Llevo varios días esforzándome por transmitir una idea de la República Dominicana que se aparte de la que tienen la mayor parte de los españoles, quienes por lo general no entienden que ese país ofrezca apenas nada más que playas, ron, merengue, y tal vez y con suerte algún ligue casual.
Esta paupérrima idea de Dominicana se entiende si se presta atención a los paquetes turísticos que ofertan los tour operators: suelen consistir en varios días de encierro en un hotel a orillas del mar Caribe o del océano Atlántico, de donde aconsejan a los turistas que no salgan “por su propia seguridad”. Esto, unido al hecho de que en muchas ocasiones los hoteles se encuentran en parajes alejados de los núcleos poblacionales, hace que los turistas españoles vuelvan a casa sin haber visto de la República Dominicana más que la barra del bar del hotel y una playa de la que suelen acabar aburridos. En estas condiciones, tampoco interactúan apenas con los lugareños (a excepción del personal del hotel), porque la entrada a estos hoteles no está permitida si no se aloja uno dentro.
Ya que Dominicana es un país bastante seguro, por el que se puede dar vueltas tranquilamente si se siguen algunas medidas básicas de precaución -que incluyen dejar el pasaporte a buen recaudo-, no tiene ningún sentido practicar ese tipo de turismo “de encierro”, sobre todo si se tiene en cuenta que la República Dominicana es un país de una enorme belleza natural, con una amplia variedad de paisajes y una población cálida y amable, siempre deseosa de colaborar a satisfacer la curiosidad del turista. Las playas, por supuesto, son parte de su atractivo y como tales conviene tenerlas en cuenta como uno de los objetivos de la visita. Pero por favor, no objetivo exclusivo. Hay mucho más que ver: haré hoy un primer repaso de algunos de los lugares que hemos tenido la suerte de visitar en agosto. Empezaré hablando de Santo Domingo.
Santo Domingo
En la capital de la República Dominicana podéis encontrar, como ya os expliqué aquí, varios monumentos de los primeros años de la colonización. Casi todos se encuentran en la llamada Zona Colonial, un barrio lleno de hermosas casas señoriales de aire andaluz o extremeño, en el que casi todo es primado: la catedral, el ayuntamiento… Incluso lo es la calle de las Damas -la primera calle de las Américas-, cuyo nombre se explica con que ése era el único sitio por el que, en tiempos, podían pasear las damas castellanas instaladas en la isla.

Tradicionalmente, a los dominicanos les gusta “condear”, pasear arriba y abajo por la calle de El Conde, una calle peatonal llena de establecimientos que une el parque Independencia con la plaza Colón. El Conde ha sido testigo de muchos momentos importantes en la reciente historia dominicana: en uno de sus edificios se instaló el Gobierno provisional de Caamaño, y en una de sus cafeterías más famosas, La Cafetera Colonial, se reunían los exiliados españoles que se refugiaron en la República Dominicana huyendo de la represión franquista.

En la plaza Colón se encuentran la catedral, el ayuntamiento y una estatua que representa a Cristóbal Colón, a cuyos pies se postra semidesnuda la cacica rebelde Anacaona, situación imposible en la realidad e inexplicable en la escultura. Más de una noche criticamos la falta de sensibilidad histórica del escultor desde la terraza de la Cafetería del Conde, un café lleno de historias y de ilustres y/o famosos visitantes. Cerca de la plaza Colón se encuentra la plaza de España, llena de agradables terrazas en las que se puede comer algo o simplemente tomar una “fría”, una cerveza Presidente. En esta plaza, dando la espalda al alcázar de Colón, hay una estatua que representa a Nicolás de Ovando, el primer gobernador de la isla, de quien algunos dicen con justicia que fue “constructor de ciudades y destructor de indios”.

El mar Caribe es parte fundamental de la ciudad, que recibe sus olas en el malecón, paseo que por lo que me contaron ha tenido tiempos mejores, pero en el que aún hay varios hoteles y algunos colmados, además de algunas plazas y algún parque.
Los colmados merecen párrafo aparte: son los establecimientos en los que la mayor parte de los dominicanos pasa sus ratos de ocio. En ellos puede uno hacerse con víveres, bebidas y otras cosas, comer algo, tomarse unas cervezas o unos refrescos, y conversar o jugar al dominó -verdadero deporte nacional-, si es que la música, casi siempre a volumen atronador, lo permite. También se puede echar un bailecito. Éste es el colmado que frecuentábamos Ángel y yo (aquí en un día de lluvia):

Nosotros nos alojamos en casa de la madre de Ángel y de su marido Guarocuya, en el barrio de Gazcue. Es uno de los barrios tradicionalmente más confortables y elegantes de Santo Domingo, lleno de hermosos hotelitos de las décadas de los 20, los 30 y los 40, que comparten calles con edificios de pisos, más modernos, y vecindario con el Palacio Presidencial, que actualmente ocupa Leonel Fernández. Dicha ilustre vecindad hace posible que el barrio de Gazcue sea uno de los que sufren menos cortes de suministro eléctrico (un mal que afecta constantemente a casi todo el país, dicho sea de paso, y que obliga a los dominicanos a hacerle frente comprando un alternador que los saque de apuros, si es que se lo permite su presupuesto; abundaré en este asunto y en otros similares otro rato).

Hay en Santo Domingo un recinto lleno de museos y edificios oficiales dedicados a la promoción cultural, llamado Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, y que ocupa un terreno que hace décadas fue propiedad de Trujillo. Nosotros visitamos lo que nos pareció más interesante del recinto: el Museo del Hombre Dominicano (donde, a pesar de su nombre, también se tiene en cuenta a la mujer dominicana), en el que el visitante puede hacerse una idea de cómo fueron las culturas precolombinas de la isla y en qué consistió el proceso de colonización. Aunque las instalaciones están visiblemente estropeadas por el paso de los años, y algunos carteles y fotografías necesitan restauración urgente, se aprenden algunas cosas interesantes sobre los dominicanos y su historia, entre ellas una fundamental: las culturas africanas llegadas a la isla con los pobres esclavos suponen un pilar imprescindible de la sociedad dominicana.
También hay cosas malas que decir de Santo Domingo, mal que me pese. Por ejemplo, que todas sus calles adolecen del mismo caos: en el 90% de ellas hay enormes agujeros, tanto en las aceras como en las calzadas, frecuentemente hay basura de todo tipo arrojada en cualquier parte, y enormes cables se cruzan de un lado a otro de las calles. Más grave aún, la pobreza en Santo Domingo es evidente, a poco que se dé una vuelta por la ciudad o se salga de ella en dirección a otros lugares del país. Un informe de la UNESCO habla de algunos de los barrios marginales de la capital dominicana en estos términos: “Viven en medio de la basura, en los vertederos donde se evacuan las aguas residuales de la industria, en un terreno cenagoso, sin agua ni servicios sanitarios. En dos barrios pobres, La Ciénaga de Guachapita y Los Gandules, en pleno centro de la ciudad de Santo Domingo, viven 48.000 personas, la mayor parte desempleados o que acaban de llegar del campo. Son seres marginados en el corazón de una capital en la que viven más de un millón de otros marginados. Viven en pequeñas chozas, pegadas unas a otras (el 70% en muy mal estado). Cinco o seis personas, hacinadas en viviendas que tienen entre 18 y 24 m2, se ven obligadas a salir a la calle para lavar a sus hijos u organizar reuniones. ¡Y qué calle! No hay más que lodo, y ningún automóvil podría pasar por allí: sólo los “motoconchos” (motos a las que se les añade un maletero y sirven de taxi) pueden circular. Para buscar agua, algunas mujeres y niños recorren kilómetros a pie. La mayor parte trabajan como “chiriperos”: en medio del camino, venden un día zapatos y otro día cocos, o helados, pasteles hechos en casa o zumos de fruta. Tienen suerte si logran reunir unos 100 dólares mensuales por familia. De ahí que trabajen todos, ya tengan 7 ó 65 años. Hay también una importante corriente de emigración de las mujeres hacia España, donde trabajan como criadas y pueden así dar de comer a toda la familia en Santo Domingo.” De esta durísima situación salen todas esas mujeres que trabajan en España. Espero que lo recordéis y se lo hagáis recordar a los demás, cuando los catetos pensamientos racistas y/o xenófobos que todos tenemos incrustados en el coco os asalten por sorpresa.
Aún me quedan cosas que contar de Quisqueya. Mañana procuraré seguir haciéndolo.


3 comentarios ↓
i like went to dominican republlic thats a country too beautiful and i like it…
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ta chulo mi pais
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