.
Por lo demás, en El Cairo hay montones de cosas que hacer. Naturalmente, una de las mejores es visitar el Museo Egipcio, en el que encontraréis una barbaridad de tesoros acumulados de una manera un tanto caótica, salvo en las salas dedicadas al tesoro de la tumba del joven faraón Tutankamón, en las que todo está dispuesto de un modo mucho más ordenado (probablemente, a instancias del propio Howard Carter, el famoso egiptólogo que descubrió el tesoro). Hay también una sala llena de momias imponentes que no me resistí a visitar. Entre ellas está la del gran Ramsés II, el protagonista del famoso soneto “Ozymandias” (el nombre en griego de Ramsés) escrito por Percy Shelley, a quien dejó impresionado -como a tantos- la magnificencia de las obras públicas construidas en tiempos de este faraón.
Y, por fin, si se visita Guiza, no se puede dejar de acudir al recinto de las grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, que acompañadas por la famosa esfinge llenan de emoción al visitante, al que casi emulando a Napoleón, pero corrigiendo su aseveración, le dan siempre ganas de decir aquello de “¡cuatro mil seiscientos años nos contemplan!” Termino con algunas de las fotos que tomé en tan impresionante e irrepetible entorno, que espero volver a visitar con más calma, más tiempo libre, y mejor compañía.



April 13th, 2007 — Antiguo portal, viajes
Termino la narración de nuestro reciente viaje a Nápoles contándoos cómo fueron las dos excursiones que pudimos hacer en su transcurso: visitamos la isla de Capri, y las ruinas de las ciudades de Pompeya y Herculano.
Capri
Tras sopesar la posibilidad de hacer caso o no a las recomendaciones de un compañero de trabajo de Ángel que conoce bien la zona, y que opina que es mucho más interesante hacer la excursión a la isla de Isquia que a la de Capri, por fin decidimos comprar los pasajes para ir a esta última isla, una de las más famosas del Mediterráneo:

En el barco que nos llevó a la isla ya nos maliciamos qué tipo de pelaje tienen los habituales del lugar: por decirlo en cheli, el pijerío que hay en Capri y en Anacapri (las dos principales localidades de la isla) es de aúpa. Sin embargo, si se toma la cosa como una peculiaridad antropológica más, la verdad es que resulta hasta entretenido ver pasar a la gente por las calles de Capri, vestidos como para una boda (de gentes bien). Supongo que estos chicos y chicas tan finos no suben a la ciudad como hicimos nosotros, a pata y sin aliento por un escarpadísimo y estrecho camino, sino que seguramente toman el funicular que lleva a las zonas altas desde el puerto.
No hay que irse muy lejos para encontrar las tiendas en las que todos estos merluzos se compran las cosas: las mejores marcas de ropa y complementos tienen tienda en Capri, donde parece que les va bien, a pesar de los precios a los que venden el género.
Una de las curiosidades de la isla es que en ella pasó sus últimos años el emperador Tiberio, un tipo muy depravado, medio majareta y de quien el historiador romano Suetonio creo recordar que decía (tal vez me engañe la memoria) en su “Vida de los doce césares” que sus enemigos arrojaron su cadáver al Tíber, para que lo devoraran los perros, como se hacía con los condenados a muerte en Roma por traición y asesinato. Es verdad que a Suetonio se le ha acusado muchas veces de informal y poco riguroso, pero en todo caso la falta de ética de Tiberio (no entremos en sus rijosas costumbres personales, que no tienen mayor importancia) es un hecho comprobado. Sin embargo, para los capreses Tiberio es un héroe local: a la entrada de la plaza de Humberto I hay una placa que evoca el momento en el que el emperador, en un arranque de locura que se dio bastante en su degenerada estirpe, declaró a Capri la capital del Imperio. No debieron hacerle mucho caso en Roma, pero tampoco creo que al Senado le hiciera mucha gracia la idea.
La verdad es que Tiberio es el típico habitante de la isla, que por otra parte está llena de hermosas vistas. No nos arrepentimos de la excursión, pero tengo ganas de ver cómo es la otra isla que no pudimos ver por falta de tiempo.
Pompeya y Herculano
Desde que era una niña, no recuerdo exactamente cuándo, pero calculo que bien pronto, tenía unas ganas enormes de visitar las ruinas de las legendarias ciudades de Pompeya y Herculano, sepultadas por la erupción del Vesubio del 24 de agosto de 79 d.C. Tenía miedo de decepcionarme, de tanto que quería visitar estas dos ciudades. Por fortuna no ha sido así, sino que por el contrario la experiencia ha sido maravillosa. Muy, muy cansada, eso sí, pero estupenda.
Si no tenéis tiempo de ver las dos ciudades, id a ver las excavaciones de Herculano. Esta ciudad fue sepultada por una riada de lodo incandescente, de modo que todo se conservó dentro de este material aislante de manera que resulta impresionante, aún hoy -dos siglos después del descubrimiento de la ciudad-, pasear por sus calles en las que se conservan espléndidamente las aceras y columnas, algunos balcones, las barras de las tabernas, y las casas romanas, en las que aún pueden verse algunas puertas, y suelos, frescos, y muchos objetos que se encuentran expuestos en el Museo Arqueológico de Nápoles y en el Antiquarium. Fijaos en estas fotografías que tomé en Herculano:



Pompeya es más de lo mismo, pero el hecho de que es una ciudad mucho más grande que Herculano (que era una localidad dedicada al recreo de los romanos mejor situados en la escala social de entonces) hace que sus características sean otras. Conviene leer algo acerca de la ciudad antes de la visita, porque si no hay alto riesgo de cansarse antes de ver lo mejor, que en general son las obras públicas de la ciudad (las termas, los teatros, el anfiteatro, las calles, las fuentes, los templos, el foro, los arcos, la necrópolis, las puertas de entrada, etc.), y por supuesto las casas más lujosas de Pompeya, aunque muchas de ellas no se pueden visitar actualmente: están cerradas al público, supongo que porque ha habido derrumbes. Las mejores villas pompeyanas son la Casa del Fauno, la Casa de los Misterios (ésta a las afueras de la ciudad, pero es una de las mejores casas), la de la Venus de la Concha, y algunas otras de menor interés. He aquí dos tomas de las calles pompeyanas:


Y éste es un famoso mosaico, a la entrada de la Casa del Poeta Trágico:

Por desgracia, el estado de las ruinas es, en muchos casos, deplorable. Hay demasiados factores naturales que erosionan los hallazgos, casi todos al aire libre, y las “contribuciones” al estropicio de algunos visitantes desaprensivos (que han llegado a pintar encima de los frescos, o a rayarlos con navajas para escribir chorradas) no hacen sino empeorar gravemente el deterioro. El Gobierno italiano no hace gran cosa por proteger estas maravillas, así que mi impresión es que a este ritmo las excavaciones no van a durar ni veinte años.
Hay aún un par de cosas que me quedan por comentar. La primera es que para llegar a Herculano y a las excavaciones de Pompeya todo el mundo (amigos, policía, taxistas, personal diverso) te dice que la única manera de hacerlo es tomar el tren Circumvesuviano, una compañía privada que no sólo pasa olímpicamente de mantener limpios los vagones (que son incómodos además de sucísimos), sino que además en tal día como el Domingo de Resurrección, en que se espera que las ruinas estén petadas de visitantes, retira el servicio a la una de la tarde, momento en el que parte para Nápoles desde las excavaciones de Pompeya el último tren del día. Si tanto ha costado llegar, no se va a quedar uno sin ver la ciudad, así que nos dedicamos a la visita, sin saber cómo íbamos a volver a Nápoles (una opción era un taxi, ¡por 60 euros!, una barbaridad).
Sabíamos que había una estación llamada “Pompei” en la que paraban los ferrocarriles públicos, pero nadie parecía saber nada de ella, hasta que se nos ocurrió preguntar y tras un rato caminando desde el anfiteatro de Pompeya, por fin la encontramos. Los trenes públicos funcionan todo el día, son más cómodos y están más limpios, el billete es más barato, ¡y las vistas son mejores en el camino! Por supuesto, no hay ninguna indicación que ayude a encontrarla. Sin embargo, nadie la utiliza para ir a las ruinas o para volver de ellas. Todo el mundo ha asumido que hay que ir, en todo caso, en el tren privado (en cuyas sucias estaciones, por cierto, la atención al público deja mucho que desear). La “iniciativa” privada, que no “inicia” jamás nada de nada. Sólo sirven para poner el cazo (importunando a la clientela si es menester, ya que no son un servicio público), cuando las infraestructuras que les sirven para enriquecerse son parte de las estatales que ya estaban hechas previamente.
Lo otro que quería comentar, y con lo que termino, es que al lado de las ruinas de las dos ciudades ya hay dos poblaciones bien populosas, sobre todo la de Nueva Pompeya, que tiene un pedazo de santuario católico que quita el sentido. Parece como si no consideraran la posibilidad de que el Vesubio vuelta al ataque. Resulta verdaderamente incomprensible, a menos que se entienda que este tipo de cosas son las que hacen a las gentes de la Campania una de las regiones más peculiares de Italia.
¡Qué intenso viaje, cuántas cosas vistas, cuánto hemos aprendido! Volveremos otra vez, si nos es posible, a visitar lo que en esta ocasión no hemos podido ver.
April 12th, 2007 — Antiguo portal, viajes
La llegada a Nápoles por vía aérea resulta molesta y chocante: el aeropuerto de la ciudad es pequeño, desorganizado y obsoleto. A estos inconvenientes se añadió en nuestro caso el haber aterrizado en Viernes Santo, lo cual sólo provocó que la situación fuera más incómoda de lo habitual. Turbas de recién aterrizados se movían confusos, de una dirección a otra, en una marea incesante de personas sin orden ni concierto, en la nada confortable sala de llegadas. Creíamos que lo habíamos visto todo en cuanto a desorganización, pero a poco no salimos de Nápoles: en la demostración más palparia de desorden que habíamos visto en un aeropuerto, el día de nuestra partida tuvimos que permanecer haciendo cola para facturar, ¡hasta el momento mismo en que debía partir el avión! En total, unas dos horas de tensa espera, en la que no faltaron miradas enfurruñadas al personal de tierra -que se hacía un lío con el proceso de check in- y un amago de trifulca por culpa de algunos “listos” con aspecto de votar al PP que creían que por viajar en clase Business (ya ves tú) tenían derecho a colarse impunemente. Si alguien está haciendo un ránking de aeropuertos horribles, debería incluir el de Nápoles en lugar preferente.
Una vez recuperada la maleta toca intentar agarrar un taxi, en una cola de indudable aire magrebí. Creímos que el taxista era un pícaro (la tarifa fue disparatada), pero pronto tuvimos la ocasión de comprobar que era simplemente el típico taxista napolitano: conducía como los beirutíes, gesticulaba como los romanos, y cobraba como los londinenses. Una vez instalados y libres al fin de lo antedicho, fuimos a comer a la vera del magnífico Castel dell’Ovo. Nos encontramos con una hermosísima vista de la bahía:

Después de degustar la gastronomía local acompañada de vino chianti, nos dispusimos a dar una vuelta por Nápoles, la legendaria ciudad del sur de Italia.
La impresión es fuerte: se diría que es una ciudad abandonada a su suerte, si no fuera por los socavones que su Gobierno ha hecho por doquier, para las obras del Metro. Imposible saber cuánto tiempo llevan esos socavones interrumpiendo el tránsito, ni cuánto tiempo más seguirán ahí. Muchas de las personas con las que se cruza el viandante dan una sensación inquietante, aparentan tener aspecto siniestro o sospechoso, sobre todo en los barrios más populares, cerca de la plaza del Gesù o en los Quartieri Espagnoli, los barrios que se construyeron en tiempos de los primeros reyes Borbones de Nápoles.

Ésas son las típicas calles napolitanas que todos hemos visto alguna vez, estrechas y destartaladas. Las grandes avenidas que cruzan la ciudad son las que se construyeron en tiempos de los reyes Víctor Manuel II y Humberto I, que además dejaron en Nápoles otras obras algo faraónicas como prueba de su paso por este mundo, y que no parecen tener relación con el resto de la ciudad. (El Palacio de Capodimonte es, del mismo modo, el más importante vestigio que queda del reinado de Carlos VII de Nápoles y Sicilia, el futuro Carlos III de España.) En estas calles más anchas es donde se elevan los mejores edificios de la parte vieja de la ciudad, cuyo aspecto denota que conocieron sin duda mejores tiempos, pero que aún resultan elegantes, a pesar de su decadencia, como éste que se yergue enfrente del duomo, de la catedral de Nápoles:

En comparación con las otras ciudades italianas que conocemos, ésta nos pareció desde el principio una rara avis. No sólo porque el idioma napolitano no se entienda en absoluto al oírse, sino porque los paisajes, las costumbres, las gentes, son de otra especie, y de eso no cabe duda en cuanto se pisa suelo napolitano.
Nuestra guía decía que a pesar de los castillos e iglesias que hay en la ciudad (algunas de éstas, cerradas misteriosamente a cal y canto), lo único que de verdad merece la pena visitar con detenimiento es el Museo Arqueológico Nacional. Por lo que exhibe, es uno de los mejores museos arqueológicos del mundo. Algunas de las obras de arte clásicas más famosas están en él: los mejores mosaicos, esculturas y frescos que se encontraron en las excavaciones de Pompeya y Herculano y las espléndidas obras que formaban parte de la colección privada de la familia Farnese son sin duda las estrellas de la visita. Ésta es una magnífica obra, el conocido como “Toro farnesio”, citada por Plinio el Viejo como una de las mejores obras de arte de la antigüedad (está hecha de una sola pieza, es verdaderamente increíble):

Tiene una curiosidad, que también hace de este museo algo único: la colección de los falos gigantes y las obras de arte de contenido sexual explícito que se encontraron en las excavaciones de las ciudades romanas, y que el estúpido prurito puritano del XIX las hizo esconder en un Gabinete Secreto, al que aún hoy en día no se permite la entrada a los niños. Parece que colocar un falo en la puerta de la casa o el establecimiento de uno daba buena suerte al que lo hacía (como ahora los napolitanos confían en que les den suerte las guindillas falsas que cuelgan de sus puertas), así que todo el mundo lo hacía. También se utilizaba la modalidad de hacerse pintar a Príapo en las paredes, con su enorme pene:

En ese gabinete también pueden contemplarse, con otros objetos, los pequeños frescos eróticos de un lupanar de Pompeya, relativos a las tristes labores que ejercían en él las prostitutas esclavas que allí trabajaban.
Visto esto, las excursiones desde Nápoles son inolvidables, o al menos eso espero, si es que no me ataca alguna enfermedad cerebral que me haga olvidarlas para mi desdicha futura. Nos ha quedado mucho por conocer, al menos para otra visita más, pero creo que las jiras a Capri y a Herculano y Pompeya son de lo mejor que he hecho en la vida. Mañana os hablaré de ello.