Seúl es la tercera ciudad que conozco del llamado Extremo Oriente (los otros dos viajes a esa parte del mundo me llevaron hace unos meses a Singapur y a Tokio, respectivamente), pero creo que no tiene demasiado que ver con las otras dos. La estancia ha sido intensa, y aunque sólo he pasado unos días en la capital de Corea del Sur, he visto un montón de cosas y he aprendido mucho.
A lo mejor os suena la frase y os parezca un tópico gastado, pero en este caso es ineludible: Corea del Sur es un país de contrastes, más que ningún otro sitio que haya visitado. Es posible pasar del lujo a la escasez en un abrir y cerrar de ojos, de un mercadillo a un suntuoso centro comercial en un periquete, de la tecnología punta aplicada a la publicidad callejera a una tienda de productos tradicionales en un pis-pas. Un buen ejemplo de esto son los jardines del palacio de Gyeongbokgung, que se encuentran al lado de una enorme avenida en el lecho del valle en el que se edificó la ciudad de Seúl. En un momento se pasa de esto:

A esto otro:


Este palacio, como todos los demás de Seúl, ha sido reconstruido recientemente. Los invasores japoneses, que hasta el fin de la segunda guerra mundial ocuparon Corea, destruyeron todos los vestigios de la cultura coreana, tanto en las construcciones como en la lengua o las bellas artes. El hecho de que se les prohibiera expresarse en su propio idioma o cultivar sus costumbres ancestrales ha hecho de los coreanos un pueblo muy nacionalista, y muy orgulloso de su cultura. El Museo Nacional de Corea es un faraónico edificio en el que se albergan las cuatro cosas que les quedan después de las numerosas invasiones extranjeras que han sufrido a lo largo de su historia, y cuyas enormes salas semivacías dan cuenta de la importancia que dan los coreanos a la reivindicación de su historia y de su independencia.
Tienen otro museo que a mí me gustó mucho más que el Nacional: el Folclórico. Situado en el recinto del palacio de Gyeongbokgung, en un bello edificio con forma de pagoda, ofrece al visitante un encantador paseo por las tradiciones coreanas.

A los seulitas les encanta comprar. Algunos de los lugares más populosos de Seúl son los mercadillos callejeros, como el de Namdaemun, bullicioso y algo mareante, pero muy entretenido.

Las tiendas de ginseng son espectaculares, con sus expositores de enormes raíces metidas en tarros de cristal:

Otro lugar entretenido de Seúl es la calle Insa-dong, en la que compré un papel estampado con un sello tradicional (un “jeon gak“). Contiene un dicho confucionista que dice que “mejorar la mente preserva la vida”. Me pareció hermoso.
En Insa-dong también se puede comprar algo para comer en uno de los numerosos puestos ambulantes de dulces y salados.

Los coreanos son cálidos y resultan mucho más cercanos que los japoneses, por ejemplo, a quienes no tienen en mucha estima, como tampoco a sus vecinos chinos. Son un poco brutos al andar por la calle: si no tienes buenos reflejos es posible que te des unas cuantas tortas con la gente con la que te cruces por la calle o al salir del metro (un buen metro, por cierto, bien organizado y barato). No hay muchos occidentales, así que es posible que os pase lo que a nosotros: a la salida de un museo, unos niños la mar de graciosos comenzaron a señalarnos mientras se reían abiertamente, absolutamente asombrados de nuestro aspecto y nuestra manera de hablar. Me parecieron tan divertidos que les saqué esta fotografía:

El pensamiento confucionista tiene un ascendente tremendo sobre las costumbres coreanas, así que no esperéis un comportamiento tan espontáneo de los adultos, pero sí os encontraréis con un respeto tremendo a los ancianos; sobre todo con los hombres, pero también con las mujeres de edad avanzada, hay un cuidado exquisito y un trato en general deferente.
En Seúl conviven muchas religiones, pero choca la abultada presencia cristiana (hay hasta gente del Opus Dei). Otra característica de la ciudad es la inquietante, por lo numerosa, presencia policial. Ya sabéis cómo se las gasta la policía surcoreana, ¡hace falta ser valiente para enfrentarse a sus miembros en una manifestación, pero el hecho es que los altercados callejeros son prácticamente cotidianos! Otro misterio coreano más.
¿La comida coreana? En general, demasiado picante, pero rica y saludable si consigues que no te la llenen de diabólicas especias.
“En el caos coreano siempre hay un orden”, me decía Iker, uno de los becarios españoles que viven en Seúl. Es una buena frase para broche de este artículo. Dejémoslo ahí.

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