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República Dominicana (y VII): Las Terrenas, punto y final

Por fin llego al final de mi relato dominicano. Me quedarán muchas cosas por contar, pero no puedo hacer de esta serie algo eterno. Hay que hablar de otros asuntos que también merecen mi atención, y mi relación con República Dominicana no ha hecho sino comenzar: ¡pienso volver!

Las Terrenas y Samaná

Antes de regresar a Santo Domingo, y desde allí de nuevo a Madrid, pasamos unos días en una maravillosa casa que nos dejaron, situada en lo alto de una loma del municipio de Las Terrenas, en la provincia de Samaná:

                           

Como veis en el mapa, la mayor parte de la provincia la ocupa una península en las costas atlánticas de Dominicana: es la península de Samaná, cuyo nombre taíno comparte con la provincia entera y con el municipio cabecera de ésta.

Hay algo que hace de este lugar un sitio irrepetible: A la bahía de Samaná llegan cada año cientos de ballenas jorobadas a procrear: desde enero a marzo los machos cortejan a las hembras saltando y aleteando. Los que han tenido la suerte de ver este maravilloso espectáculo no lo olvidan.

Santa Bárbara de Samaná, o simplemente Samaná, es una ciudad pequeña y coqueta, con una mezcla cultural prodigiosa por lo peculiar. El paseante encontrará casas francesas coloniales que imitan a las originales -extintas- de madera, y una iglesia metodista que los locales llaman “churcha” (del inglés church), en referencia a su origen anglosajón:

Las Terrenas, a pesar de lo dicho, es mi localidad favorita de la República Dominicana. Tiene un aire europeo, medio hippy, que hace de este pueblecito un lugar divertido y agradable, lleno de lugares en los que comer, beber, bailar y descansar, y todo ello en plena naturaleza… Claro que el riesgo de que la villa acabe asolada por el turismo es muy grande, y seguramente ya imparable, al ritmo al que va la cosa. Ya se lo temen hasta los murales de la tapia del cementerio municipal:

Pero por lo menos hasta hoy, Las Terrenas es un pueblecito sin apenas asfalto, rodeado de selva y con playas espléndidas, como ésta:

Nosotros hicimos vida, como os decía, en lo alto de un monte -una loma-, en una preciosa casita digna de formar parte de una revista de arquitectura e interiorismo.

Las vistas desde arriba eran fabulosas, la piscina era estupenda y el clima muy agradable cuando no llovía -a cántaros, como suele por allí-, pero la compañía de grandes tarántulas en el dormitorio y de enormes ciempiés en el cuarto de baño acabaron por hacer mella en mi sueño, a pesar de la mosquitera con la que procuraba evitar la presencia de tales intrusos en mi cama. También tuvimos la compañía de decenas de insectos preciosos -incluída una mantis religiosa-, de simpáticos lagartitos y de varias ranitas de diverso colorido, pero de éstos no tengo queja.

Y punto, y final

Hasta aquí ha llegado el relato de nuestros días dominicanos. Me quedan algunas cosas que contar, como la pobreza de los haitianos en relación a los dominicanos, y cómo su piel más oscura de lo habitual en Dominicana los identifica en su origen. Si los dominicanos son pobres, los haitianos son paupérrimos. Alcanzar su situación es como subir un peldaño más en la escala de la injusticia.

Me gustaría hablar despacio del desastre económico en el que las largas décadas de corrupción han sumergido a los dominicanos, y del culto a la personalidad de sus gobernantes, cuyos extremos nunca se han alcanzado -ni por asomo- en la vecina isla de Cuba: hay fotografías del presidente Fernández por doquier, y en cada ciudad, pueblo y aldea hay fotos de los munícipes locales. Cada obra pública merece, por lo visto, que el que esté al cargo del Gobierno en ese momento se coloque la medalla de su mérito. Pero bueno, más vale que dejemos a quienes saben, hablar largo y tendido de la política dominicana: la oposición local de izquierdas.

También me gustaría poder contaros algo sobre los ciclones -los huracanes- y cómo influyen en la vida cotidiana de los dominicanos. Pero como os decía, en algún momento hay que cortar.

Me queda mucho por contar, pero sobre todo y naturalmente, me quedan muchas cosas por descubrir de Dominicana. Tan pronto como lo haga, las compartiré con vosotros. Ardo en deseos de volver a este país, prodigio de belleza y de feracidad, lleno de alegría y de color. Seguramente, uno de los mejores sitios del mundo. Ojalá que las cosas les vayan mejor.

República Dominicana (VI): La Romana y Jarabacoa

Sigo hoy con mi serie sobre la República Dominicana. En esta ocasión os contaré algunas cosas sobre otros lugares del país en los que hemos estado además de la capital: La Romana y Jarabacoa.

Aunque como ya os dije Santo Domingo ha sido el campamento base durante nuestra estancia en la República Dominicana, hemos podido disfrutar de algunos deliciosos días de asueto en otros lugares, gracias a la generosidad de mi familia política dominicana.

La Romana

La Romana es una de las localidades más importantes de Dominicana. Da su nombre a la provincia de la que es cabecera, y se encuentra a 100 kilómetros al este de Santo Domingo:

                          

Nosotros tuvimos la oportunidad de alojarnos en un complejo vacacional de lujo llamado “Casa de Campo” cercano a la ciudad, en el que algunos millonarios de todo el mundo pasan parte de sus mullidas existencias. La pasamos bien bañándonos en la playa, tomando ron Brugal en el jacuzzi, y dando vueltas por la urbanización en un cochecito de golf eléctrico que ha sido el primer vehículo motorizado que he conducido en mi vida.

Durante los días que estuvimos en Casa de Campo tuvimos la compañía de Anita, una mujer cocola (descendiente de inmigrantes antillanos de habla inglesa) que trabaja para los dueños de la casa como cocinera (¡y qué cocinera!) y en general de chica para todo. Era discreta, sonriente, de piel oscurísima, enorme y guapa. Parecía tener mi edad, pero antes de irnos nos presentó a su hija de 30 años, para mi gran sorpresa. Aunque mi suegra vive con Norma, la mujer que hace las faenas domésticas de su casa, la relación con ella es diferente a la que tuvimos con Anita. Yo no estoy acostumbrada a eso de ”tener servicio”, y no sabía bien cómo comportarme para no molestar a esta mujer más de lo imprescindible. Hice lo que pude.

Merece la pena detenerse algo en este asunto: las familias dominicanas de clase media alta, profesionales liberales y gente más o menos bien - y asimismo a veces”de bien”, como en el caso de la familia de Ángel- pueden permitirse el lujo de tener varias personas a su servicio, y se lo permiten. Lo que en España sólo ocurre en casas de alta alcurnia es allí moneda corriente: hay mucha mano de obra disponible con ganas de trabajar y necesidad de ganarse la vida. Si los jefes son buenas personas se verán en la necesidad de cuidar de sus trabajadores de casa en la medida de lo posible, y a veces también de sus hijos: se establece con los años una relación parecida a la que se daba en Nueva Inglaterra entre los esclavos de las plantaciones y los amos paternalistas. La estratificación social de la República Dominicana es tremenda. Sólo un apunte más sobre esto: como la comida es tan cara allí, todo el mundo sabe que hay que comprar alimentos en cantidad suficiente como para que sobre y la gente de servicio pueda llevar comida a su familia. Duro, ¿eh?

Esto me recuerda el asunto de las propinas. A los empaquetadores, por ejemplo, los chicos que meten la compra en bolsas en los hipermercados, hay que darles propina. Es su única fuente de ganancias, no perciben salario alguno por su trabajo. En La Romana hablamos con algunos de ellos, que nos contaron su penosa situación laboral con la alegría habitual con la que los dominicanos cuentan las cosas. “¿En España tienen que colocar las cosas ustedes?”, nos preguntaron. Ante nuestra respuesta afirmativa uno de ellos se guaseó: “Allá la vida es más dura”.

Una de las excursiones imprescindibles en Casa de Campo, y que no nos perdimos, es ir a los Altos de Chavón, una reconstrucción de un pueblo mediterráneo en lo alto de una montañeta, el capricho de una millonaria que contiene un museo Taíno la mar de interesante, y una escuela de diseño, entre muchas otras cosas. Para mí, lo mejor de la visita era la espléndida vista del río Chavón que disfrutamos desde su mirador:

¡Oh! También estuvimos en Bayahibe, uno de los pueblos más bonitos que he visto en mi vida, lleno de preciosas y pintorescas casitas de pescadores. Ya hay unos cuantos hoteles, pero dicen que hasta el momento el turismo en Bayahibe es ecológicamente sostenible.

Jarabacoa

Nuestro segundo viaje por la isla nos llevó, de camino a Las Terrenas, a Jarabacoa. Es una localidad bulliciosa, con gentes de aspecto y acento canarios, paisajes feracísimos y un agradable clima primaveral. Se encuentra en plena cordillera Central, el conjunto montañoso más importante de la República Dominicana. Nos alojamos en un encantador chalet típicamente montañés, desde donde dimos unas vueltas por los alrededores, una delicia para los amantes de la naturaleza:

       

Hablando de naturaleza: la República Dominicana, en general, es un país muy natural. En cualesquiera parte y momento puedes encontrarte con un lagarto, un sapo, una gallina o… ay, una cacata, como llaman en Dominicana a las tarántulas. Ya os contaré mis peleas con la naturaleza desatada en Las Terrenas. Hasta entonces os dejo con este lagartito dominicano:

República Dominicana (V): Santo Domingo

Llevo varios días esforzándome por transmitir una idea de la República Dominicana que se aparte de la que tienen la mayor parte de los españoles, quienes por lo general no entienden que ese país ofrezca apenas nada más que playas, ron, merengue, y tal vez y con suerte algún ligue casual.

Esta paupérrima idea de Dominicana se entiende si se presta atención a los paquetes turísticos que ofertan los tour operators: suelen consistir en varios días de encierro en un hotel a orillas del mar Caribe o del océano Atlántico, de donde aconsejan a los turistas que no salgan “por su propia seguridad”. Esto, unido al hecho de que en muchas ocasiones los hoteles se encuentran en parajes alejados de los núcleos poblacionales, hace que los turistas españoles vuelvan a casa sin haber visto de la República Dominicana más que la barra del bar del hotel y una playa de la que suelen acabar aburridos. En estas condiciones, tampoco interactúan apenas con los lugareños (a excepción del personal del hotel), porque la entrada a estos hoteles no está permitida si no se aloja uno dentro.

Ya que Dominicana es un país bastante seguro, por el que se puede dar vueltas tranquilamente si se siguen algunas medidas básicas de precaución -que incluyen dejar el pasaporte a buen recaudo-, no tiene ningún sentido practicar ese tipo de turismo “de encierro”, sobre todo si se tiene en cuenta que la República Dominicana es un país de una enorme belleza natural, con una amplia variedad de paisajes y una población cálida y amable, siempre deseosa de colaborar a satisfacer la curiosidad del turista. Las playas, por supuesto, son parte de su atractivo y como tales conviene tenerlas en cuenta como uno de los objetivos de la visita. Pero por favor, no objetivo exclusivo. Hay mucho más que ver: haré hoy un primer repaso de algunos de los lugares que hemos tenido la suerte de visitar en agosto. Empezaré hablando de Santo Domingo.

Santo Domingo

En la capital de la República Dominicana podéis encontrar, como ya os expliqué aquí, varios monumentos de los primeros años de la colonización. Casi todos se encuentran en la llamada Zona Colonial, un barrio lleno de hermosas casas señoriales de aire andaluz o extremeño, en el que casi todo es primado: la catedral, el ayuntamiento… Incluso lo es la calle de las Damas -la primera calle de las Américas-, cuyo nombre se explica con que ése era el único sitio por el que, en tiempos, podían pasear las damas castellanas instaladas en la isla.

Tradicionalmente, a los dominicanos les gusta “condear”, pasear arriba y abajo por la calle de El Conde, una calle peatonal llena de establecimientos que une el parque Independencia con la plaza Colón. El Conde ha sido testigo de muchos momentos importantes en la reciente historia dominicana: en uno de sus edificios se instaló el Gobierno provisional de Caamaño, y en una de sus cafeterías más famosas, La Cafetera Colonial, se reunían los exiliados españoles que se refugiaron en la República Dominicana huyendo de la represión franquista.

En la plaza Colón se encuentran la catedral, el ayuntamiento y una estatua que representa a Cristóbal Colón, a cuyos pies se postra semidesnuda la cacica rebelde Anacaona, situación imposible en la realidad e inexplicable en la escultura. Más de una noche criticamos la falta de sensibilidad histórica del escultor desde la terraza de la Cafetería del Conde, un café lleno de historias y de ilustres y/o famosos visitantes. Cerca de la plaza Colón se encuentra la plaza de España, llena de agradables terrazas en las que se puede comer algo o simplemente tomar una “fría”, una cerveza Presidente. En esta plaza, dando la espalda al alcázar de Colón, hay una estatua que representa a Nicolás de Ovando, el primer gobernador de la isla, de quien algunos dicen con justicia que fue “constructor de ciudades y destructor de indios”.

El mar Caribe es parte fundamental de la ciudad, que recibe sus olas en el malecón, paseo que por lo que me contaron ha tenido tiempos mejores, pero en el que aún hay varios hoteles y algunos colmados, además de algunas plazas y algún parque.

Los colmados merecen párrafo aparte: son los establecimientos en los que la mayor parte de los dominicanos pasa sus ratos de ocio. En ellos puede uno hacerse con víveres, bebidas y otras cosas, comer algo, tomarse unas cervezas o unos refrescos, y conversar o jugar al dominó -verdadero deporte nacional-, si es que la música, casi siempre a volumen atronador, lo permite. También se puede echar un bailecito. Éste es el colmado que frecuentábamos Ángel y yo (aquí en un día de lluvia):

Nosotros nos alojamos en casa de la madre de Ángel y de su marido Guarocuya, en el barrio de Gazcue. Es uno de los barrios tradicionalmente más confortables y elegantes de Santo Domingo, lleno de hermosos hotelitos de las décadas de los 20, los 30 y los 40, que comparten calles con edificios de pisos, más modernos, y vecindario con el Palacio Presidencial, que actualmente ocupa Leonel Fernández. Dicha ilustre vecindad hace posible que el barrio de Gazcue sea uno de los que sufren menos cortes de suministro eléctrico (un mal que afecta constantemente a casi todo el país, dicho sea de paso, y que obliga a los dominicanos a hacerle frente comprando un alternador que los saque de apuros, si es que se lo permite su presupuesto; abundaré en este asunto y en otros similares otro rato).

Hay en Santo Domingo un recinto lleno de museos y edificios oficiales dedicados a la promoción cultural, llamado Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, y que ocupa un terreno que hace décadas fue propiedad de Trujillo. Nosotros visitamos lo que nos pareció más interesante del recinto: el Museo del Hombre Dominicano (donde, a pesar de su nombre, también se tiene en cuenta a la mujer dominicana), en el que el visitante puede hacerse una idea de cómo fueron las culturas precolombinas de la isla y en qué consistió el proceso de colonización. Aunque las instalaciones están visiblemente estropeadas por el paso de los años, y algunos carteles y fotografías necesitan restauración urgente, se aprenden algunas cosas interesantes sobre los dominicanos y su historia, entre ellas una fundamental: las culturas africanas llegadas a la isla con los pobres esclavos suponen un pilar imprescindible de la sociedad dominicana.

También hay cosas malas que decir de Santo Domingo, mal que me pese. Por ejemplo, que todas sus calles adolecen del mismo caos: en el 90% de ellas hay enormes agujeros, tanto en las aceras como en las calzadas, frecuentemente hay basura de todo tipo arrojada en cualquier parte, y enormes cables se cruzan de un lado a otro de las calles. Más grave aún, la pobreza en Santo Domingo es evidente, a poco que se dé una vuelta por la ciudad o se salga de ella en dirección a otros lugares del país. Un informe de la UNESCO habla de algunos de los barrios marginales de la capital dominicana en estos términos: “Viven en medio de la basura, en los vertederos donde se evacuan las aguas residuales de la industria, en un terreno cenagoso, sin agua ni servicios sanitarios. En dos barrios pobres, La Ciénaga de Guachapita y Los Gandules, en pleno centro de la ciudad de Santo Domingo, viven 48.000 personas, la mayor parte desempleados o que acaban de llegar del campo. Son seres marginados en el corazón de una capital en la que viven más de un millón de otros marginados. Viven en pequeñas chozas, pegadas unas a otras (el 70% en muy mal estado). Cinco o seis personas, hacinadas en viviendas que tienen entre 18 y 24 m2, se ven obligadas a salir a la calle para lavar a sus hijos u organizar reuniones. ¡Y qué calle! No hay más que lodo, y ningún automóvil podría pasar por allí: sólo los “motoconchos” (motos a las que se les añade un maletero y sirven de taxi) pueden circular. Para buscar agua, algunas mujeres y niños recorren kilómetros a pie. La mayor parte trabajan como “chiriperos”: en medio del camino, venden un día zapatos y otro día cocos, o helados, pasteles hechos en casa o zumos de fruta. Tienen suerte si logran reunir unos 100 dólares mensuales por familia. De ahí que trabajen todos, ya tengan 7 ó 65 años. Hay también una importante corriente de emigración de las mujeres hacia España, donde trabajan como criadas y pueden así dar de comer a toda la familia en Santo Domingo.” De esta durísima situación salen todas esas mujeres que trabajan en España. Espero que lo recordéis y se lo hagáis recordar a los demás, cuando los catetos pensamientos racistas y/o xenófobos que todos tenemos incrustados en el coco os asalten por sorpresa.

Aún me quedan cosas que contar de Quisqueya. Mañana procuraré seguir haciéndolo.

República Dominicana (IV): Desde la guerra de abril hasta hoy

Abril nació como esperanza
a treinta y tantos años de Trujillo
se abrieron bocas que callaban
las voces de Santo Domingo.
Quedó dormido en sus montañas
un ángel fuera del rebaño.
Lo despertaron las pestañas
que cerraban a Caamaño
(”Cita con ángeles”, José A. Rodríguez / Silvio Rodríguez)

Una vez muerto el dictador Trujillo, pudo regresar a la isla desde su exilio Juan Bosch, el fundador del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Bosch había sido un ferviente opositor a Trujillo desde su exilio de más de veinte años, y sus promesas de reformas sociales conquistaron el voto de la mayoría de los dominicanos. En 1963 fue promulgada una Constitución que establecía avances sociales y políticos como las libertades de opinión, de culto y de asociación, el derecho a la vivienda y la igualdad legal entre los hijos nacidos dentro y fuera de los matrimonios; además, se ilegalizaron los monopolios y los latifundios. Todo ello fue demasiado para la oligarquía local: a los siete meses de gobierno, Bosch fue depuesto por un golpe de Estado militar, que derogó la Constitución y nombró a un triunvirato para presidir el país. Bosch regresó al exilio.

En abril de 1965 un grupo de militares constitucionalistas dieron un contragolpe de Estado para retornar a la legalidad de 1963, pero -y a pesar de contar con un amplio respaldo popular- los militares golpistas reaccionaron de inmediato, bombardeando y ametrallando el Palacio Presidencial de Santo Domingo, en el que los constitucionalistas ya habían instalado al Dr. Molina Ureña como nuevo presidente provisional de la República. Entonces el embajador estadounidense -cuyo Gobierno desde el principio apoyó el golpe de Estado reaccionario- advirtió a Francisco Caamaño (uno de los líderes militares constitucionalistas) de que él y los suyos debían rendirse de inmediato. (En la foto inferior, Bosch y Caamaño:)

                  

A los dos días, el presidente Lyndon B. Johnson acusa a la revolución constitucionalista de “comunista”, y ordena el desembarco de 42.000 marines en Santo Domingo. Comienza la segunda ocupación estadounidense, y la resistencia popular constitucionalista.

El 15 y 16 de junio de 1965, las tropas estadounidenses atacaron de la manera más dura a la zona constitucionalista de la capital dominicana. Caamaño, que para entonces ya había asumido el cargo de presidente provisional, declaró que el ataque norteamericano era “un genocidio sin precedentes en la historia del país; contamos ante el momento 67 muertos entre hombres, mujeres y niños, y unos 165 heridos, y aún faltan personas que deben estar muertas en sus casas por las bombas de mortero”. El pueblo y los militares leales resistieron hasta el 30 de agosto de 1965, día en que se firmó un acuerdo tutelado por los Estados Unidos en el que se acordaba la celebración de elecciones presidenciales para el año siguiente. El 3 de septiembre Héctor García Godoy asumió la Presidencia Provisional, y Francisco Caamaño renunció públicamente a su cargo ante miles de dominicanos, que escucharon su emotivo discurso de despedida: “Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece. No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos.”

El 1 de junio de 1966, con las tropas de ocupación aún en Santo Domingo, se celebraron unas nuevas elecciones que ganó Joaquín Balaguer (ya presidente con Trujillo). El Gobierno estadounidense, satisfecho esta vez con el resultado, ordenó el regreso de los marines. Desde Londres, Caamaño afirmó que la presencia militar estadounidense tenía “que haber influido obligatoriamente en las elecciones. No puede haber elecciones libres en un país ocupado por tropas extranjeras”. Muchos ciudadanos dominicanos opinaban lo mismo: las manifestaciones públicas condenando la elección fraudulenta de Balaguer fueron duramente reprimidas.

Balaguer fue desde entonces el sempiterno presidente de la República Dominicana: gobernó otros veintidós años el país, en dos períodos de doce y diez años respectivamente. Sus años de Gobierno se caracterizaron por la represión política y los crímenes de Estado (se dice que es responsabilidad suya la muerte de unos 3.000 dominicanos disidentes), el enriquecimiento de unos pocos y la pauperización de la gran mayoría de la población dominicana, el hiperdesarrollo de la industria de la construcción y una fuerte inversión en obras públicas.

A pesar de todo ello, gobernó hasta el año 1996, en el que junto a su antes rival Juan Bosch (quien por entonces ya tenía síntomas del mal de Alzheimer) dio su apoyo a Leonel Fernández, actual presidente de la República, y principal responsable de la pésima situación en la que viven la mayor parte de los dominicanos. 

             

Nota: Podéis haceros una buena idea de lo que significa la llamada “guerra de abril” para la gente de izquierdas de la República Dominicana leyendo la “Declaración de Santo Domingo” escrita por Narciso Isa para recordar el 42º aniversario de la invasión y la resistencia constitucionalista.

República Dominicana (III): La lucha por la independencia y la dictadura de Trujillo

Continúo con la historia de la República Dominicana: hoy toca recordar cómo se vivió allí desde los convulsos tiempos de la Revolución Francesa hasta la llamada “Era de Trujillo”

El siglo XVIII comenzó para España y sus colonias con la llegada al poder de una nueva dinastía reinante, la francesa casa de Borbón. Para Santo Domingo el cambio supuso la reactivación de su actividad económica, ya que el nuevo Rey introdujo -entre otras reformas económicas- la paulatina relajación de las restricciones al comercio entre España y las colonias. Además, la Corona incentivó la repoblación del norte de la isla con emigrantes procedentes de las islas Canarias, se crearon plantaciones tabaqueras en el valle del Cibao y se reactivó el tráfico de deportados africanos para venderlos como esclavos. Estas medidas contribuyeron a mejorar en parte las condiciones de vida de los habitantes españoles de Quisqueya, pero aún así la mayoría de ellos continuaron viviendo en la pobreza, lo que contrastaba con el alto nivel de vida de la vecina colonia francesa de Saint-Domingue, que por aquel entonces era el lugar más próspero de América.

La Revolución Francesa también llegó a la isla: en 1791 tuvo lugar una sublevación de esclavos en la sección francesa y el 4 de febrero de 1794 la Convención Nacional declaró abolida la esclavitud de los negros en todas las colonias francesas. En ese momento, el jefe rebelde haitiano Toussaint Louverture cambió de bando, dejó de combatir a favor del Gobierno español y se situó al lado de los franceses.

                       

En 1795, tras la Paz de Basilea, España renunció a su soberanía en toda la isla, que pasó a mano francesas. En 1801 Toussaint y su ejército llegaron a la ciudad de Santo Domingo; el 1 de enero de 1804 se proclamó la independencia de Haití, y en Santo Domingo se inicia la Era de Francia. Tras varios episodios que incluyeron una efímera independencia (el “Haití español”), la ex colonia española fue invadida por el gobierno haitiano. La dominación haitiana duró desde 1822 hasta el 27 de febrero de 1844, día de la proclamación de la independencia nacional y de la creación del estado de la República Dominicana. Uno de los padres de esta nueva nación fue Juan Pablo Duarte, quien hoy en día es considerado un héroe local.

Salvo una breve anexión a España, el país se mantuvo independiente de otras potencias hasta la llamada “primera invasión estadounidense” (1916-24). Tras seis años de bonanza económica debida a la subida del precio de la caña de azúcar en los mercados internacionales, el sangriento criminal militar Rafael Leónidas Trujillo accedió al poder mediante un golpe de Estado, en 1930.

              

Trujillo gobernó el país hasta su ajusticiamiento en 1961*, a veces como presidente y a veces como ministro de Relaciones Exteriores del jefe de Estado de turno colocado por él mismo. Este megalómano cruel y corrupto, que rebautizó a la capital Santo Domingo como Ciudad Trujillo, convirtió al país en su propiedad. Toda disidencia, real o imaginaria, fue combatida con salvaje crueldad, y cualquier amenaza contra sus innumerables posesiones reprimida sin contemplaciones.

Durante la larga dictadura de Trujillo se cometieron crímenes sin número por parte de sus sicarios: durante más de tres décadas no hubo el mínimo respeto por la vida humana en la República Dominicana, y nadie estaba a salvo de caer en desgracia. Algunos de los crímenes más famosos y detestables de este aliado de los Estados Unidos en el Caribe fueron la matanza de haitianos de 1937 (año en el que se asesinó a unos 15.000 inocentes ciudadanos, sólo por haber nacido en Haití o por tener la piel lo suficientemente oscura como para parecerlo), o la muerte a golpes de las tres hermanas Mirabal, opositoras al régimen cuyo asesinato se recuerda el 25 de noviembre de cada año, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Trujillo, que permitió el asilo de judíos europeos en la isla (”para limpiar racialmente el país”, dicen), también recibió a exiliados españoles que huían del régimen fascista español tras la guerra (entre ellos, el abuelo de mi marido, el granadino Antonio Castro), a pesar de -o tal vez por causa de- las buenas relaciones que mantenía con Franco. Los dominicanos con los que he hablado creen que la entrada de republicanos españoles supuso un enriquecimiento en la vida cultural del país, pero parece obvio que si tuvieron algún tipo de influencia política sobre la población dominicana, ésta no fue lo suficientemente fuerte -por una u otra razón- como para poner en peligro al régimen trujillista.

Tras la muerte del tirano llegaron tiempos de esperanza y de frustración para los dominicanos. Mañana os contaré.

              

* Os aconsejo encendidamente la lectura de “La fiesta del chivo“, una novela escrita por Vargas Llosa en la que el escritor relata de manera magistral cómo se gestó el magnicio, cómo tuvo lugar, y qué ocurrió tras el ajusticiamiento del genocida dominicano.

República Dominicana (II): La ocupación castellana

Ayer os decía que la República Dominicana me parece una nación singular. Traté de ilustrar someramente el porqué de esta opinión; hoy os resumiré parte de la historia dominicana, la de los siglos de ocupación castellana.

Antes de la llegada de Cristóbal Colón y su expedición a la isla de Quisqueya (más tarde conocida como La Española), ésta estaba habitada por unos 350.000 aborígenes, la mayoría de origen arauaco (uno de los pueblos americanos más extendidos), cuyos antepasados eran inmigrantes llegados de la desembocadura del río Orinoco y las Guayanas. Cuando los de Colón se encontraron con algunos de ellos, éstos se presentaron como taínos (”hombres buenos”), para diferenciarse de los caribes, un pueblo de gentes violentas y de costumbres caníbales a las que los taínos temían, y de cuyos ataques periódicos se defendían como podían.

                      

Los taínos vivían en una sociedad sin apenas clases y sin propiedad privada, en la que se consumía prácticamente todo lo que se producía. Practicaban el trueque con los indígenas residentes en la isla de Cuba. Tenían una mínima jerarquía social, en cuya más alta posición se situaba un cacique o jefe militar y encargado de la intendencia y la distribución del trabajo. Los behíques o brujos curaban a los enfermos y dirigían las ceremonias religiosas: la más importante de éstas era el rito de la cohoba, durante la que el cacique y los nobles esnifaban polvo de dicha planta alucinógena mezclada con tabaco, con el fin de establecer una comunicación mística con los cemíes, sus dioses o espíritus protectores. Estos cemíes eran representados frecuentemente por medio de trigonolitos, pequeñas figuras de tres puntas hechas en piedra, como ésta:

Estas gentes buenas y pacíficas sufrieron, como los otros grupos de indígenas habitantes de la isla (caribes, ciboneyes, ciguayos y macorixes), uno de los genocidios más brutales de la Historia por parte de los conquistadores castellanos. Las horribles torturas que padecieron, el espantoso maltrato que sufrieron, la inanición y la desnutrición, las enfermedades, los agotadores trabajos físicos, las mutilaciones, y los numerosísimos, constantes, crudelísimos y arbitrarios asesinatos, acabaron prácticamente con todos los habitantes indígenas de Quisqueya en seis décadas, como denunció el dominico castellano Bartolomé de las Casas en su famoso informe sobre el tema al futuro Felipe II de España, librito por cierto cuya lectura os recomiendo, a pesar de lo durísimo que resulta (y eso que sufrió una severa censura). Otros dominicos, como Antonio de Montesinos, denunciaron también y públicamente el exterminio del pueblo indígena.

Aunque no hubo una resistencia generalizada a la invasión de la isla, sí hubo algunas revueltas de indígenas. Unas fracasaron, como la liderada por el cacique cibaeño Caonabo (que fue capturado y murió en el barco que lo iba a trasladar a Castilla como prisionero), y alguna triunfó, como la que dirigió Enriquillo (Guarocuya), un noble taíno educado por los frailes dominicos, que consiguió gracias a su rebeldía vivir algunos años en libertad junto a su esposa, otros taínos y algunos africanos que huyeron de la esclavitud y que se adhirieron a su causa.

Mientras todo esto sucedía, al sudoeste de la isla crecía rápidamente la primera ciudad “europea” del continente (llamada por ello ciudad primada de América), Santo Domingo de Guzmán, fundada por Bartolomé Colón, hermano del almirante. En poco tiempo, en Santo Domingo se construyó una catedral, un alcázar, varios palacios y monasterios, algunas iglesias y una fortaleza a orillas del río Ozama, además de numerosos edificios que aún hoy resisten bien el paso del tiempo, y que tienen el inconfundible aire del Renacimiento castellano:

Durante el siglo XVI partieron desde Santo Domingo muchas expediciones a otras partes de América, lo que unido a las riquezas minerales de la isla y al sistema de las plantaciones azucareras, hizo que la colonia fuera una importante fuente de ingresos para la metrópoli castellana. Estas riquezas y estos beneficios se obtuvieron mediante cantidades ingentes de dolor, desdicha, sufrimiento y muerte de cientos de miles de personas. Además del genocidio indígena ya mencionado, Quisqueya fue el lugar en el que se produjo otro detestable crimen contra la humanidad: el secuestro de personas nacidas en África a las que se condenó a una existencia desoladora, trabajando prácticamente sin descanso y toda la vida en las minas o en las plantaciones de azúcar de la isla, como ocurrió en otros lugares de América. El único aspecto positivo de dicha inmigración africana forzosa fue la fusión cultural a la que dio lugar, de la que hablaré en otra ocasión. Desde 1542 a 1546 hubo varias revueltas de africanos esclavos (cimarrones). En muchas ocasiones los rebeldes lograron establecer poblados libres (palenques), en los que pudieron vivir fuera del yugo de quienes decían poseer sus vidas.

Desde finales del siglo XVII, en el que se produjo la primera ocupación francesa de la isla, hasta el siglo XIX, se sucedieron toda serie de desdichas sobre la colonia castellana: Contrabando, ataques de piratas, invasiones, crisis económica, dictaduras, golpes de estado, ocupaciones milititares extranjeras y guerras civiles.

Mañana hablaré de la historia contemporánea de la República Dominicana, llena de episodios interesantes.

República Dominicana (I): Singularidad isleña

Desde luego, si algo resulta claro cuando se pisa República Dominicana por primera vez es que se acaba de llegar a una tierra peculiar. Enseguida hay la sensación de que la tropical calidez ambiental armoniza perfectamente con el carácter de los dominicanos, cuyo buen trato es proverbial (también lo son otros rasgos de su carácter, de los que hablaré más adelante).

Sólo me habían hablado maravillas del país. Ahora yo me he convertido en otra propagandista de Dominicana: tanto sus paisajes como su clima son admirables, y aunque la vida cotidiana allí resulte en demasiadas ocasiones muy dificultosa, por la precariedad en la que vive la mayor parte de la gente y la falta de Estado y de infraestructuras, los dominicanos consiguen parecer alegres y relajados la mayor parte del tiempo. Para una madrileña, eso es todo un logro. A lo mejor el secreto está en la gran cantidad de fabulosas frutas tropicales que comen cotidianamente: ¡qué delicia de piñas, plátanos, bananas, mangos, lechosas y cocos!

Una de las características de la tierra, y no precisamente una de las buenas, es la enorme cantidad de ruido ambiental que hay que aguantar en todo el país, campo y playa incluidos. Es una especie de enfermedad endémica, el gusto por poner la música o el televisor a un decibeliamen desproporcionado o por hacer sonar el claxon de los coches. Parece como si la gente no notara lo incómodo y lo desagradable que resulta tener que pedir una cerveza a voces en un colmado.

Otra singularidad de los dominicanos es la inconsciencia con la que se mueven por las carreteras y calzadas de las ciudades y del campo, en carros (coches) y motores (motos), en auto propio o en concho (taxi) y moto-concho (moto-taxi). Supongo que la tasa de accidentes automovilísticos debe ser muy elevada. Constantemente se ven casos de inconsciencia aguda que le ponen a una los pelos de punta, pero confieso que de todos modos también me hacían gracia en su imprudencia, que tiene algo de naïf.

La historia moderna de Quisqueya (”madre de la tierra”), el nombre que los isleños precolombinos daban a la isla (desde 1492 renombrada La Española) en la que se encuentra la República Dominicana, tiene la típica densidad de acontecimientos de todos los países que un día fueron una colonia de Castilla y de España -sobre todo en los tres últimos siglos-, pero la impresión es que el hecho de que Quisqueya fuera la primera tierra americana que pisaron los conquistadores castellanos le ha dado un carácter singular al país.

De eso hablaré mañana y en días sucesivos, durante los que trataré de acercaros parte de la gran cantidad de información que he recibido durante mi estancia allí, y en los que asimismo procuraré transmitiros el cariño que me ha inspirado este bello país americano, que me ha conquistado para siempre.

Hola y adiós

Hola de nuevo.

Hace sólo tres días que me incorporé al trabajo tras las vacaciones estivales, y ya estoy metida en faena de cuerpo entero. Mañana tempranito viajo a Melburne vía Londres, probablemente en el viaje más largo que haga en mi vida, si es que no me toca ir a Nueva Zelanda (lo cual no es descartable). Aunque allí nos espera mucho curro, como siempre, estoy deseando ver la ciudad, que por cierto ha sido considerada en muchas ocasiones el sitio mejor en el que vivir, teniendo en cuenta los estándares de vida que allí se dan.

A todo esto, nuestras vacaciones en República Dominicana están tan recientes que aún echo de menos la cerveza Presidente, la humedad ambiental y los hermosísimos paisajes dominicanos. Tengo pendiente hablaros largo y tendido de ese agradable y bellísimo país, que gracias a mi familia política he podido disfrutar de lo lindo. Es un auténtico lujo ver cosas como ésta:

La última semana de agosto estuve en Palma de Mallorca con mi madre, que también merece un poco de diversión, como todo el mundo.

No sé si tendré tiempo de actualizar esta página en Australia. Si no es así, lo haré a la vuelta.

Nos vamos a las Indias

Este viernes volamos Ángel y yo a la República Dominicana, donde vive mi suegra con su marido y el resto de su familia (salvo sus hijos y algún otro pariente, que viven en otros países). Parece que tiene intención de llevarnos a dar una vuelta grande por el país, así que creo que me haré una buena idea de cómo es.

Casi todo lo que sé hasta ahora viene de las conversaciones con mi familia política y de las canciones de Juan Luis Guerra, como este merengue llamado “El costo de la vida”, cuya letra denuncia muy bien por qué a los dominicanos les pasa lo que les pasa:

El costo de la vida sube otra vez
el peso que baja, ya ni se ve
y las habichuelas no se pueden comer
ni una libra de arroz, ni una cuarta e café
a nadie le importa qué piensa usted
será porque aquí no hablamos inglés
Ah, ah es verdad
do you understand? Do you, do you?

Y la gasolina sube otra vez
el peso que baja, ya ni se ve
y la democracia no puede crecer
si la corrupción juega ajedrez
a nadie le importa qué piensa usted
será porque aquí no hablamos francés

Ah, ah vous parlez?
ah, ah non, Monsieur

¡Eh!…

Somos un agujero
en medio del mar y el cielo
quinientos años después
una raza encendida
negra, blanca y taína
¿pero quién descubrió a quién?

Ay, el costo e la vida
eh, ya ves, pa(ra) arriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la medicina
eh, ya ves, camina al revés
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie

Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet

La corrupción pa-arriba
eh, ya ves, pa-rriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la delincuencia
eh, ya ves, me pilló esta vez
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie

Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet

¡Oye!

[Improv.]

La recesión pa-rriba
eh, ya ves, pa-rriba tú ves
y el peso que baja
eh, ya ves, pobre ni se ve
y la medicina
eh, ya ves, camina al revés
aquí no se cura
eh, ya ves, ni un callo en el pie

Ay, ki-iki-iki
eh, ya ves, ay ki-iki-é
y ahora el desempleo
eh, ya ves, me mordió también
a nadie le importa, no
eh, ya ves, pues no hablamos inglés
ni a la Mitsubishi
eh, ya ves, ni a la Chevrolet.

Lo mejor de este viaje es que lo haré con mi chico, ¡¡¡y que por fin han llegado las vacaciones!!! Ay, kiii-ki-ikiiii…

Méjico

Se diría que fue el espíritu de Trotsky, bautizado León D. Bronstein, quien ideó la ruta de mis últimos viajes laborales. Como si fuese tras la pista del esforzado revolucionario ucraniano, en un día y medio dejé la capital rusa por el altiplano de Ciudad de Méjico, apenas parando unas horas en Madrid. Y en Méjico, algo afectada del mal de altura y bastante estresada por la tarea que me había llevado tan lejos, me encontré con la efigie del viejo Trotsky en uno de los frescos del genial Diego Rivera, el que asombra al visitante del Palacio de Bellas Artes de la capital mejicana (reproduzco un detalle):

Me tomé un momento para alegrarme de poder contemplar este famoso mural llamado “Hombre en una encrucijada“ (que Rivera reprodujo en Méjico después de intentar pintarlo en el Rockefeller Center, con la imagen de Lenin incluida en el conjunto), y de inmediato también me entristecí al recordar que Trotsky, que fue amigo de sus huéspedes Kahlo y Rivera, fue asesinado por el catalán Ramón Mercader allí, en la Ciudad de Méjico.

Este viaje ha sido mi primer paseo por América del Norte, y mi segundo viaje a América en general. Pero mis impresiones son extracontinentales, por así decirlo: da la sensación de que Méjico es un país distinto a todos los demás. Probablemente sea mentira, pero el nacionalismo mejicano de principios del siglo XX ha dado este tipo de frutos, que no son despreciables.

Me he dado alguna vuelta por la ciudad, y aunque no he podido visitar gran cosa, por lo menos me he traído algunas imágenes, buenas historias y varias conversaciones interesantes, sobre todo las que mantuve con Juan, el chófer de la furgoneta en la que me movía por la ciudad. Juan, con quien al cabo de un par de días establecí una incipiente amistad, es un hombre leído, votante de López Obrador (el candidato izquierdista que reclama haber ganado las elecciones presidenciales en lugar de Calderón), nacionalista y curioso, orgulloso de su país y de las culturas que fueron la base del Méjico de hoy. Me llevó por el casco histórico y la plaza del Zócalo:

Visité el museo antropológico del parque de Chapultepec, orgullo de los mejicanos, lleno de tesoros de las culturas prehispánicas como éstas:

Y cómo no, el archiconocido disco solar, o calendario azteca:

Ciudad de Méjico es una ciudad despampanante, inmensa, caótica, ruidosa, divertida, peligrosa y atractiva para el visitante. Inabarcable en su tamaño, a mí me dio algo de vértigo, pero también -cómo no- me dejó las ganas de volver a visitar sus bellezas, y también las del resto del país, uno de los más bonitos del mundo.

Qué puedo decir sino: ¡viva Zapata!