¡A tope con la COPE!

El colectivo de los conductores de autobuses urbanos de la EMT madrileña es ciertamente peculiar, probablemente no más que cualquier otra agrupación de profesionales del mismo ramo en otras partes del mundo, pero en todo caso digna de estudio. No es algo nuevo: los autobuseros de Buenos Aires (allí llamados “colectiveros”) merecieron en su día la ilustre atención de “Les Luthiers“, que compusieron la genial “Candonga de los colectiveros” en su honor y descripción. Es una canción descacharrante -como ocurre siempre que estos músicos geniales están por medio-, en la que todos los que la oyen se reconocen enseguida como víctimas de, por ejemplo, lo que se narra en esta estrofa:

Semos lo colectiveros que cumplimos nuestro deber:
corro siempre nunca aflojo, con coraje y con valor
si el semáforo esta en rojo acelero sin temor
pero no me olvido el freno, yendo a gran velocidad
con el colectivo lleno, qué porrazo de verdad.

Los autobuseros madrileños, en general, cumplen con la norma básica: nunca tienen cambio, tratan el autobús como si fuera suyo -de su propiedad-, suben y bajan la calefacción y el aire acondicionado a su antojo, están siempre dispuestos a pelear con el pasaje, les gusta jalear a los pasajeros para que se muevan a su antojo (”¡a ver, cuidado con la puerta, pasen al fondo!”), y no tienen en cuenta que los acelerones y los frenazos son ciertamente perjudiciales para los sufridos viajeros. Hasta aquí, digamos, nada espectacular.

Es otro el motivo que me obliga a llamar la atención sobre estos profesionales del volante: no sé si legal, alegal o ilegalmente, muchos de los conductores de las líneas que frecuento (la 21 y la 53) llevan puesta la radio mientras hacen sus rutas, lo cual obliga al pasaje a escuchar lo que el conductor quiere. Por lo general yo, que no soy demasiado quisquillosa, no me molesto por ello. A veces incluso suena buena música (esta mañana sin ir más lejos, el “Hotel California” de The Eagles), lo cual incluso me alivia el trance de viajar apelotonada con extraños.

Peor fue ayer: un conductor de uno de los autobuses de la línea 21 llevaba puesta ¡¡la COPE!!, a un volumen francamente molesto por lo elevado. Qué de gritos, qué de crispación, qué de violencia verbal salían por ese aparato del demonio. No di crédito a lo que estaba escuchando. “Este tío”, pensé, “nos está obligando a todos a escuchar fascistadas porque a él le da la gana”.

“Debería poner una queja en la EMT”, pensé también. Enseguida me di cuenta de que no iba a servir para nada. “Si Espe se entera de que un conductor madrileño hace propaganda fascista, le pone una medalla.”

Qué ciudad ésta.

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