Mumbai

Dicen que India produce en los que pisan por primera vez el país uno de estos dos sentimientos extremos: devoción o aversión. Mi caso, por fortuna, es el primero. Me declaro prendada por la cultura, la historia, la arquitectura, los paisajes y las gentes indias, y aunque sólo he visitado la ciudad de Mumbai (antes Bombay) sé que siempre habrá en mi corazón un lugar para este fabuloso país, que espero conocer si tengo tiempo, salud y posibles.

Mumbai (मुंबई en idioma maratí) siempre se llamó así, pero los portugueses llegados a la bahía en el siglo XVI, por razones que no se conocen con precisión, bautizaron la bahía y sus costas como “Bombaim”. La palabra “Bombay”, derivada de la anterior, fue el nombre oficial de esta ciudad del estado de Maharashtra (del que es la capital), hasta que el Gobierno local decidió cambiarlo por su nombre original, Mumbai, siguiendo su política de recuperar los nombres históricos de los lugares invadidos por los europeos. Por cierto que esta ciudad lleva bastante tiempo siendo gobernada por un partido de ultraderecha, el Shiv Shena (”Ejército de Shiva”), cuyo líder máximo Bal Thackeray (apodado “el sahib“) se declara admirador y seguidor de Adolf Hitler. Es un partido basado en el nacionalismo hindú o Hinduvta, un movimiento sociopolítico nacido en el siglo XX como una de las respuestas a la dominación británica, y que a pesar de lo dicho nunca ha resultado tan letal como el fascismo o el nazismo, porque la esencia misma del hinduísmo impide no considerar como algo propio las otras grandes religiones locales, el jainismo, el budismo y el sijismo.

Los nacionalistas hindúes, junto con el resto de nacionalistas indios, lograron la independencia del Reino Unido en 1947, gracias en parte a la extraordinaria fuerza del movimiento “Quit India” (”Abandonen India”) de Mohandas Karamchand Gandhi, cuya resistencia pacífica es de sobra conocida en el mundo entero. Precisamente, este líder indio conocido como “el Mahatma” (”alma grande”) es uno de los más ilustres ciudadanos de Mumbai, junto con personajes tan importantes como Rudyard Kipling.

La dominación inglesa, que perduró durante tres siglos, dejó en su última etapa una importante huella en la ciudad, cuyos edificios representativos muestran una arquitectura singular, única en el mundo, fruto de la afortunada unión entre la construcción inglesa victoriana y la local. Uno de los más bellos ejemplos de esta arquitectura es el hotel Taj Mahal, en el que tuve la fortuna de alojarme durante mi estancia en Mumbai y que ha acogido en su siglo de existencia a los más notables visitantes de la ciudad en las últimas décadas. Su presencia, junto a la Puerta de la India (”Gateway of India”) y a la bocana del antiguo puerto de Mumbai, es imponente:

Esa Gateway Of India tan característica de Mumbai se construyó en conmemoración de la primera visita de un monarca británico a India. Se trataba de Jorge V, que pisó suelo indio en 1911. Fue también el lugar elegido por el Gobierno inglés de entonces para abandonar India en 1947.

Pero no sólo interesan los edificios en Mumbai, ni mucho menos. De hecho, es una de las ciudades más entretenidas que conozco. Es un hormiguero en el que suceden cosas sin parar, en el que personas, animales, trastos y vehículos no dejan de moverse prácticamente en todo el día. Hay tanto que ver que no me habría importado nada colocarme a mirar durante horas sentada en una sillita en cualquier calle principal.

El tráfico rodado es en apariencia caótico y ciertamente denso. Si se quiere cruzar de acera hay que tener los nervios templados y el espíritu decidido, y especial cuidado con los pequeños taxis urbanos, cuyos conductores son probablemente los más peligrosos en potencia. Ah: en India conducen por la izquierda.

Hay una enorme cantidad de personas que viven en la miseria, algunos de ellos con la calle como único hogar (hecho favorecido por el clima tropical que goza Mumbai), y muchos otros sobreviviendo en infraviviendas sin las mínimas condiciones de habitabilidad. Muchas de estas personas, niños sobre todo, procuran sacar algo para comer a base de pedir limosna en los semáforos, o vendiendo también allí juguetes o libros. He oído con frecuencia a gente que ha visitado alguna ciudad india decirme que “no le puedes dar limosna a un niño, porque entonces se la tienes que dar a todos”. Personalmente, prefiero dársela a todos. Hasta que me quede sin monedas, quiero decir. El hecho es que la pobreza en India sí es un problema palpable. No cabe duda de que no es tolerable que tantos millones de personas lleven una existencia tan dolorosa.

Una se pregunta cómo lo pueden soportar con ese aparente estoicismo. Tal vez la respuesta esté en la filosofía que comparten la mayoría de los indios, cualesquiera sean su ideología y su credo religioso, y que los hace pensar en la posibilidad de que en otra vida las cosas no sean tan malas como en la actual.

La religión en India es un asunto serio. No hay taxista hindú que no lleve en su vehículo una imagen del Señor Ganesha (mi preferido, el dios con cabeza de elefante), en ocasiones acompañado por sus padres Shiva el Destructor y Pavarti, como prevención de infortunios o accidentes. Los musulmanes de Mumbai, que también los hay, prefieren acompañarse de un rosario islámico, y los cristianos de una cruz. Los sijs de grandes bigotes hacen ostentación de su condición de tales en su vestimenta y su turbante. Todas las religiones tienen cabida en India. Tanto es así que Buda fue asimilado por el hinduísmo convirtiéndolo en una de las reencarnaciones del dios Visnú (el Conservador).

Uno de los lugares en los que se puede aprender mucho sobre las religiones indias es el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj (antes Museo Príncipe de Gales), una de las más bellas construcciones de la ciudad, en la que se muestran al público excelentes muestras artísticas de la variadísima manufactura local.

      

Cuando yo lo visité, acompañada de una audioguía que prestan gratis a los extranjeros, la mayor parte de los visitantes eran alumnos de primaria, muy uniformaditos y muy bien controlados por sus maestras. Dentro del edificio hay mucho que ver, pero recomiendo particularmente la visita a la sala de las miniaturas, verdaderas obras maestras.

Hay aún un par de cosas más de Mumbai que la hacen definitivamente distinta del resto de las ciudades del mundo: Una es la factoría de cine de Bollywood, la mayor industria cinematográfica del mundo, de la que salen películas en hindi por toneladas (he podido ver algunos fragmentos de filmes bollywoodienses: personalmente, reconozco mi incapacidad para encontrarles la gracia; las encuentro horteras y acartonadas). La otra es la Marine, el paseo marítimo que rodea casi la mitad de la enorme bahía de Mumbai, y desde la que podréis disfrutar de vistas tan hermosas como éstas:

Hay muchas cosas más que dejo sin comentar, pero no quiero ser exhaustiva. Me conformo si os he transmitido parte del profundo sentimiento que me he traído de Mumbai, una ciudad tan grande como interesante, tan compleja como evocadora.

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