El tiempo amarillo

Esta mañana, pensando en la muerte de Fernando Fernán Gómez, me he acordado de una tontería que escribí poco antes de casarme, en 2003. Decía entonces que había estado ojeando -y hojeando- la autobiografía del actor-escritor-director (”El tiempo amarillo”), y que me había asaltado por sorpresa la envidia más pueril, al ver la cantidad de fotografías con las que el autor ilustraba sus recuerdos, a pesar de lo poco que me gustaba que me hicieran fotos por aquel entonces (he superado esa fobia con el paso del tiempo y la ayuda de una cámara digital).

He escuchado hoy decir al ministro de Cultura que siente la muerte de Fernán Gómez porque hay gente que, como él, “llevaba cincuenta años de vida con su compañía”. Es verdad que estas muertes de personas muy conocidas, que para la mayor parte de la gente no se trata de decesos cercanos, nos afectan personalmente sólo porque nos damos cuenta de que se muere de alguna manera una parte de la vida que llevábamos.

En fin. A mí me parecía un actor francamente bueno, en ocasiones divertidísimo. Su voz era una de las mejores que he escuchado. Me gustaba cómo escribía, y cómo contaba las cosas. Algunas de las películas, obras de teatro y series de televisión que dirigió, me parecen de las mejores cosas que se han hecho en España en tales ámbitos.

No entiendo por qué tenía ese carácter tan rematadamente desagradable, pero acaso se explique en el hecho de haber sido un felicísimo niño y adolescente durante la República, y tener que haber vivido sin embargo la amargura del franquismo y sus consecuencias sobre su profesión. En todo caso, y que me perdonen las víctimas de sus arrebatos, a mí eso me da perfectamente igual.

Si no fuera porque una es así de descreída y de poco afecta a las ceremonias y los ritos, me pasaría por su capilla ardiente en el Teatro Español (cuyo gallinero tantas veces frecuenté siendo una chavalita con ganas de ver teatro y poco dinero para pagar las entradas).

Se ha muerto un cómico. Naturalmente, no lo enterrarán en sagrado. Como debe ser.

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