Ayer se presentaron al público los últimos prisioneros que han llegado al zoo-acuarium de Madrid: dos osos panda gigantes, algunos de los animales más bellos del mundo.

Estas bellezas van a vivir de cara al público lo que les queda de vida, en una jaula con forma de pagoda donde encontrarán todo el bambú que les quepa. Son dos ejemplares (macho y hembra) nacidos en la República Popular China, cuyo Gobierno ha decidido disponer de sus vidas regalándolas al Estado español a través de los Reyes de España, que recibieron el original presente en su visita oficial a China de hace unos meses.
Como sabéis, no es la primera vez que ocurre tal cosa: En 1978, durante la primera visita oficial de los Reyes españoles a la República Popular China, los gobernantes chinos les regalaron una pareja de osos panda. La hembra parió al famoso oso Chu-lín, cuya existencia llenó de visitantes el zoo de Madrid. Los responsables de éste han venido insistiendo desde el fallecimiento del oso (en 1996) en cubrir su vacío con otros traídos desde China. Supongo que estarán satisfechos de haberse salido con la suya: se prevé que se multipliquen las visitas al recinto zoológico, con el aumento en la recaudación que ello supone.
Pero, aún dejando de momento las consideraciones éticas sobre el tráfico de animales a un lado, ¿a nadie le parece una barbaridad que la Corona se dedique a trapichear en beneficio de una empresa privada con concesión municipal? Ya que los pobres osos panda son una especie de lotería para el empresario que se haga cargo de ellos, ¿no habría sido lo lógico y lo legal sacar su sostenimiento a concurso público?
Qué triste mundo éste, cuando hay que hacer consideraciones de este tipo.

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