El pasado fin de semana lo pasamos en Trujillo, ciudad desde la que aprovechamos para dar el salto a la capital de la provincia, Cáceres. No conocíamos -o no recordábamos- ninguna de las dos, así que calculad lo que nos impresionó su rotunda monumentalidad, sobre todo la del casco antiguo de Cáceres, verdadera joya urbanística, Patrimonio de la Humanidad (UNESCO, 1986) y escaparate de las sucesivas culturas que se fueron instalando en la ciudad a lo largo de la Historia: celtas, íberos, fenicios, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos. El paquete completo.
En cuanto a Trujillo, no pude evitar que el origen de la mayoría de las fortunas locales de otros tiempos -cuyas residencias aún hoy se alzan imponentes-, afectara profundamente mi manera de apreciar los palacios, templos y obras públicas en general. Soy tan aficionada a la arquitectura como a otras artes plásticas, y sería injusto negar que me gustó mucho la plaza Mayor, tan amplia e irregular, y llena de bonitos edificios castellanos renacentistas en perfecto estado. Sin duda, hay cosas en Trujillo dignas de admiración (como los balcones en esquina), iglesias que ver, panoramas que disfrutar. Hay hasta una vieja fortificación árabe. Por otra parte, se come francamente bien y la gente es muy amable.
A pesar de todo ello, no dejé de darme cuenta de que todos los edificios dignos de mérito fueron construidos en el siglo XVI, cuando empezaron a llegar a la ciudad las riquezas que habían robado en las campañas americanas algunos naturales del lugar que encontraron en la Conquista del Nuevo Mundo la única posibilidad de hacerse ricos legalmente, utilizando cualesquiera artes y métodos, sin tener que dar explicaciones más que a sus condescendientes conciencias. En la plaza Mayor se alza una estatua de belleza discutible y de rigor retratístico más discutible aún, que se dice que representa al turgalense más famoso de todos los tiempos: Francisco Pizarro. Parece claro que este hombre es el héroe local, junto a otros conquistadores también nacidos en Trujillo (Gonzalo Pizarro, Francisco de Orellana, Diego García de Paredes [hijo], Gaspar de Rodas, [Gobernador de Antioquía (Colombia)], Francisco Martínez Vegaso, Gonzalo de Ocampo y Gabriel de Ávila). Hay incluso un curioso “Museo de Pizarro” instalado en una casa hidalga que, se dice, perteneció al padre de Francisco. En la planta superior han montado un pequeño museo en el que se narra la vida del famoso trujillano, incluyendo la conquista del Perú y algunas breves referencias a las culturas indígenas precolombinas de la zona que se vio afectada por las huestes de Pizarro, entre otras. Eché en falta que hubiera siquiera alguna crítica al conquistador, y no me gustó que se ocultase descaradamente el origen humildísimo de Francisco Pizarro, que fue hijo natural de un hidalgo y cuyas infancia y juventud se desarrollaron en la pobreza y la escasez, lo que unido a su natural ambicioso lo condujo a enrolarse en el Ejército español, y de ahí lo llevó a América, donde acabó sus días asesinado por sus enemigos españoles, tan ambiciosos, crueles y despiadados como él mismo. Pizarro fue el máximo responsable de las matanzas de indígenas peruanos durante su gobierno, y tanto él como sus hermanos son considerados por muchos andinos la portada del libro más negro de la Historia de sus pueblos, el principio de cientos de años de sufrimiento agudo para muchos millones de personas. Ni Pizarro ni sus colegas de aventura fueron héroes, ni merecen admiración ni consideración alguna. Fueron saqueadores, formaron partidas de bandoleros sedientos de riquezas, sin principios ni moral, sin compasión y sin conciencia. Y todos los que se aprovecharon de la conquista sin mancharse de sangre personalmente fueron, si es que esto es posible, aún peor que ellos. Todos los que se enriquecieron gracias al sufrimiento, el dolor, la miseria y la muerte de cientos de miles de seres humanos, durante la conquista y colonización del Nuevo Mundo, sólo merecen nuestro recuerdo despreciativo. Esos palacios turgalenses, esas casas hidalgas llenas de escudos en piedra, orgullo de sus edificadores y propietarios, proyectan sobre las bonitas calles de Trujillo la negra sombra de su origen. La sombra de la rapiña.


3 comentarios ↓
SEGUIMOS CON LOS COMPLEJOS?
Acaso resulta imposible leer cualquier capítulo relacionado con el pasado histórico español sin que un aprendiz de maestrillo convierta nuestra historia en histeria.
Tan difícil es encontrar historiadores de verdad con un mínimo de objetividad en el uso de la documentación histórica de la época ni investigadores que vayan más allá de la mera aceptación de interpretaciones interesadas y sesgadas (y por ello erróneas) de panfletillos reconocidamente burdos como las de fray Bartolomé de las Casas? Ya veo que no.
Lo que se estila es la crítica adocenada por un complejo histérico que surge de las mentes de aquellos cuya única marca de identidad nacional era curiosamente la negación de su propia identidad, la española.
Y en ocasiones veo que siguen todavía buscándose una a su medida.
En la América de los siglos XVI en adelante, se produce un desarrollo sin igual en el resto del mundo de la legislación de los derechos humanos, de la legistación del municipio para la democratización de las administraciones locales, con el desarrollo hasta sus últimas consecuencias de instituciones como el Libre Concejo.
Mientras, en otras colonias de otras potencias europeas, la situación de los nativos adquieren situaciones muchísimo más dramáticas que las de la America hispana.
Dejémos a un lado definitivamente estos complejos, una vez que la realidad documentada demuestra que el mestizaje producido en estos países resultó tremendamente meritoria y en ningún modo avergonzante como se empeñan en incidir histeriadores como la presente.
Que los grandes estragos que se produjeron no los cometieron los conquistadores sino la gripe!
Que los grandes conquistadores se quedaron allí, que los hicieron grande a España en sus provincias, en sus virreinatos de ultramar permanecieron en America y sus familias todavía viven en sus países.
Mientras que España, según recientes estudios de historiadores mexicanos, sigue sin poder sacar otra compensación que la moral, que nunca la económica.
A leer más, que con esta pedanteria dialéctica cada día que pasa se engaña a menos personas!
Complejos, ninguno: ni fui yo, ni fueron ninguno de mis antepasados, que yo sepa. Es puro y simple, y justo, cabreo.
¿Complejos? Cabreo de vivir en un país de ultranacionalistas capaces de defender un genocidio sólo porque quienes lo cometieron nacieron cerca de su pueblo.
¿La gripe? Es la primera vez que oigo que ser esclavizado, atacado por mastines, colgado, quemado o que te corten las orejas son síntomas de la gripe. Claro que, como bien adviertes, Fray bartolomé de las Casas era un progre. Seguramente pagado por Zapatero.
También es de sobra conocido el alto nivel democrático de las Américas en el siglo XVII, casi al nivel de la democracia española de la época.
Lo curioso es que acabes recomendando más lectura. Si hubieses leído en tu vida algo más que a los colaboradores de Libertad Digital seguramente habrías aprendido a puntuar un texto y no a echar las comas con salero. Y ya que reivindicas tan vehementemente nuestra cultura, podrías empezar por poner los signos de exclamación e interrogación no sólo al final de la frase sino también al principio. Por reivindicar algo muy español que no incluya esclavismo, muerte o represión, digo.
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