Esta mañana venía yo a la oficina sin tener verdadera conciencia de lo que pocas horas antes había ocurrido por aquí. Alguna vez os he dicho que trabajo en el Paseo de la Castellana, al lado de la plaza de Colón (ésa que en la Cuatro se han empeñado en llamar ahora “plaza roja”, sin tener en cuenta que en Madrid ya hay una plaza Roja, la de la estación de Atocha). Pues bien: la jauría de bestiajos que ha andado esta noche por aquí ha dejado esto como si hubiera habido una epidemia masiva de gastroenteritis aguda con episodios de delirios agresivos. He sentido náuseas al recorrer los cien metros que separan la parada de autobús en la que me bajo y la puerta de la oficina. Además de contemplar cómo el suelo estaba aún más sucio de lo habitual, cosa que ya me da bastante asco, he tenido que someter a mi nariz a todo tipo de hedores repugnantes: esta calle ha sido durante las últimas horas una especie de urinario gigante.
Respecto a estas tarde y noche, me temo lo peor: a pesar de los esfuerzos de los (mal pagados) barrenderos, no es posible que se limpie toda esta inmundicia a tiempo de que vuelvan otra vez las hordas de meones forofos a hacer de las suyas por aquí. Así que mañana procuraré esquivar el olor. Ya sabéis: el olor de multitudes.
Ahora sé de qué hablan los que emplean esta expresión en la tele: no es, como creíamos, un gazapo, qué va. Es una forma la mar de adecuada de explicar qué se van a encontrar los futbolistas de la selección esta tarde: tufo a pis, vomitonas y sudor.
Qué manera de celebrar las cosas tan desmesurada y antihigiénica. Qué asco, en serio.


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