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December 21st, 2004 — Primer portal
La Navidad se acerca. Como todos los años, el inminente fin del Adviento nos recuerda que dentro de unos días la tradición cristiana volverá a celebrar el nacimiento del Mesías, en la misma época en la que en viejas civilizaciones, se celebraba el fin del ciclo de trabajo en el campo, y la llegada del solsticio de invierno. Me parece mucho más lógico celebrar esto último que lo anterior, dada mi condición de no creyente, y mi otra condición de aficionada a la racionalización. Lo digo por si alguien me pregunta qué hago reuniéndome con la familia “en tan señaladas fechas”. En realidad, me parece una excusa tan buena como cualquier otra para pasar unos ratos agradables o desagradables con la gente que mejor me conoce en el mundo. Son ya muchos años. Tantos, que una de las dos cenas navideñas, la de Nochevieja, la voy a organizar yo. (Por cierto, que eso me ha supuesto un auténtico trauma. Cuando una organiza una cena navideña pasa a un nuevo estatus: el de la generación a la que toca hacer las cosas, regañar a los niños, mirar para otro lado cuando los viejos salen por peteneras. En fin: me he convertido en lo que eran mis padres cuando yo era niña: una persona mayor.)
Como para mí esta época es tiempo de cierre de ciclo, una de mis aficiones es repasar lo ocurrido durante el año. Este 2004 que va a terminar dentro de unos días (cáspita: me acabo de dar cuenta de que no he comprado ni un solo regalo de Reyes aún) nos ha traído a los españoles un respiro: nos hemos librado entre todos de un Gobierno fascista. Ahora tenemos a otro más calmado, menos tajante, menos mayoritariamente absoluto, y sin Legionarios de Cristo en sus filas, que yo sepa. Nuestros muertos nos ha costado darnos cuenta de hasta qué punto había que salir a votar, por poco convincentes que resultasen las alternativas al Partido Popular. Es verdad que aún hay que seguir aguantando a Zaplana y su impresionante afán de trepar por encima de cualquier cabeza, a Rajoy y su terror a ser expulsado de su puesto por la ultraderecha más recalcitrante, a Acebes y sus aviesas mentiras, a Aznar y su inglés de mal estudiante de academia cutre (“why reason? One reason: because he is my friend”), y últimamente al asqueroso de Arenas. Me dicen que Cascos está también asomando su bilis de nuevo. Pero no es lo mismo: ya no tienen poder ejecutivo. Pueden rabiar, insultar, mentir, pero ya no gobiernan.
Es un regalo haberse librado de ellos en este sentido. Y es una pena no haberse librado de otros monstruos de la misma calaña, que andan por municipios y gobiernos autonómicos mangoneando a sus anchas y repartiendo dosis intragables de ideología ultraderechista. Hablo por ejemplo de Camps y de Esperanza Aguirre, por citar dos casos muy significativos.
La conclusión principal a la que he llegado en este fin de año es que votar al Partido Popular, como votar a Bush, es un acto tan tremendamente antisocial, que debería estar contemplado como delito de lesa sociedad en el Código Penal.
Por lo demás, que tengáis un feliz solsticio de invierno, o una feliz Navidad, según aficiones.
December 17th, 2004 — Primer portal
Para mi sorpresa y alegría, he sabido que Carod-Rovira ha dado públicas disculpas por haber dicho lo que dijo acerca del apoyo que no debía darse a la candidatura olímpica de Madrid para 2012. Algunos sabéis que no me cae precisamente simpático este político, por muchas razones, a las cuales últimamente se ha añadido mi descubrimiento personal de que se trata de un personaje algo megalómano. Sin embargo, y como lo Cortés no quita lo Hernán, reconozco que no debe ser nada fácil decir en público cosas como “tuve una reacción muy caliente e instantánea (sic) de decir: escuchen, si ellos no nos han ayudado a nosotros, nosotros no tenemos que ayudarlos a ellos. (…) Eso fue un error”. Y le agradezco el gesto, como el hecho de que haya dedicado palabras cariñosas “al Madrid ciudadano, popular, abierto, progresista, ese Madrid”.
Pero, ya sabéis, soy de naturaleza crítica, y a pesar de que me gustan más las retractaciones que los bombones rellenos, creo que podría haberlo hecho bastante mejor. Ha hecho mal indicando que dijo “en voz alta y en público aquello que muchos catalanes pensaban en privado”. Parece evidente que de lo único de lo que se disculpa es de haber dicho lo que pensaba sin pensar antes que no debía decirlo. Y, para más inri, delata la complicidad encubierta de “muchos catalanes”, lo cual, como es lógico, no creo que llene de contento a la gente que se enfadó -que nos enfadamos*- cuando afirmó que Cataluña no debería apoyar la candidatura de Madrid.
Otro aspecto de su declaración que no me convence es el que hace referencia a que se siente perseguido por cierta parte de la opinión pública: “Por lo visto, en estos últimos meses, cualquier afirmación que haga tiene inmediatamente una repercusión muy grande, porque estoy al frente de un partido de los más importantes de este país, con un papel clave en la política española”. Si tal es su opinión, que comparto, y Dios lo ha llamado para tan altas ocupaciones, sería conveniente que tuviese mucho más cuidado con sus declaraciones. Así se ahorraría el sofoco de tener que disculparse por haberlas hecho.
Por otra parte, y he aquí lo más feo de este asunto, él mismo corrobora con sus palabras mis sospechas de que el influyente Consejo Regulador del Cava ha tenido mucho que ver con su disculpa. Nos cuenta Carod-Rovira que “lamenta” que el sector del cava catalán pueda ser víctima de un boicot a raíz de sus palabras sobre la candidatura olímpica de Madrid, como así parecía que podía ocurrir. (Nos ha regalado, además, una perla personal: confiesa que desde hace años al conectar su teléfono móvil aparecen las palabras “cava y libertad” en la pantalla. Diantre.)
Para ayudar a dejar claro que hay relación entre el cava y las disculpas, el presidente del Consejo del Cava, Gustau García Guillamet, no se ha cortado un guil y ha agradecido públicamente la postura de Pasqual Maragall a favor de la candidatura de Madrid 2012. No ha nacido empresario en sus cabales que se arriesgue a perder beneficios por un quítame allá esa selección de hockey o por una toma de postura ante lo que pase o deje de pasar en Madrid.
Yo lo sabía, muchos lo sabíamos. ¿Lo sabrán los votantes de ERC? Tal vez sí, tal vez no. Probablemente haya de todo.
Dice Serrat que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Discrepo absolutamente: muchas veces la verdad es triste, pero puede que tenga remedio. Como los niños traviesos que saben quién manda, Carod es consciente de que sólo puede decir lo que le rote mientras no meta en líos al capital catalán. Así de triste es la cosa, aunque tal vez tenga remedio: puede plantarle cara de una vez al poder económico de su tierra. Es una posibilidad, pero permitidme que os muestre mi escepticismo.
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* Y que conste, ya os lo dije el otro día, soy miembro fundador (miembra fundadora) y única afiliada, hasta la fecha, del CAOM (Comité Anti-Olímpico Madrileño).
December 17th, 2004 — Primer portal
Como ayer publicaba mi compadre Juanjo (a) “Marat” en su sección, el Ayuntamiento madrileño ha tenido la -mala- ocurrencia de forrar Madrid con vallas publicitarias que incluyen el lema “la prostitución existe porque tú pagas”. Estoy de acuerdo con lo que dice Juanjo al respecto, pero además me gustaría añadir una serie de comentarios, que le hice ayer directamente a él.
En primer lugar, ya que hablamos de pagar cosas, es importante resaltar que los que pagamos el coste de esta campaña publicitaria somos nosotros, los ciudadanos que habitamos en Madrid. Así, dejo caer la indócil posibilidad de colocar unos carteles al lado de los institucionales que digan algo como “las vallas sobre la prostitución existen porque tú pagas”.
El origen de la financiación no deja de tener su importancia, porque esta campaña es, en efecto, de lo más desafortunado que ha hecho nunca consistorio municipal alguno. Ciertamente, resulta muy desconcertante que la concejalía que encabeza Ana Botella (inventora del primerdameo español de fin de siglo, ex presidenta consorte por la gracia de Dios) se dirija de esa manera al personal paseante. “¿La prostitución existe porque YO pago?”, se dirán las viejas, los niños y los impotentes de tercer grado. Resulta chocante el lema, no hay a qué negarlo. Hasta a mí me dio un sofoco, soponcio o paralís. Ya sabéis que la caca que me pagan no me da para ir de putas, así que me considero libre de tal carga. Y en mi situación me huelo que debe estar una importante proporción de la población de mi ciudad.
Pero todo esto no es ni mucho menos lo que me exaspera de esta campaña tan poco oportuna, por decir algo que guarde las formas. Lo que me irrita hasta extremos desoladores es el motivo que tiene esta mujer para acabar con la prostitución: odia la práctica del sexo, quiere que la gente no folle. O que lo haga en casa, de tapadillo y sin que se note. Y si puede ser, sólo con fines reproductores. No le importa lo más mínimo -aunque declare lo contrario- la situación socio-económica de las prostitutas que trabajan en las calles, y en los parques, y en las carreteras, de Madrid.
Si a Ana Botella le preocupase la marginalidad y la pobreza, como ella afirma, no tomaría las medidas que toma contra la mendicidad callejera, que se limitan a dar cobijo nocturno a la gente sin hogar en un viejo edificio deportivo situado en el barrio de Carabanchel. Dicho cobijo es renovable noche tras noche, esto es: no le guardan a uno el sitio. Así, con la cantidad de personas que viven en las calles de Madrid, es conveniente acudir a tiempo a la cola de entrada, y es raro que los indigentes tengan dinero para tomar el metro de ida a otra parte de la ciudad, y de vuelta a Carabanchel a tiempo para coger buen sitio en la cola. Con lo cual, el efecto que se consigue es llenar el barrio de gentes marginales, que no tienen más remedio que quedarse por allí. Lo cual exaspera a los vecinos (por muy mal que me siente esa actitud, por lo que tiene no sé si de racista o de egoísta, el vecindario no deja de tener razón cuando afirma que siempre les toca a los mismos aguantar los despojos de esta injustísima sociedad), a los cuales ya tenía muy descontentos el hecho de que el velódromo que ahora el Ayuntamiento ha escogido como refugio temporal, y que es uno de los escasísimos edificios donde el personal carabanchalero podría practicar deporte, haya estado durante años sin utilizar, y se haya dejado echar a perder.
Lo que le molesta a Botella, lo que no soporta, lo que no puede aguantar, es que la gente vaya por ahí practicando sexo en descampados, en coches, en pensiones, con la agravante del pago por los servicios prestados. Se trata de un ataque de moral católica biliosa. Ni más, ni menos. Y “tú” lo pagas.
December 10th, 2004 — Primer portal
Supongo que más de uno, y más de una, me va a decir de todo en los próximos días por culpa de lo que os voy a dejar escrito hoy, pero antes de nada dejadme advertiros que si me atrevo a enemistarme con más cantidad de personal de la que habitualmente discrepa con lo que digo es porque he recordado estos días que Georges Brassens estaba de acuerdo conmigo en esta materia (y probablemente en todas: suelo decir que “lo que era bueno para el viejo Georges, es bueno para mí”).*
Estoy harta, y majque harta, de los españolistas peperos y pesoeros. Sus arrebatos constitucionalistas me han traído durante años por la calle de la amargura. También me molestan sobremanera los comentaristas deportivos que se apropian de victorias ajenas en la Copa Davis (por cierto: se ve que está prohibido decir las palabras “ganar la Copa Davis”; siempre se sustituyen por “hacerse con la preciada ensaladera”), el Open de golf de aquí o de allá y, por supuesto, las copas futbolísticas. Estoy hasta las mismas narices de los que hablan mal de los extranjeros, por el simple hecho de no haber nacido en España.
Pero…
Sí. También se me llevan los diablos con los catalanistas, los vasquistas, los galleguistas, los valencianistas, los castellanistas, los andalucistas… Yo soy internacionalista: todos los que creen que su tierra y su cultura son mejores que las ajenas me revuelven el organismo, vengan de donde vengan. Y me parecen una panda de imbéciles, como a Brassens. Imbéciles encantados, orgullosos, de haber nacido en Málaga o en Malagón. Todo el día con una bandera a cuestas.
Lo cual no tiene nada que ver, en absoluto, con el derecho de autodeterminación de los pueblos. Negar este derecho es un asqueroso ejercicio nacionalista -en su versión opresora- que no estoy dispuesta a apoyar bajo ningún concepto. Pero el hecho de que yo reconozca que todos los pueblos del mundo tienen derecho a decidir cuáles son sus relaciones con el resto, no significa que cierta parte de sus gentes me produzcan malestares hepáticos cuando tengo la desgracia de saber de su existencia.
Las cosas que hacen algunos: Me resulta muy odiosa la idea de que se organicen unos juegos olímpicos en Madrid. Llevo tiempo intentando crear un Comité Antiolímpico local, sin mucho éxito. Pero me da cien mil patadas la imbecilidad de Carod-Rovira, que mezcla churras con merinas y crea crispación gratuita y mala sangre entre la gente que no comparte absolutamente su manera de pensar, o que vive en otras tierras y que nunca pensó en intentar boicotear los juegos olímpicos de Barcelona, a pesar de todos los pesares.
En cuanto a los etarras que colocan bombitas para hacerse notar, supongo que imagináis qué opino de su estrategia.
Así las cosas, rodeada de unos y otros imbéciles, lo único que me apetece es mandarlos a todos a freír monas. Envueltos en sus respectivos pendones.
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*Para vuestro gobierno, he aquí la prueba (en francés, y en traducción casera a mi idioma natal, el castellano):
La balade des gens qui sont nés quelque part
C’est vrai qu’ils sont plaisants tous ces petits villages
Tous ces bourgs, ces hameaux, ces lieux-dits, ces cités
Avec leurs châteaux forts, leurs églises, leurs plages
Ils n’ont qu’un seul point faible et c’est être habités
Et c’est être habités par des gens qui regardent
Le reste avec mépris du haut de leurs remparts
La race des chauvins, des porteurs de cocardes
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Maudits soient ces enfants de leur mère patrie
Empalés une fois pour toutes sur leur clocher
Qui vous montrent leurs tours leurs musées leur mairie
Vous font voir du pays natal jusqu’à loucher
Qu’ils sortent de Paris ou de Rome ou de Sète
Ou du diable vauvert ou bien de Zanzibar
Ou même de Montcuq il s’en flattent mazette
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Le sable dans lequel douillettes leurs autruches
Enfouissent la tête on trouve pas plus fin
Quand à l’air qu’ils emploient pour gonfler leurs baudruches
Leurs bulles de savon c’est du souffle divin
Et petit à petit les voilà qui se montent
Le cou jusqu’à penser que le crottin fait par
Leurs chevaux même en bois rend jaloux tout le monde
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
C’est pas un lieu commun celui de leur connaissance
Ils plaignent de tout cœur les petits malchanceux
Les petits maladroits qui n’eurent pas la présence
La présence d’esprit de voir le jour chez eux
Quand sonne le tocsin sur leur bonheur précaire
Contre les étrangers tous plus ou moins barbares
Ils sortent de leur trou pour mourir à la guerre
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Mon dieu qu’il ferait bon sur la terre des hommes
Si on y rencontrait cette race incongrue
Cette race importune et qui partout foisonne
La race des gens du terroir des gens du cru
Que la vie serait belle en toutes circonstances
Si vous n’aviez tiré du néant tous ces jobards
Preuve peut-être bien de votre inexistence
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
Les imbéciles heureux qui sont nés quelque part
* * *
Balada de los que nacen en cualquier lado
Son verdaderamente agradables todos esos pueblecitos,
Esas villas, esas aldeas, esos lugares, esas ciudades,
Con sus fortalezas, sus iglesias y sus plazas.
Sólo tienen un fallo: que están habitados.
Que están habitados por gente que mira
Al resto con desdén, desde lo alto de sus murallas.
La raza de los chovinistas, los portadores de enseñas,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
Malditos sean estos hijos de su madre patria,
Empalados de una vez por todas en la aguja de su iglesia,
Que os muestran sus torres, sus museos y su casa consistorial,
Os hacen ver su país natal hasta que bizqueáis.
Ya salgan de París, o de Roma, o de Sète,
O del diablo cojuelo, o de Zanzíbar,
O de Montcuq -o de mi culo-, están encantados, caramba,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
No hay arena más fina que en la que
Sus delicadas avestruces entierran la cabeza.
El aire que usan para inflar sus globos,
Sus pompas de jabón, es el soplo divino.
Y poco a poco se van creciendo
Hasta creer que el estiércol de sus caballos
(Incluso los de madera) pone celoso a todo el mundo.
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
No es cualquier cosa el conocerlos,
Lloran de todo corazón por los desafortunados,
Los desgraciados que no tuvieron la presencia,
La presencia de espíritu de ver la luz en su patria.
Cuando tocan a rebato en su precaria felicidad
Contra los extranjeros, más o menos bárbaros,
Salen de su agujero para morir en la guerra,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
Dios mío, qué bien se estaría en la tierra de los hombres
Si no existiese esta raza incongruente,
Esta raza importuna y que abunda por doquier,
La raza de las gentes del terruño.
La vida sería bella en todas las circunstancias
Si no hubieseis sacado de la nada a todos esos pánfilos,
Prueba quizá bien vuestra inexistencia.
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio,
Los dichosos imbéciles que nacen en cualquier sitio.
December 3rd, 2004 — Primer portal
Los ocho años de gobierno pepero han hundido la economía familiar de las clases trabajadoras españolas. Y es ésta, con gran diferencia, la peor de las consecuencias de estas dos legislaturas que Dios tenga en su santa gloria. Y no creáis que me olvido del Trío de las Azores ni de la guerra de Irak, el atentado de Madrid, la ilegalización de Batasuna, la persecución de los nacionalistas, la mala baba y peor educación de los diputados del PP, los insultos cotidianos, los desprecios a la voluntad popular, la incandescente mediocridad de la televisión pública, el fascismo orgulloso y militante de los periodistas adictos al régimen, las privatizaciones y los decretazos. No, claro que no olvido todo el mal que estos degenerados nos han traído en otros aspectos.
Pero la precarización de los empleos, el incremento de las contrataciones temporales, el alza en los precios de la vivienda, el aumento de los precios en los bienes de primera necesidad y, sobre todo, el estancamiento de los salarios, han hecho de este país un sitio en el que llegar a fin de mes empieza a ser cosa de unos pocos privilegiados.
El ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, conocido por su amplia sensibilidad a la precariedad ajena y por sus desinteresados esfuerzos en colaborar al bienestar de los trabajadores con menor poder adquisitivo, ha anunciado la inmediatez de unas subidas graduales del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), cuya cuantía en 2008 llegará -¡oh, ah!- a los 600 euros mensuales. Sí, dentro de 3 años, con suerte. Con estas subidas graduales, asegura el ministro, se recuperará el poder adquisitivo perdido por los trabajadores desde 1997.
La realidad es tristemente diferente. 600 euros de 2005 equivalen a 60.000 pesetas de 2001. Ignoro a qué equivaldrán en 2008, pero me figuro que aún a bastante menos. No hay posibilidad de recuperar el poder adquisitivo perdido, con estas porquerías de alzas salariales. Y teniendo en cuenta que antes del euro tampoco andábamos muy boyantes, la situación es seria. No, es alarmante. Insostenible.
España, con un SMI de 490 euros, es el antepenúltimo país de la Unión Europea en la cuantía de este indicador económico. Sólo supera a Portugal y a Grecia. En Francia, Italia o Alemania, el SMI es de más de 1.000 euros. Y, sin embargo, el precio de los alimentos de primera necesidad en esos tres países es menor que en España. ¿Recordáis lo caro que resultaba comer fuera en Lombardía, por ejemplo? Pues ahora está tirado, en comparación a lo que te puedes dejar en cualquier restaurante madrileño de medio pelo. En Francia, la compra me resultó, este verano, mucho más barata de lo que me cuesta habitualmente en el supermercado de mi barrio. Lo único que sigue resultando más caro es el alcohol, y también el tabaco.
Yo cobro setecientos y pico euros al mes. Si tomo un café por la mañana, me dejo un euro y pico. Si se me ocurre comer algo, me pongo en los tres euros. El menú de un restaurante cercano en el que como cuando me lo puedo permitir, un local bastante modesto, cuesta 9 euros y medio. El metrobús (diez viajes en transporte público), cinco euros y veinte céntimos. Un paquete de Fortuna, dos euros y pico. ¿Unas cañas para despejarnos? Mejor lo dejamos para la paga extra. Si hay una gotera en casa, estalla la tragedia. Si he de visitar al dentista, tengo que pedir prestado el dinero a Visa. Si se me rompen unos pantalones… a pedir un crédito. Y hablo tres idiomas, soy licenciada y hago bien todo el trabajo que me encargan, aunque esté mal que yo lo diga. (Es uno de los pocos lujos que me puedo permitir sin pagar, hablar bien de mí misma.) En fin: mi situación la comparte mucha gente. Y muchos están aún peor que yo. Sólo os cuento mis penas para que veáis que sé de qué hablo.
A todo esto, la declaración de la renta me sale positiva. Menos mal que no alcanzo el mínimo que obliga a declarar. Pero todos los meses Hacienda me sopla el catorce por ciento de mi sueldo bruto.
Los empresarios españoles, sin embargo, están que flotan de alegría. Cada vez obtienen más beneficios. Es por eso que la renta anual per capita alcanza en España los 22.000 euros.
Me arde la sangre cuando gente que cobra mucho más que yo me da la lata con sus problemas laborales. No tienen ni idea. En mi caso, a los naturales conflictos que sobrevienen a la jornada laboral, y a las hordas de imbéciles que hay que aguantar en la mayor parte de los trabajos, se une la precariedad salarial. La pobreza pone de muy mala leche a la gente con conciencia de las cosas. Y yo soy bastante consciente de las cosas. Así que imaginad cuál es el volumen de mi cabreo.
Salario mínimo… Y tan mínimo. La madre que los parió.
November 19th, 2004 — Primer portal
El 20 de enero de 1942, un puñado de hombres acudieron a una cita en una lujosa villa a las afueras de Berlín, en el barrio de Grossen Wannsee, invitados por Reinhard Heydrich, jefe de los Servicios de Seguridad del Tercer Reich, mano derecha de Heinrich Himmler, el temido jefe de las SS y de la Gestapo. Se trataba de una simple reunión de negocios que duró sólo 94 minutos, en la que quince altos funcionarios del Estado alemán disfrutaron de una sabrosa comida y un delicioso vino, mecidos con la dulce música de Schubert, mientras decidían cómo asesinar a once millones de judíos. Aunque la persecución había comenzado en los años 30, fue en la Conferencia de Wannsee cuando oficialmente se decidió que el plan de Hitler para exterminar a todos los judíos de Europa, la “Solución Final”, iba a desarrollarse de inmediato, y también fue en aquella reunión donde se decidió que la manera más eficiente de asesinar en masa era construir cámaras de gas.
La BBC produjo en 2001 un excelente telefilme (Conspiracy) que, basándose en uno de los ejemplares del acta de aquella terrible reunión de verdugos sin entrañas que -imagino que por error o desidia- no fue destruido, describe minuciosamente todo lo que se trató en la villa de Wannsee. Ayer tuve oportunidad de ver este docudrama, en el que por cierto, y sin que sirva de precedente (ni de antecedente, fuera de las adaptaciones de obras de Shakespeare), Kenneth Branagh hace un excelente trabajo en su interpretación de Heydrich, el “Carnicero de Praga”, como era conocido entre los resistentes checos. Branagh confiesa que pasó noches en vela, perturbado por la existencia de este prodigio de maldad: “Mi experiencia previa en interpretar a alguien tan malvado y tan oscuro era mi papel como Yago en Otelo. Y aún así, en este personaje había muchas motivaciones internas, como los celos sexuales y la ambición desmesurada, que se pueden considerar humanos, aunque no sean agradables. Pero en Heydrich no encontré nada de eso. Era muy complicado descubrir qué había de humano en él.” Me sorprende darme cuenta de cómo Branagh es capaz de interpretar de una manera tan eficaz a Heydrich, sin haber entendido, como dicen en el Caribe, “el tema de la vaina”. Tan humana es la frialdad de este criminal a gran escala, como la pasión de Yago.
La cuestión es que la visión de esta película me trajo a la cabeza unas ingratas reflexiones acerca de cómo cualquier atrocidad, por muy horrible que sea y muy difícil que sea disimular que lo es, puede tratarse con minuciosidad y eficacia en una reunión de trabajo, y cómo además es absolutamente necesario que así sea, porque nadie en sus cabales es capaz de tomar decisiones tan terribles como asesinar a millones de personas, descuartizar cuerpos infantiles, arrasar poblaciones o acabar con toda la discrepancia en un país por la vía del asesinato masivo, si tal cosa implicase darse cuenta de que uno es responsable de un crimen de tales dimensiones. Lo lógico es tratarlo fría y calculadoramente, analizando los medios más rápidos para cumplir los objetivos perseguidos, y entendiendo que las futuras víctimas, de alguna manera, merecen su triste destino.*
Es evidente que alguna vez, en alguna habitación de la Casa Blanca o del Pentágono se han reunido unos pocos elegidos, algunos privilegiados, con un espeluznante orden del día, para tratar la conquista de Irak. Se ha hablado de la construcción de penales, de campos de concentración, de dar impías consignas a los marines allí destinados.
No, no fue un soldado aturdido por el derramamiento de sangre y la barbarie que ha visto, el único culpable del asesinato de un hombre herido, a medio desangrar, e inerme, frente a las cámaras de la televisión.
Él es el último eslabón de la cadena. El más sanguinario, tal vez, pero el más inocente de todos. Los peores criminales apoyan sus traseros en sillones estilo Imperio. En el ala oeste de la Casa Blanca.
* Buscando por ahí, me he encontrado con un artículo titulado “La banalidad del mal”, escrito hace algunos años por el economista estadounidense de izquierdas Edward S. Herman, y en el que el autor trata exactamente de este asunto, y lo que es más: se basa precisamente en una expresión -la que da título a este escrito y al suyo- que leyó por vez primera en un libro que trataba sobre el juicio que se siguió en Israel contra Adolph Eichmann, uno de los asistentes a la Conferencia de Wannsee, y en el que por cierto este pájaro fue condenado a muerte. Reproduzco a continuación mi traducción apresurada de este interesante texto:
“La Banalidad del Mal”, extraído del libro “El triunfo del mercado”, por Edward S. Herman
El concepto de la banalidad del mal alcanzó prominencia a raíz de la publicación en 1963 del libro “Eichmann en Jerusalén: Informe sobre la banalidad del mal”, de Hannah Arendt, basado en el juicio que se siguió contra Adolph Eichmann en Jerusalén. La tesis de Arendt era que las personas que cometen crímenes innombrables, como en el caso de Eichmann, un alto funcionario de la maquinaria nazi que gestionaba los campos de exterminio, pueden no ser locos fanáticos en absoluto, sino individuos ordinarios que simplemente aceptan las premisas del estado y participan en cualquier empresa que se trate con la energía de los buenos burócratas.
Normalizar lo impensable
El secreto para hacer cosas terribles de forma organizada y sistemática descansa en la “normalización”. Mediante este proceso, los actos feos, degradantes, asesinos e innombrables se convierten en rutina, y se aceptan como “la manera en que se hacen las cosas”. Habitualmente hay una división del trabajo entre hacer y racionalizar lo impensable, con una serie de individuos cometiendo la brutalidad y el asesinato directos, otros manteniendo la maquinaria de la muerte en orden (sanidad, suministro de alimentos), otros más produciendo los instrumentos del crimen, o trabajando en la producción de tecnología (un mejor horno crematorio, un napalm que arda durante más tiempo o sea más adherente, metralla que penetre en la carne dejando poco rastro). Es la función de los intelectuales orgánicos y otros expertos, y de los medios de comunicación a favor del régimen, convertir lo impensable en algo normal para el público. El difunto Herman Kahn se pasó la vida haciendo pasar por algo aceptable la guerra nuclear (“Acerca de la guerra termonuclear”; “Pensar en lo impensable”), y tal farsante obtuvo una muy buena prensa.
En un excelente artículo llamado “Normalizar lo impensable”, publicado en el Boletín de Científicos Atómicos en marzo de 1984, Lisa Peattie describía cómo en los campos de exterminio nazis el trabajo se había “normalizado” para los prisioneros que permanecían allí largo tiempo, así como para el personal regular: “Los fontaneros de la prisión colocaban la manguera en el crematorio, y los electricistas electrificaban las vallas. Los jefes de los campos mantenían procesos estandarizados y en orden. Los adoquines que pavimentaban el camino hacia los crematorios en Auschwitz tenían que estar perfectamente limpios.” Peattie se centraba en el paralelismo entre la rutina en los campos de exterminio y la preparación para la guerra nuclear, circunstancias en las que lo “impensable” se organiza, y se prepara una división del trabajo para que participe en ello gente a muchos niveles. Mantenerse a distancia de la ejecución ayuda a convertir la responsabilidad en una nebulosa. “Adolph Eichmann era una persona altamente responsable, de acuerdo con su concepto de la responsabilidad. Para él, estaba claro que los jefes del estado determinaban la política a seguir. Su papel era el de llevarla a la práctica, y afortunadamente, pensaba él, nunca fue parte de su trabajo el tener que asesinar a nadie.”
Peattie mencionaba que el jefe del principal laboratorio militar de investigación estadounidense en los 60 argumentaba que “su tarea era el desarrollo, no el uso, de la tecnología.” Como en los campos de exterminio, en los laboratorios armamentísticos y en las instalaciones productoras, se destinan los recursos basándose en una participación efectiva en un sistema mayor, los trabajadores derivan su apoyo de las interacciones con otros en el esfuerzo mutuo, y la complicidad queda oscurecida por la rutina del trabajo, la interdependencia y la distancia de los resultados.
Peattie también mencionaba el hecho de que, dado el desastre sin parangón que seguiría a una guerra nuclear, “se recurre a maquetas y juegos para hacer del sistema algo divertido.” Se desarrolla también un vocabulario que ayuda a tragar lo impensable: “incidentes”, “índices de vulnerabilidad”, “impactos armamentísticos” y “disponibilidad de recursos”. Ella no lo menciona, pero nuestro viejo amigo “daño colateral”, utilizado en la Guerra del Golfo de 1991, brilló desde entonces con luz propia.
Esclavitud y racismo como rutinas
Cuando yo era un muchacho, y un ardiente aficionado al béisbol, nunca cuestioné, o siquiera percibí, que no hubiera jugadores negros en la liga de honor. Así eran las cosas; el racismo era tan rutinario que tuvieron que transcurrir años llenos de incidentes, acciones, lecturas y traumas cotidianos para dar la vuelta a mis profundos prejuicios. Históricamente, éste era un país en el que la esclavitud humana estaba firmemente institucionalizada y convertida en una rutina, en el que los abolicionistas de los años previos a la guerra civil eran contemplados como peligrosos extremistas por las elites dominantes del norte.
La racionalización de la esclavitud era muy notable. Surgió un grupo de intelectuales en el sur antes de 1860 que no sólo defendían la esclavitud, sino que sostenían su superioridad moral en lo que respectaba al servicio prestado a los esclavos, ¡señalando las desventajas que sufrían los blancos esclavizadores! La obra “La mala medida del hombre”, de Stephen Jay Gould, es un soberbio compendio de cómo la ciencia estadounidense, a los más altos niveles, construyó y mantuvo una teoría “científica” para justificar el racismo durante décadas, principalmente a través de charlatanería pseudo-científica. Es rara la habilidad para desdeñar las barreras culturales. Y parece que lo que el dinero y el poder soliciten, la ciencia y la tecnología lo proveerán, por muy intolerable que sea el objetivo perseguido.
Los historiadores adictos al poder también han conseguido colocar a la esclavitud y la opresión sufrida por los negros bajo una luz tolerable. Un poderoso artículo del difunto Nathan I. Huggins, “El espejo deformador de la realidad: Las literaturas del esclavo y del amo en la historia estadounidense”, publicado en el número de invierno de 1991 de la Revista Radical de Historia, muestra perfectamente cómo la “literatura del amo” en la historiografía ha normalizado la esclavitud de los negros y el racismo posterior a 1865. La esclavitud fue un “trágico error” (como la Guerra de Vietnam), más que una elección racional e institucional; se ha marginado y convertido en una tangente, antes que explicar que fue parte central de la historia de los Estados Unidos; y se ha descrito como un error en proceso de rectificación, en progresiva evolución, antes que como una cicatriz imborrable que ayuda a explicar la estrategia sudista y el creciente racismo que padecen los negros actualmente.
Los beneficios generan los trabajos
La normalización de lo impensable se da fácilmente cuando el dinero, el status, el poder y el trabajo salen a escena. Siempre pueden encontrarse empresas y trabajadores que fabriquen gases letales, napalm o instrumentos de tortura, y allí estarán asimismo los intelectuales que justifiquen su producción y su uso. Las racionalizaciones son de esta índole: “el Gobierno sabe más que nosotros”, “nuestro esfuerzo es estrictamente defensivo”, o bien, “si no lo hago yo otro lo hará”. También cabe el recurso a la ignorancia, real o fingida. La ignorancia del proceso por parte del consumidor es importante. El Dr. Samuel Johnson declaró que antes mataríamos a una vaca que comer su carne, pero las visitas a los mataderos han convertido a algunos en vegetarianos. La portada del Newsweek que hace algunos años ilustraba el consumo de carne en los E.U.A. mostrando reses vivas que caminaban hacia el interior de una boca humana, provocó muchas protestas de gente a la que no le gusta que se le recuerde que los filetes se obtienen sacrificando animales; les gusta pensar que se manufacturan en fábricas, posiblemente fuera de la biosfera.
La burocratización del uso de animales con fines científicos es un asunto denso y controvertido. (…) En la Universidad de Pensilvania, hace algunos años, exitía un Laboratorio de Heridas en la Cabeza, fundado por el Gobierno, en el que unos babuinos eran sometidos a heridas en la cabeza con el objetivo de ayudarnos (v.g., a las criaturas con alma, la culminación del proceso evolutivo y la consecución del propósito del universo). El laboratorio fue invadido por la gente del PETA (Gente por el Tratamiento Ético de los Animales), que entre otras cosas se hicieron con cintas grabadas. El documental que PETA hizo con tal material, que mostraba a esas inteligentes criaturas con la cabeza aplastada y convertidas en zombis, aportó clara evidencia de que las normas oficiales del tratamiento hacia los animales de laboratorio habían sido violadas, y lo que es más importante, que las actitudes de los participantes hacia los animales eran feas e insensibles. No era difícil pensar en los campos de exterminio contemplando el documental de ese laboratorio en acción. Aún así, la comunidad científica de Pensilvania no sólo defiende el uso de los animales frente a las críticas externas con pasión y aparente unanimidad, sino que nunca, por lo que yo sé, ha admitido en público que el Laboratorio de Heridas en la Cabeza se les haya ido de las manos.
En el asunto de la construcción armamentística, los contratistas y el Pentágono se han convertido en expertos en repartir el negocio entre muchos estados, y alcanzar una masa crítica de empleos, beneficios y legisladores por distrito congresual, para así maximizar la base financiadora. Los trabajos son los trabajos, sea construyendo escuelas o misiles preservadores de la paz o talando árboles de mil años de edad. Me dieron unas ligeras arcadas durante la Guerra de Vietnam a causa de unos anuncios de la Boeing que solicitaban trabajadores para su planta fabricadora de helicópteros, en los que la empresa se calificaba a sí misma de “patrono de la igualdad de oportunidades” (EOE, en sus siglas inglesas). Tal vez la gerencia del campo de Dachau fuera también un EOE, para los trabajos que había que hacer y para los cuales había demanda.
November 12th, 2004 — Primer portal
Escribió Lawrence Durrell, mostrando sin rubor sus exuberantes cimientos victorianos, que “todas las culturas corrompen, pero la cultura francesa corrompe absolutamente”. Supongo que, además de hacer una gracia, el escritor pretendía sintetizar un pensamiento que muchos de sus paisanos comparten acerca de cómo Francia, a lo largo de su historia -llena de desafortunados y poco edificantes episodios, como el de todos los países que alguna vez han sido imperios-, se ha empleado con tesón en convertir en franceses mondos y lirondos a personas nacidas en países invadidos militar y/o económicamente, cuyas características raciales, lengua, cultura, religión, fauna y flora distan mucho de parecerse a las que se dan en tierras galas. No dejo de dar importancia al hecho de ser todo un citoyen francés, pero tal circunstancia no me parece mejor ni peor que ser vietnamita, congoleño o malgache.
Podrían haberse conformado con instalarse en un país, robar todo lo que mereciese la pena llevarse, construir las infraestructuras justas que permitieran hacer llegar la rapiña hasta la metrópoli, y casi agotadas las existencias, largarse de allí sin mirar atrás, no sin antes atar fuertemente los cabos comerciales necesarios para seguir explotando los recursos naturales de la colonia sin moverse de casa. Lo que ha hecho tantas veces Gran Bretaña, por ejemplo. Pero la República Francesa siempre ha aspirado a más: tenía el mismo prurito que el imperio castellano en mejorar la especie, en intentar reconvertir a los salvajes de las colonias en ciudadanos algo mejor de lo que eran. En ese sentido, tenía razón Durrell: La cultura francesa corrompe absolutamente.
Claro, que casi todo en esta vida trae consigo algún inconveniente. En el caso que me ocupa -la situación en Costa de Marfil-, dar la paliza a los marfilenses con La Marsellesa ha acabado por generar problemas. Y si no, ¿qué se puede esperar de un pueblo que ha crecido con estos versos?:
Aux armes, citoyens,
Formez vos bataillons,
Marchons, marchons!
Qu’un sang impur
Abreuve nos sillons!
(A las armas, ciudadanos, / formad batallones, / ¡marchemos, marchemos! / ¡Que la sangre impura / riegue nuestros surcos!)
Quoi! Des cohortes étrangères
Feraient la loi dans nos foyers!
Quoi! Ces phalanges mercenaires
Terrasseraient nos fiers guerriers!
Grand Dieu! Par des mains enchaînées
Nos fronts sous le joug se ploieraient
De vils despotes deviendraient
Les maîtres de nos destinées!
(¡Las cohortes extranjeras / dictarían la ley en nuestro hogar! / ¡Las falanges mercenarias / abatirían a nuestros valientes guerreros! / ¡Gran Dios! Encadenadas nuestras manos, / ¡tendríamos que doblegar las frentes bajo el yugo! / ¡Viles déspotas se convertirían / en dueños de nuestro destino!)
He aquí una bonita paradoja histórica. La inspiración del patriótico himno de la metrópoli ha hecho huir a ciudadanos franceses, aterrorizados por el odio marfilense, del país en el que hasta hace unos días vivían tranquilos, dichosos y probablemente con el riñón forrado. Tienen que volver a Europa víctimas de la sed de justicia que los naturales del lugar han ido acumulando tras décadas y más décadas de barbarie colonialista, que han dejado un país atado económicamente a empresas francesas, holandesas, estadounidenses y españolas -por ese orden-, con una de las tasas de mortalidad más altas de África, una de las deudas externas más abultadas del mundo, sin bosques -que un día fueron los más feraces del oeste del continente-, enzarzado en disputas con los países vecinos y sufriendo una intermitente guerra civil, con una ridícula esperanza de vida (que mejor debería llamarse “desesperanza de vida”) y una paupérrima renta per capita.
“No entendemos por qué nos atacan,” declaran a la televisión los blancos perseguidos, con los ojos desorbitados y la mandíbula temblona, “no les hemos hecho nada”. Pero no tienen razón. Sí han hecho algo: colaborar a su miseria. Y recordarles que hace siglos unos blancos avispados y aventureros llamaron “Costa de Marfil” a una parte de la tierra en la que viven, y que fue entonces cuando comenzaron a forjarse las penalidades de su existencia.
De todos modos, los pieds blancs pueden estar tranquilos: su Gobierno ha acudido pronto al rescate, abusando de su superioridad militar y de su fuerza colonial.
Desde la admiración que tengo por muchas características de la cultura francesa y desde el cariño que me producen muchos de los ciudadanos franceses, también con la esperanza de continuar envidiando tantas cosas de la República, deseo que, de una vez por todas, la ciudadanía de mis vecinos del norte le plante cara a Raffarin y sus secuaces. No podemos volver a los tiempos de De Gaulle. Sería demasiado.
No estaría nada mal que los franceses volvieran a tomar la calle. Aux armes, citoyens!
November 6th, 2004 — Primer portal
En una vieja Antología del Disparate que recoge presuntas burradas escritas por alumnos de bachillerato en los años 60 y 70 he leído la siguiente frase, que aparece como respuesta a una pregunta sobre el Apocalipsis: “Vigilad, pues vendrá una nube de profetas que oscurecerá el sol”. Si esta frase le resulta disparatada a alguien, es sólo porque no forma parte de las escrituras sagradas, no porque no tenga algo de cierto.
Qué razón tenía el pobre examinando de reválida. Sin duda, una nube de profetas nos ha invadido y ha tomado el poder. Estamos sometidos a una pandilla de iluminados y de arúspices aficionados. Es el gobierno de los visionarios.
No digo que esta situación sea nueva, en la historia de la humanidad:
Si Isaías se pasó media vida exhortando al personal a cuidarse del “peligro asirio”, vaticinando que las “naciones paganas” atacarían a Israel, y amenazando a las gentes que se creían falsamente a salvo del enemigo, George W. Bush –recién re-elegido Número Uno del mundo- se entretiene cotidianamente en balbucir encendidos sermones sobre el peligro que acecha a Estados Unidos de América, el País Sin Nombre, la Tierra Prometida, el Hogar del Pueblo Elegido, desde oscuros rincones en países donde nunca llueve –“Où l’on ne sait rien du tonnerre”, que diría Brassens-, en los que todo es insania, envidia, impiedad, barbarie, maldad y rencor. Isaías murió aserrado por la mitad, probablemente víctima del odio que él mismo sembró. ¿Y Bush? Nunca se sabe…
El profeta Jeremías dio la lata todo lo que pudo con su ejemplo de vida ascética y el amor ilimitado hacia su pueblo, víctima de la tiranía babilonia. Está el mundo lleno de pelmas que creen que ellos y su cultura son mejores que el resto.
Aznar y Blair son como Baruc, el amanuense de Isaías.
Zapatero en la oposición fue como Ezequiel: Se tiró un tiempo larguito profetizando la ruina de Jerusalén, digo de España, a manos del Partido Popular. Después habló mucho sobre el castigo que el pueblo de Judá, digo español, recibiría por parte de los países vecinos, si el Gobierno continuaba apoyando la guerra en el Oriente Medio. Al fin logró restaurar el gobierno del PSOE, que es lo que a Ezequiel le habría gustado. Me refiero –es una metáfora, carajo- a que a Ezequiel le habría gustado que terminase el cautiverio de su pueblo. En el PP se dan ahora de navajazos por decidir quién es el nuevo Ezequiel. Ojo con Zaplana, que cuando ataca no conoce.
Y bueno, los hay que pertenecen a la especie de los profetas pijos, como Daniel. Y los hay aficionados, como Nostradamus, Malaquías y Paco Rabanne.
Es cierto que aquellos profetas fallaban más que una escopeta de feria, pero mientras se dedicaban a las labores propias de su soplo divino, el personal escuchaba, callaba y esperaba.
La amenaza constante acaba con la inspiración que provoca el cambio. El miedo impide reaccionar.
Ya lo sabéis. Si intentamos que el mundo cambie de verdad, malparirán las burras, crecerá el centeno en las orejas de los impíos y tal vez una nube de profetas oscurezca el sol.
Si es que hay que ser descreídos, os lo tengo dicho.
October 28th, 2004 — Primer portal
He leído la carta que el presidente de la Junta de Extremadura, Rodríguez Ibarra, ha enviado al ministro del Interior. En ella, este señor con barbas informa a Alonso de que, a consecuencia de las declaraciones que hizo a la Cadena Ser y a Televisión Española acerca de la carta enviada por Rafael Vera a El País, “algunos dirigentes partidarios” (sic) -no explica de qué son partidarios- lo han llamado encubridor, cooperador y justificador de “un delito de asesinato” y del terrorismo de estado. Se refiere Rodríguez a ciertos militantes del Partido Popular y de Izquierda Unida y a Joseba Azkárraga, consejero de Justicia del Gobierno del País Vasco, a los que más abajo responsabiliza ante el ministro de “cualquier acción que pudiera derivarse” (sic) hacia su “integridad física”. Inmediatamente hace partícipe a Alonso de que ha recibido llamadas telefónicas “con amenazas de muerte”.
El Mundo transcribe parte de las declaraciones de Rodríguez Ibarra que han dado lugar a este alboroto, y en las que se refería a su sentimiento sobre la situación carcelaria de Rafael Vera: “Es la sensación del sacerdote al que un individuo le ha confesado que es autor de un asesinato y ve que están condenando a otro a la cárcel por ese tema”. Es posible que se expresase así para hacerse entender, y que sólo insinuase que Rafael Vera es inocente de los delitos que se imputan, que por cierto no tienen que ver con la guerra sucia contra ETA, sino con la malversación de dinero público. Pero el hecho es que el presidente de Extremadura asegura estar en el ajo de quién ha cometido el delito en efecto. Y no tiene la posibilidad de guardar el secreto, a no ser que no tenga inconveniente en convertirse en cómplice del delincuente. En todo caso, podría haber escogido otro ejemplo menos confuso.
Esta última payasada rodríguez-ibarril es una de las estupideces mayores que le he visto perpetrar. No conforme con decir sandeces a diestro y siniestro, salir en defensa de uno de los tipos más abyectos que alguna vez han ocupado un cargo público en la Administración española, y revolver con ello las turbias aguas del pasado socialista, no conforme con tal metedura de gamba, se atreve a chivarse a la seño en plan “mire éstos, lo que me dicen, jo”, y aún más: los hace responsables de cualquier cosa que le pase a su cuerpo serrano. Insinúa, nada menos, que la oposición -incluso todo un consejero de Justicia- pretende mandarlo a criar malvas. Ignoro de qué va este sujeto ni qué pretende con la cartita, pero todo lo que hace o dice consigue estropearme los intestinos.
Ahora yo me pregunto: ¿Puedo hacer yo lo mismo? Si yo escribo una carta al ministro del Interior, ¿me hará caso? ¿Hablarán de ella en la tele y en la radio? ¿La publicarán en los periódicos? Nada se pierde por intentarlo, vamos allá:
Excmo. Sr.:
He leído la carta que le ha remitido el Sr. Rodríguez Ibarra, en la que hace responsable a ciertos políticos de lo que en el futuro pueda afectar negativamente a su integridad física.
Por mi parte, harta ya de las barbaridades que este hombre hace un día sí y otro también, y de los disparates que es capaz de decir en público, le aseguro, señor ministro, que si alguna vez tengo oportunidad de encontrármelo a la suficiente distancia, no tendré el mínimo empacho en decirle lo que opino de él. Y tal vez mi opinión perjudique en parte la integridad física del presidente de la Junta de Extremadura. En tal caso, declaro solemnemente que son libres de cualquier responsabilidad directa o subsidiaria, las personas que el Sr. Rodríguez Ibarra menciona en la carta remitida a su Ministerio.
Lo cual declaro a Su Excelencia para los efectos oportunos.
Atentamente,
Belén Martos
P.D.: Si no me hace el mismo caso a mí que al Sr. Rodríguez Ibarra, entenderé que ha cometido usted un agravio comparativo ante el que tomaré las medidas oportunas.
October 15th, 2004 — Primer portal
No sólo tengo lectores, lo cual es ya de por sí toda una hazaña, sino que además tengo lectores inteligentes y atentos, que de vez en cuando me hacen llegar enjundiosos comentarios acerca de mis escritos. Con ocasión de mis recientes reflexiones acerca de IKEA, me han llegado algunos correos la mar de interesantes, con variopintos contenidos, que merecen mi atención, y acaso la vuestra. Teniendo en cuenta que se refieren a aspectos a los que más o menos yo hacía alusión, pero que provienen -permitidme la vulgaridad- cada uno de su madre y de su padre, os plantearé los asuntos por apartados, empezando por
1. 1. El asunto de los colores nacionales
Cristina, la “amiga medio sueca” a la que me refería en el artículo anterior, me ha explicado que en efecto los suecos adoran los colores nacionales (el amarillo y el azul), pero ella opina que más por un prurito estético que por afanes nacionalistas. Me recuerda, por otra parte, que la bandera sueca no arrastra las connotaciones políticas de la española, en el sentido de que su uso trae a la cabeza el que el régimen franquista hizo de ella. Su opinión es que IKEA utiliza la cultura sueca como reclamo publicitario, y que otras empresas suecas, como Hennes & Mauritz (H&M), que no han podido hacerlo por esa causa, la habrían utilizado del mismo modo.
2. 2. El lenguaje
En cuanto al tuteo que se emplea en los conativos carteles que menudean por la tienda, y que a algunos nos resulta algo irritante, Cristina me advierte de que la intención de la multinacional es mostrarse amistosa con la clientela, sin más. Cito textualmente: “de [hacer] lo contrario, se consideraría un trato (…) distante hacia el comprador”.
Por otra parte, dejaba yo caer que me incomoda esa forma de emplear los pronombres posesivos (no exclusiva de esta empresa: “personaliza tu bebida”, pude leer en un cartel de un Starbuck Café situado justo enfrente de IKEA), y Manolo Gualda, un divertido onubense que tiene la bondad de escribirme de vez en cuando cariñosos emilios, ha resultado ser de mi opinión: he leído a instancias suyas un alocado artículo firmado por “el Vate Orate” (palabras tras las cuales me malicio que se esconde el propio Manolo), en el que el autor explica cuánta era su necesidad por poseer “un símbolo”, y cómo había resultado satisfecha dicha necesidad de la manera más tonta, véase: “Caminé sin esfuerzo, cediendo el paso a todos los vehículos. Mi carro de viandas, nuevo, reluciente, rodaba sin esfuerzo y yo daba gracias al cielo porque me hizo interpretar, por fin, correctamente el mensaje del gran cartel a la entrada del híper, junto a los carros: “PARA TU CARRO USA MONEDAS DE 0.50 €”. MI carro. Mío. Por una vez agradecí a los psicólogos del consumismo su estulticia. Ya soy poseedor de mi propiedad, de mi símbolo, de mi placer, de mi seguridad. Ahora esperaré los nuevos deseos con anhelante curiosidad. Y el pobre Manolo Escobar sin saber dónde está el suyo.” Divertido, ¿verdad?
3. 3. El racismo
Es curioso, pero aunque yo no haya tratado el tema del presunto racismo en la sociedad sueca, algunos sí lo habéis hecho, tomando mi escrito por excusa. Lo cual os agradezco, porque reconozco que me interesa mucho. En efecto, parece lógico que cualquier sociedad que se crea mejor que el resto de las culturas tiene una tendencia a reafirmar la propia identidad frente a las injerencias externas. A veces, de manera violenta y despreciativa. Yo continúo lógicamente en la inopia en lo que a Escandinavia se refiere, pero por lo que he podido averiguar la violencia racista en Suecia es bastante menor que en otros países altamente desarrollados. María Zaloña, sin embargo, me ha escrito comentándome, entre otras cosas, que sus relaciones con IKEA nunca fueron buenas porque supo en su día de una denuncia que una central sindical de Cataluña hizo de la política de contratación de la multinacional, que rechazaría la contratación de “negros, moros, y supongo que personas de otras procedencias”. Lo cierto es que, por lo que sé, el único caso de discriminación laboral relacionado con IKEA es el que tuvo lugar en Francia en 1999, cuando los sindicatos denunciaron la existencia de un e-mail enviado por una trabajadora de la filial francesa de la compañía, en el que instaba a los directivos de la empresa a no contratar a “personas de color”: IKEA-Francia, aunque fue absuelta penalmente, fue considerada responsable civil del comportamiento de su empleada.
En cuanto al otro dato que me da María, el presunto pasado nazi del fundador de IKEA, Ingvar Kamprad, he sabido que cuando se hizo público -en 1994- que este hombre había acudido en su juventud a mítines nazis, él declaró que ésta es una parte de su existencia que lamenta amargamente, y que había sido el error más grande de su vida. No quiero exculpar a Kamprad de su pasado (no creo que esperéis que defienda a una persona que se dedica al comercio a gran escala), pero hay muchas empresas que se aprovecharon económicamente del régimen nazi, lo que no es el caso del fundador de IKEA, y éste al menos tiene la decencia de avergonzarse de haber sido simpatizante del fascismo. Lo cual es bastante más de lo que ha hecho el ex combatiente de la División Azul, nuestra vergüenza, que desfiló el otro día por la Castellana.
4. 4. Política de empresa
En relación a la política de “buen rollito” que practica IKEA, Roberto (no conozco su apellido) me dice que la razón de que la empresa sueca se comporte así es una nueva moda empresarial, la “Responsabilidad Social Corporativa”. Me parece un bonito nombre, y me haría una ilusión bastante amplia que las empresas se sintieran obligadas a responsabilizarse del bienestar social de los países en los que se instalan. El problema, me insinúa mi corresponsal, es que es todo mentira, un lavado de cara como el del Fòrum de Barcelona. No me he caído de un guindo, y si tal se demuestra, no se me caerán los anillos por denunciarlo. Mientras tanto, no soy de las de “cuanto peor, mejor”, siempre que no perdamos de vista que éstos nos pueden salir por peteneras a la mínima oportunidad, y no caigamos en el error de hacernos amiguitos del capital.
Y esto es lo que ha dado de sí la correspondencia sobre IKEA. Seguiremos informando.