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Tres, dos, uno…

¡Me voy a América!

Mañana vuelo a Venezuela, donde voy a pasar toda la semana y parte del finde siguiente. Allí me espera una ocupación que hace años que no desempeño: dar clase.

Ya os contaré, si puedo, qué me parece el chavismo in situ. Puede ser toda una experiencia.

¡Hasta la vuelta!

Abu Dhabi y Dubai

Como ya os dije, uno de los destinos de mi último periplo laboral fueron los Emiratos Árabes Unidos: tuve una breve estancia en las dos grandes ciudades de esta federación árabe, capitales ambas de los respectivos emiratos del mismo nombre. Me refiero a Abu Dhabi y Dubai. Los otros cinco emiratos que componen este estado son Sharjah, Ras Al Khaimah, Ajman, Fujairah y Umm Al Quaiwain.

En Emiratos son ilegales los partidos políticos y los sindicatos, y sólo los emires tienen derecho al voto: el presidente del Gobierno lo elige cada cinco años el Consejo Supremo de Gobierno, constituido por los jeques de cada emirato, monarcas absolutos todos ellos. El presidente nombra al primer ministro y al Consejo Federal de Ministros. Desde la independencia en 1971 siempre se ha elegido presidente al Jeque de Abu Dhabi, y en estos momentos el primer ministro es el Emir de Dubai.

El petróleo es la principal fuente de ingresos del país. Se estima que E.A.U. tiene reservas para más de 100 años, la mayor parte de las cuales están en el emirato de Abu Dhabi. El Gobierno lleva años haciendo grandes esfuerzos por diversificar su economía, reforzando el sector agrario, el de materiales de construcción, la industria marítima, el desarrollo de infraestructuras, el sector servicios y algunos otros. En esta materia resulta evidente que queda aún mucho camino por andar, pero también que esta situación favorece las oportunidades de negocio para todas las empresas extranjeras de dichos sectores, entre ellas las constructoras, la banca y las empresas energéticas españolas, que aunque parezca mentira no son peores que las de otros países.

Cuando llegué a Abu Dhabi hacía mucho calor: se llegó a los 48º en el exterior del hotel, del que apenas salí -no había tiempo-. Sin embargo, no tuve sensación de claustrofobia en ningún momento, porque el hotel era gigantesco. Un edificio demasiado grande, sin duda alguna (me perdí varias veces). Tenía la playa privada más grande de Emiratos, ésta que podía ver desde la ventana de mi habitación:

El camino desde el aeropuerto hasta el hotel, que es largo, me permitió echar un vistazo al paisaje, muy monótono. La carretera está flanqueada prácticamente en su totalidad por palmeras y césped, lo cual en ese clima, en medio del desierto, debe costar un congo. Hay muchos edificios de pisos con muy buen aspecto, y muchas más viviendas unifamiliares con mejor aspecto aún. En esta zona sólo viven emiratíes (el 20% de la población) y extranjeros de buen nivel económico, mientras la mano de obra y el servicio (indios, paquistaníes, filipinos, iraníes, otros árabes) residen en lugares mucho más modestos, que no tuve oportunidad de ver.

De Abu Dhabi nos fuimos, en coche, a Dubai. El paisaje es impresionante: desierto y más desierto a ambos lados de una espléndida carretera de no sé cuántos carriles, construida en línea recta desde un emirato al otro. Dubai es una locura: lleno de edificios altísimos (la torre Burj, que será la más alta del mundo, está allí) y cantidad de pintorescos. Uno de los más famosos es el hotel Burj-Al-Arab, que en la noche de Dubai se ve desde cualquier bar, hotel o restaurante cerca del mar. La noche de Dubai, por cierto, es lo mejor de la ciudad, según tengo entendido. Desde luego, la animación es mucha:

Ni Dubai ni Abu Dhabi, con todas sus diferencias, me parecen lugares atractivos en los que vivir más de un año, a pesar de mis grandes preferencias por el mundo árabe. Creo que hay muchos otros sitios mucho más cómodos, agradables e interesantes, y mucho menos artificiales. De todos modos, el mayor de los problemas que se puede encontrar un español que viva allí es el aburrimiento ocasional, lo cual no es demasiado grave, me parece. De todas maneras, está bien darse una vuelta por allí, si podéis y tenéis curiosidad por ver cómo es aquello.

Manila

Supongo que suena raro, pero el mejor recuerdo que me queda del viaje a Filipinas fue mi parada en Ámsterdam. Tenía dos horas y pico entre un avión y otro, suficiente tiempo en teoría para que no me perdieran las maletas, pero ese lapso se convirtió en uno mayor: el avión desde la capital de los Países Bajos se retrasó en dos horas. No pude evitarlo: agarré el tren que lleva desde el aeropuerto de Schiphol a la estación Centraal de Ámsterdam -os lo recomiendo, sólo tarda quince minutos- y tuve la gran suerte de pisar por segunda vez en poco tiempo uno de los mejores lugares del mundo. Me refugié de la lluvia, casi madrileña al paso que llevamos, en un agradabilísimo café cercano a la estación, e instalé allí mi oficina: saqué el portátil -había wifi, claro-, el móvil y mis papeles, y me puse a trabajar, ayudada por una hermosa pinta de Heineken. En un momento dado, entendí que tenía que volver al aeropuerto, pero antes me senté en una de las puertas de la estación, mirando a los canales y las fantásticas casas enladrilladas de Ámsterdam, y me sintonicé el “Amsterdam” de Brel en mi reproductor mp4. Jo, qué recuerdo para enmarcar.

Hecho esto, y sin más dilaciones ni problemas, la KLM me llevó a Manila.

Pobres filipinos. Eso fue lo que pensé cuando aterrizábamos (y seguí pensando lo mismo en el despegue): la pista de aterrizaje estaba rodeada de casas hasta donde ya no es posible construir, casas paupérrimas, que evidenciaban desgracia, insalubridad y pobreza. El camino hasta el hotel no fue mejor: todo lo que vi en el camino me pareció triste, feo, pobre e imposible. Yo me alojé en un hotel de Makati, uno de los barrios hechos para que Manila no parezca demasiado espantosa para los que vienen -o venimos- a hacer negocio. Labor infructuosa: la penuria es demasiada como para no notarla.

En mis paseos por Manila pude darme cuenta de que es una ciudad terrible, caótica, hecha de cualquier manera, a lo loco y sin pensar en quiénes viven allí.

Mi experiencia personal fue buena, pero sólo gracias a las atenciones de Javier y Ana, un matrimonio estupendo que vive allí en muy buenas condiciones, y que tiene la inteligencia de saber encontrar y disfrutar lo mejor del sitio en el que viven. Gracias a ellos pudimos conocer algo más de Filipinas, a través de la recomendación que nos hicieron de contratar los servicios de Carlos, un guía filipino de pura cepa, que nos introdujo en la penosa historia de su país desde el antiguo convento de San Agustín, en el antiguo barrio español de Intramuros.

El taxista que nos llevó a Intramuros no sabía qué era la iglesia de San Agustín, así que nos colocó en la catedral -reedificada tras la Segunda Guerra Mundial-, gracias a lo cual pude tomar esta hermosa fotografía de las calesas turísticas, bonito recuerdo del dominio español:

Por cierto que los pobres caballitos, tan pequeños, me daban mucha pena. Tuvimos que caminar durante varias manzanas para llegar a la famosa iglesia agustina fundada por un par de curas vascos con ganas de ver mundo y de catequizar tagalos. Fijaos en la portada de esta iglesia, el único edificio que quedó en pie tras la guerra:

¿Qué os parecen los leones chinos? Curiosidades filipinas.

Carlos nos contó muchas cosas de la historia de Filipinas, sin ahorrarse los reproches contra los dos países colonizadores que ha sufrido el archipiélago, España y los Estados Unidos, y sin dejar de explicar qué cosas buenas habían dejado las dos colonizaciones. “Mucha gente viene a Manila y nos dicen ‘qué ciudad tan fea, no tiene centro histórico ni nada’. Claro, es la segunda ciudad peor parada tras la Segunda Guerra Mundial después de Varsovia, pero en nuestro caso nadie se ha preocupado por reconstruirla”. Nos enseñó fotografías de cómo era Manila en los años 30: una ciudad moderna, bonita, llena de alegría y de cosas que ver. Qué pena: la invasión japonesa en la SGM fue terrible (cuando el Gobierno japonés supo que Filipinas estaba perdida, el Emperador ordenó asesinar a todo aquél que un soldado tuviera a tiro: murieron 75.000 pobres inocentes), pero lo peor fue el bombardeo ordenado por el general estadounidense Mc Arthur, que consideró que más valía acabar con los japoneses invasores así, aunque los “daños colaterales” fueran numerosos. En total, en pocos días murieron 120.000 personas en Manila, y la ciudad quedó arrasada, incluido el barrio español, Intramuros.

Tras la guerra, los filipinos no recibieron ninguna ayuda exterior, y así siguen, viviendo como pueden. Sólo los terratenientes herederos de las antiguas haciendas españolas y algunos nuevos ricos viven bien. El transporte público de Manila se basa en los “jeepneys”, jeeps estadounidenses reconvertidos en camiones, peligrosos y contaminantes, pero muy vistosos:

El idioma “filipino”, que así es como se llama oficialmente, contiene un montón de palabras españolas e inglesas, y muchas palabras de origen tagalo y de las otras ochenta lenguas que se hablan en el archipiélago.

Espero volver, para visitar los maravillosos paisajes de la isla de Mindanao, o de alguna otra de las más de 7.000 islas del país.

Señales de vida

Hola de nuevo. Aunque algunos, como Fétido, penséis que he tenido algún percance que me ha impedido escribir durante mucho tiempo en el blog, lo cierto es que simplemente he estado muy ocupada. Os comunico, por cierto, que mañana parto muy temprano a un viaje muy largo que me llevará muy lejos: primero a Manila, después a Abu Dhabi y Dubai, y por último a Kuwait. Bueno, eso es lo que tenemos previsto, a ver qué pasa. Menos mal que a finales de mayo la cosa se tranquilizará, y después llegará la jornada intensiva, y al fin las vacaciones estivales.

La semana pasada estuve en Varsovia trabajando. Tuve la suerte de poder darme una vuelta por el centro de la ciudad -reconstruido, como todo el resto, que fue destrozado como sabéis durante la funesta Segunda Guerra Mundial-. Os dejo algunas fotos del Stare Miasto, el barrio “viejo”: la reconstrucción es una obra de arte. El resto de la ciudad es casi moscovita: destacan el Palacio de las Artes y algunas otras obras soviéticas y constructivistas.

En fin, hablamos a la vuelta. Besos y abrazos.

Kiev

La semana pasada viajé a la capital de Ucrania, Kiev, y allí me quedé por unos días. Por primera vez desde que inicié esta vida viajera que llevo ahora, no me apetecía pisar la ciudad a la que me dirigía: la “revolución naranja”, los abundantes y famosos neonazis ucranianos,  y la afición local por el “humo de los altares” -como diría Machado- no me invitaban a viajar a Kiev con alegría.

La verdad es que regreso con mucha mejor opinión de allí de la que llevé, y la visita a Kiev ha resultado interesante. Es una ciudad rara para los españoles en donde casi todo es diferente a las ciudades de Europa occidental, pero eso también es divertido.

Lo más interesante que hicimos allí fue ir a la ópera (ese día representaron “La dama de picas“, de Tchaikovsky: en la ópera de Kiev cada día programan una ópera o un ballet) y visitar la Labra, un gran recinto lleno de edificios religiosos construidos entre el siglo XI y el XX.

Escribiría algo más sobre la historia de Ucrania y el carácter de los hombres y mujeres de Kiev, pero no puedo: me parece que me he traído una gripe de allí. A lo mejor otro día me animo; de momento simplemente os dejo algunas fotos de la ciudad.

Ámsterdam y Haarlem

Sé que no está bien presumir, pero no tengo más remedio: hemos pasado unos días deliciosos en Ámsterdam, la ciudad más agradable, cómoda, liberal y limpia que hemos conocido. Nuestro hotel estaba bien situado, en el antiguo barrio judío del distrito de Centruum, a la ribera del río Amstel, cerca de la calle Utrecht -llena de pubs, cafés y coquetísimos restaurantes- que desemboca en la bulliciosa plaza de Rembrandt. Éste es el río que animó a instalarse a su lado a los primeros habitantes de la ciudad -entonces inexistente- en el siglo XII:

En nuestro primer paseo por la ciudad en la noche del jueves pasado, y una vez nos cambiamos de ropa y nos secamos el pelo -caía una lluvia muy fuerte-, atravesamos el Magere Brug (literalmente, “el puente estrecho”), una bonita obra de ingeniería del siglo XVII, reconstruida varias veces después:

Es un puente levadizo, pero no tuvimos ocasión de verlo en acción. Desde el momento en que atravesamos por primera vez el Amstel, todo fueron sorpresas agradables, prácticamente hasta que regresamos al aeropuerto. De camino a cualquier museo o lugar de especial interés turístico, prácticamente todo el paisaje urbano de Ámsterdam es una belleza: sus canales y sus característicos edificios de ladrillo hacen de estos paseos un tesoro, haga sol o llueva, truene, nieve o haga viento (todo lo cual nos ocurrió en distintos momentos).

El transporte público -metro y tranvía- es espléndido, y no hace falta ningún otro medio de locomoción para desplazarse por la ciudad, salvo las omnipresentes e imprescindibles bicicletas de paseo:

Ámsterdam es una ciudad pequeña, así que todo lo que hay que ver por la calle se puede recorrer en un par de días: De Dam, el Jordaan, los alrededores de la estación Centraal, los alrededores del Spui, los grandes canales, el barrio judío y, cómo no, el barrio Rojo. Éste último -el barrio “chino”- debe de ser el más famoso de todos, pero no es el más interesante, aunque no es feo ni desagradable, al menos durante el día, y está tan limpio como el resto de Ámsterdam.

 

No os perdáis la visita a la iglesia más antigua de la ciudad, la Oude Kerk (”iglesia vieja”), a cuyos pies se encuentra esta pequeña y curiosa escultura incrustada en el suelo, y de obvio significado para todo el que la ve:

Éste es el interior de la iglesia vieja, un sobrio templo calvinista que antes fue católico, y en el que como veis los pescadores piden protección a Dios durante sus duras travesías por el mar del Norte:

Si os gusta la pintura y la historia, disfrutaréis mucho de los dos grandes museos de Ámsterdam: El Rijksmuseum (con la “Ronda nocturna” de Rembrandt) y el museo de Van Gogh, a los que hay que dedicarles el día. Otro museo interesantísimo es el de la Historia de los Judíos de Ámsterdam, en la antigua Sinagoga Nueva de la ciudad abandonada por culpa de la barbarie nazi.

Por las noches os lo podéis pasar muy bien tomando copas en los muchos cafés y pubs que os encontraréis en el Centruum, cenando el famoso “plato de arroz” en los magníficos restaurantes indonesio-criollos que hay por todas partes, o si os place fumando un cigarro de marihuana o hachís en algún coffee-shop.

Uno o varios de los días que estéis allí debéis dedicarlo/s a hacer excursiones a algunas de las ciudades cercanas. Nosotros elegimos Haarlem, y no nos arrepentimos en absoluto. Es una ciudad tan agradable como Ámsterdam, pero más pequeña y más tranquila, con una opulenta historia propia y muchas cosas que ver (entre ellas, el museo dedicado al mejor pintor de la ciudad, Frans Hals). Nos cayó una nevada de campeonato, pero a las dos horas no quedaba ni rastro de la nieve caída. Aquí está Haarlem con nieve:

Y ésta es Haarlem sin nieve:

Lo mejor de Ámsterdam (y de Holanda) es su pasado de tolerancia y comprensión, que ha hecho que tantos millones de personas durante siglos hayan encontrado allí el cobijo que no tenían en sus lugares de nacimiento o residencia habitual. Dos espléndidos ejemplos de ello son la tolerancia religiosa y la tolerancia sexual. De esta última queda un hermoso testimonio al pie de la iglesia del Oeste en el Jordaan, el Homomonument, el monumento dedicado a todos y a todas los que han sufrido una persecución a causa de sus preferencias sexuales (es la escalinata que acaba en el canal):

Ha sido éste uno de los viajes más agradables y placenteros de nuestras vidas. Hemos aprendido mucho y hemos disfrutado más aún. Qué puedo decir: nunca olvidaré esta ciudad, espero que no cambie sino para mejorar -si eso es posible-, y volveré siempre que tenga ocasión. 

El Cairo, segunda parte

Hoy toca una de viajes y de fotografías. Como algunos sabéis, hace un par de semanas pasé unos días en El Cairo, ciudad que conocí en mayo del año pasado, también por motivos laborales. Entonces pude visitar la maravillosa explanada de las pirámides y el impresionante Museo Egipcio. Recuerdo que hacía un calor serio en la capital de Egipto.

En esta ocasión el clima cairota era distinto (por las noches bajaba bastante la temperatura), y la contaminación del aire era algo más tolerable que en mi primera visita, ya que hacía sólo unos días habían caído sobre El Cairo unas fuertes lluvias que habían limpiado un poco la atmósfera. A pesar de eso, la campana de porquería que siempre cubre la ciudad era fácilmente perceptible desde la ventana de mi habitación en el hotel:

También desde este hotel, situado en una de las islas del Nilo, tenía vistas privilegiadas de mi río preferido:

Gracias a un buen amigo que trabaja para la Embajada de España en El Cairo he podido conocer esta vez algunos edificios de las magníficas herencias otomana y mameluca que quedan en Egipto, cuyos mejores y más admirables ejemplos se encuentran en el centro histórico de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, y que recibe el nombre de El Cairo Histórico. En esta parte de la ciudad, llena de madrazas, mezquitas, hamames y fuentes, muchas de las cuales por fortuna están siendo reconstruidas actualmente, se encuentran algunos de los mejores ejemplos de arquitectura musulmana, como la fachada de esta curiosa mezquita suní:

O la fachada gótica de una iglesia de San Juan de Acre, llevada a El Cairo piedra a piedra en el siglo XIII, y que desde entonces forma parte de la fachada de una mezquita:

No todo es monumentalidad en el centro histórico. También hay mucha actividad comercial, demasiado tráfico y gente por doquier. Es posible encontrarse cosas curiosas y dignas de atención, como esta huella de manos en la puerta del taller de un ebanista, que recuerda que aún hoy los musulmanes cairotas manchan sus manos de sangre en la fiesta del cordero para decorar con ella sus fachadas y ahuyentar así el mal fario:

Al lado de El Cairo histórico está uno de los barrios más entretenidos y cautivadores de la ciudad, el zoco de Jan el Jalili, lleno de tiendas y de establecimientos de comida y bebida, extremadamente bullicioso y muy, muy turístico. En uno de sus cafés, El-Fishawi (de los espejos), abierto las 24 horas desde hace 200 años, escribió casi toda su obra el escritor cairota Naguib Mahfud. Ésta es una de las puertas que se alzan en el zoco:

Tengo ganas de volver a El Cairo, pero la próxima vez procuraré estar allí sólo de pasada, de camino a Luxor, uno de mis destinos soñados.

¡Ah, Roma!

Muchos sabéis cuánto me gusta viajar y cómo disfruto haciéndolo, incluso cuando hago un viaje por motivos laborales. Pues bien: hay algo que me llena de satisfacción tanto como viajar, y es compartir con los demás esa afición, contagiar a otras personas mi entusiasmo por conocer lugares. A lo anterior se ha unido estos días mi empeño por animar a mi madre, que desde que murió mi padre se ha ido convenciendo de que es una minusválida (a lo cual no ha colaborado en absoluto el hecho de que hace unos meses sufrió un desprendimiento de retina que ha disminuido seriamente su capacidad visual). No hay nada que justifique esa creencia suya de que vale menos que otras personas (y eso vale para todo el mundo, salvo para algunos dirigentes del Partido Popular y ciertos empresarios), y como yo lo sé y creo que merece tener ilusiones, aprender cosas y hacer turismo, ahora que tiene todo el tiempo del mundo la he llevado a conocer Roma.

¡Ah, Roma! La ciudad eterna, la ciudad primera, donde las calles parecen museos y los museos parecen de mentira, tantas son las maravillas que contienen. La primera vez que se visita hay un sentimiento de incredulidad (yo lo recuerdo bien), más aún si el viajero es aficionado a las bellas artes. También al cine, cómo no, ¡cuántas películas míticas se recuerdan al ver la escalinata de la plaza de España, al pasear por la Piazza Navona o la via Veneto, al encontrarse la Fontana di Trevi, al visitar el Vaticano! Y Miguel Ángel y Rafael, con sus grandiosas obras rejuvenecidas en los Museos Vaticanos.

Os dejo algunas estampas romanas, con la esperanza de pisar otra vez dentro de no mucho, lo que queda en las siete colinas desde aquella ab Urbe Condita… Que unido a todo lo que vino después regala tantas alegrías al que lo ve. Ah, Roma.

     

     

     

La sombra de la rapiña

El pasado fin de semana lo pasamos en Trujillo, ciudad desde la que aprovechamos para dar el salto a la capital de la provincia, Cáceres. No conocíamos -o no recordábamos- ninguna de las dos, así que calculad lo que nos impresionó su rotunda monumentalidad, sobre todo la del casco antiguo de Cáceres, verdadera joya urbanística, Patrimonio de la Humanidad (UNESCO, 1986) y escaparate de las sucesivas culturas que se fueron instalando en la ciudad a lo largo de la Historia: celtas, íberos, fenicios, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos. El paquete completo.

En cuanto a Trujillo, no pude evitar que el origen de la mayoría de las fortunas locales de otros tiempos -cuyas residencias aún hoy se alzan imponentes-, afectara profundamente mi manera de apreciar los palacios, templos y obras públicas en general. Soy tan aficionada a la arquitectura como a otras artes plásticas, y sería injusto negar que me gustó mucho la plaza Mayor, tan amplia e irregular, y llena de bonitos edificios castellanos renacentistas en perfecto estado. Sin duda, hay cosas en Trujillo dignas de admiración (como los balcones en esquina), iglesias que ver, panoramas que disfrutar. Hay hasta una vieja fortificación árabe. Por otra parte, se come francamente bien y la gente es muy amable. A pesar de todo ello, no dejé de darme cuenta de que todos los edificios dignos de mérito fueron construidos en el siglo XVI, cuando empezaron a llegar a la ciudad las riquezas que habían robado en las campañas americanas algunos naturales del lugar que encontraron en la Conquista del Nuevo Mundo la única posibilidad de hacerse ricos legalmente, utilizando cualesquiera artes y métodos, sin tener que dar explicaciones más que a sus condescendientes conciencias. En la plaza Mayor se alza una estatua de belleza discutible y de rigor retratístico más discutible aún, que se dice que representa al turgalense más famoso de todos los tiempos: Francisco Pizarro. Parece claro que este hombre es el héroe local, junto a otros conquistadores también nacidos en Trujillo (Gonzalo Pizarro, Francisco de Orellana, Diego García de Paredes [hijo], Gaspar de Rodas, [Gobernador de Antioquía (Colombia)], Francisco Martínez Vegaso, Gonzalo de Ocampo y Gabriel de Ávila). Hay incluso un curioso “Museo de Pizarro” instalado en una casa hidalga que, se dice, perteneció al padre de Francisco. En la planta superior han montado un pequeño museo en el que se narra la vida del famoso trujillano, incluyendo la conquista del Perú y algunas breves referencias a las culturas indígenas precolombinas de la zona que se vio afectada por las huestes de Pizarro, entre otras. Eché en falta que hubiera siquiera alguna crítica al conquistador, y no me gustó que se ocultase descaradamente el origen humildísimo de Francisco Pizarro, que fue hijo natural de un hidalgo y cuyas infancia y juventud se desarrollaron en la pobreza y la escasez, lo que unido a su natural ambicioso lo condujo a enrolarse en el Ejército español, y de ahí lo llevó a América, donde acabó sus días asesinado por sus enemigos españoles, tan ambiciosos, crueles y despiadados como él mismo. Pizarro fue el máximo responsable de las matanzas de indígenas peruanos durante su gobierno, y tanto él como sus hermanos son considerados por muchos andinos la portada del libro más negro de la Historia de sus pueblos, el principio de cientos de años de sufrimiento agudo para muchos millones de personas. Ni Pizarro ni sus colegas de aventura fueron héroes, ni merecen admiración ni consideración alguna. Fueron saqueadores, formaron partidas de bandoleros sedientos de riquezas, sin principios ni moral, sin compasión y sin conciencia. Y todos los que se aprovecharon de la conquista sin mancharse de sangre personalmente fueron, si es que esto es posible, aún peor que ellos. Todos los que se enriquecieron gracias al sufrimiento, el dolor, la miseria y la muerte de cientos de miles de seres humanos, durante la conquista y colonización del Nuevo Mundo, sólo merecen nuestro recuerdo despreciativo. Esos palacios turgalenses, esas casas hidalgas llenas de escudos en piedra, orgullo de sus edificadores y propietarios, proyectan sobre las bonitas calles de Trujillo la negra sombra de su origen. La sombra de la rapiña.

Mil parises

Todo lo que se puede escribir sobre París está escrito ya, pero no en este humilde rincón del ciberespacio, así que no creo que cometa imprudencia alguna si dejo escritos algunos comentarios de mi cosecha sobre nuestros apasionantes y apasionados días parisinos, recientísimamente terminados (por desgracia).

La otra vez que visité la ciudad, durante la ola de calor que asoló Francia y el resto de Europa hace cinco años, apenas tuve tiempo de darme cuenta de cuánta es la importancia de esta magnífica urbe, de cómo la caracterizan su delicada elegancia y su apabullante monumentalidad. En este viaje he podido acercarme más a París, me he podido meter más en sus rincones, y aunque no hemos abandonado los grandes bulevares ni los amplios jardines, también hemos conocido otros mil parises, en Montmartre, la Isla de San Luis, Les Halles, el Marais, el Barrio Latino, Saint-Germain-des-Prés y Montparnasse. Y todos ellos son interesantes, agradables, entretenidos, admirables, cada uno a su modo y con sus características propias. En efecto, París no es un solo París, sino mil ciudades dentro de París. Ciudad deliciosa, indiscutiblemente atractiva, uno de los ejes sobre los que gira el mundo, cuando tiene un buen día.

No es posible siquiera explicaros todo lo que me ha conmovido, divertido, enseñado y entretenido en este viaje, así que me conformaré con ilustraros mediante fotografías caseras algunos comentarios que me parecen oportunos.

Comenzaré por estas dos panorámicas de París: la primera está tomada desde Montmartre, a los pies de la iglesia del Sagrado Corazón (el Sacré Coeur). La segunda la tomé desde el piso 56 de la Tour Montparnasse. En ambas se puede apreciar fácilmente el respetable tamaño de la ciudad (sin contar banlieues, barriadas de extrarradio).

A pesar de que son dos fotografías y dos vistas bien distintas, tanto por la perspectiva como por el clima que hacía cuando fueron tomadas, hay algo que tienen en común: el hecho mismo de hacer estas fotos evita que el espectador tenga que ver dos de los atentados urbanísticos más desagradables y desastrosos que ha sufrido París a lo largo de su historia. Me refiero en primer lugar a la horrible iglesia del Sacré Coeur (descrita por Zola como “une masse crayeuse, écrasante, dominant le Paris d’où est partie la Révolution“, “una masa calcárea, aplastante, que domina el París del que partió la Revolución”), edificada por la jerarquía católica para vengarse de la afrenta que supuso para la Iglesia la Comuna de París, que en efecto nació en el barrio de Montmartre. La otra porquería es la propia Torre Montparnasse, un verdadero atentado contra el buen gusto, una inexplicable desmesura urbanística.

Vuelvo brevemente a Montmartre para aconsejaros encendidamente la visita a este antiguo pueblo de las afueras de París, en el que si os alejáis debidamente de Pigalle y de la place du Tertre encontraréis algunas preciosas villas que parecen sacadas de cualquier pueblo francés, e incluso los restos de lo que fue uno de los mejores viñedos de la provincia:

En Montparnasse podéis daros una vuelta por su cementerio, un mar de tranquilidad en medio de la ciudad en el que están enterrados algunos hombres y mujeres notables, como Samuel Beckett, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y Charles Baudelaire. En la tumba de este poeta vivimos una anécdota genuinamente parisina: como podéis apreciar en esta foto que hice de su última morada, el escritor comparte tumba con algunos familiares, concretamente con su madre Caroline y el segundo esposo de ésta, M. Jacques Aupick.

       

El tal Aupick fue eso que se llama un señor importante: general de división, senador, antiguo embajador en Constantinopla y Madrid, miembro del Consejo General de Defensa del Norte, Gran Oficial de la Orden Imperial de la Legión y portador de diversas distinciones y medallas. Seguro que supuso todo un partido para la buena de Caroline, pero ¿no estará el general revolviéndose en su tumba al tener que compartir el sueño eterno con un poeta, un melenudo que para más inri no es hijo suyo? Ángel y yo, muy divertidos al darnos cuenta de la desgracia del militar, recordamos aquella canción de Brassens, “Philistins”, en la que el de Sète se ríe de esos hombres de bien, gentes serias y de orden, que engendran “enfants non voulus qui deviennent chevelus poètes…”, hijos no deseados que se convierten en melenudos poetas. El general y el melenudo, unidos para siempre… Ah, la Parca, qué peculiar sentido del humor tiene.

Precisamente, la Muerte se ha dado sus buenos paseos por París en el siglo XX. Los años nazis acabaron con la vida de muchos resistentes y de muchos judíos, niños, jóvenes y viejos. En el antiguo barrio judío (hoy de nuevo ocupado como antaño por la comunidad hebrea inmigrante) una gran colección de tétricas placas nos hace entender cuánto fue el terror que allí se vivió durante los años de persecuciones fascistas. A la memoria de los desaparecidos, Rosette, Hersz, Esther, Henri, Paulette, Rywka, Yvette, Louis…

Cerca de estas placas se encuentra la que probablemente sea la mejor plaza de París: se trata de la Plaza de los Vosgos (llamada así en honor a la primera provincia que pagó sus impuestos tras la Gran Revolución), que fue creada durante el reinado de Luis XIII, y que supone un bellísimo ejemplo de arquitectura perfectamente proporcionada y delicadamente equilibrada. Ésta es una de sus dos entradas:

      

Por supuesto que en el Barrio Latino (el famoso “Quartier Latin”, llamado así por la abundancia de latinistas que lo habitaban en otros tiempos) encontraréis algún sitio para tomar una copa, pero no creáis que es tan fácil. Hoy en día casi todos los locales son restaurantes de comida rápida y más o menos económica. Si lo encontráis, os recomiendo la visita al bar de copas “La Guillotine”, dentro del cual tendréis la oportunidad de tomar una cerveza a los pies de una guillotina auténtica:

         

Para tomar copas, nos pareció indiscutiblemente mejor el barrio de Saint-Germain-des-Prés, elegante y divertido. Ángel me invitó a un exquisito restaurante, con la elegancia justa (sin finuras innecesarias), que él había conocido años atrás, en uno de sus habituales viajes de trabajo a la capital francesa. Se trata de “Le Petit Zinc“, que os recomiendo encendidamente si estáis en París y tenéis algo que celebrar. Pedid su sopa de pescado: es una delicia. También hicimos una cena a bordo de un barco que navegaba por el Sena mientras tanto: éste se llamaba el “Capitain Fracasse”, pero hay muchos otros barcos que se dedican a organizar este tipo de cenas. Es una divertida turistada.

En algún momento tengo que cerrar el grifo parisino, de modo que voy a cortar sin anestesia en este punto. Os regalo cuatro tomas del París monumental, para que no se diga: Aquí tenéis, por este orden, una perspectiva frontal del complejo de Les Invalides; otra del Dôme (la cúpula que alberga la tumba de Napoleón Bonaparte y de otros prohombres, como su hermano José I de España); una vista del Sena y la Tour Eiffel desde el Trocadero. Y no desesperéis. Ya sabéis que siempre nos quedará París.