Franco ha muerto, el franquismo no (I): la pauperización de la enseñanza

Uno de los cientos de cuentos que el psicoterapeuta Jorge Bucay tiene en su repertorio narra cómo una niña permanece expectante ante su espejo el día de su noveno cumpleaños, atenta para no perderse el momento del cambio, de la transición entre el año octavo y el noveno. Su frustración es grande cuando, al cabo del día, no ha tenido lugar el esperado momento en el que debía desaparecer la niña de ocho años para dar paso a la niña de nueve. A pesar de eso, repite la experiencia al año siguiente, y al otro, con idéntico resultado. Por fin, el día de su duodécimo cumpleaños se da cuenta de la verdad: no se había producido nunca ese momento de la transición, porque nunca habían desaparecido la niña de ocho años, ni la de nueve, ni las sucesivas. Todas ellas estaban dentro de la adolescente de doce años, con sus amores, sus miedos, sus alegrías, sus juegos y todo lo demás.

Del mismo modo, en general las naciones no son sólo lo que hoy vemos, sino que incluyen todo lo que han sido en el pasado. El caso de España es particularmente triste, porque el pasado reciente incluye una dictadura sangrienta, ultraconservadora, beaturrona, clasista y cruel hasta lo insospechado por la gente normal. Una dictadura triunfadora, cuyos fundadores consiguieron arrebatar del poder a los que lo detentaban legítimamente a fuerza de la violencia más salvaje, y durante la cual hubo la posibilidad de acabar lenta y cruelísimamente con cualquiera que supusiera una amenaza, aún lejana, para el statu quo de los vencedores.

Además, y esto tiene consecuencias a mucho más largo plazo, se elaboró un plan para cambiar el país de cabo a rabo: no sólo se reprimieron con saña las ideas revolucionarias, progresistas y transformadoras que habían triunfado en las elecciones de 1936, sino que se previó la posibilidad de que en un futuro la mayoría de los ciudadanos (es decir, los obreros, los productores y sus hijos) se convirtieran en gentes pensantes, capaces de estar al cabo de la calle, con conciencia de clase y conocedores de la causa de sus problemas. En cuanto a las ganas de cambiar la realidad, no podían hacer gran cosa sin cambiar el sistema para el bien general, porque la necesidad genera el órgano, como es sabido.

Se suele coincidir en que el último crimen del franquismo fueron los últimos asesinados por el Estado de entonces. Y así sería si no se tuviesen en cuenta otros crímenes incruentos, pero que aún hoy -acaso con más fuerza, debido a su propia naturaleza- causan que cientos de miles de víctimas inocentes sufran las consecuencias. Otro día me referíré a otros asuntos, pero quisiera hoy centrarme en cómo se gestó la pauperización de la educación no universitaria, y con qué fines. En otra ocasión también intentaré explicar cómo hoy día se ataca con fiereza (sin parangón en los países del entorno) a lo que queda, a la educación universitaria, por parte de los sucesores de los dirigentes franquistas, modernizados y restaurados. Como se suele decir, los mismos perros con distintos collares. Al menos en esto y en otros asuntos de la misma importancia.

Cuando terminó la guerra civil (1939), hacía casi un siglo que las ideas krausistas en la educación habían comenzado a abrirse paso gracias a algunos valientes profesores librepensadores como Francisco Giner de los Ríos, que se enfrentaron con el régimen de Isabel II a costa de sus puestos de trabajo. En 1876 fundaron la Institución Libre de Enseñanza (ILE), cuyo credo era “la neutralidad religiosa y política y la independencia total del Estado y de toda comunión religiosa o escuela filosófica”. Estas ideas, que aún hoy son combatidas con fiereza por numerosos colectivos, instituciones y agrupaciones de toda índole, fueron compartidas durante décadas por cientos de educadores. Durante la Segunda República española, la ILE fue creciendo en apoyo, estimación pública e importancia. Sus esfuerzos por hacer de sus alumnos personas íntegras, cultas, sociables e independientes intelectualmente fue visto con buenos ojos por la mayoría de la intelectualidad de la época.

Los fascistas eran conscientes de la amenaza que suponía permitir que se crease una generación de librepensadores armados de conocimientos. Una de las primeras medidas que tomó el Gobierno franquista fue precisamente la proscripción de la Institución y la incautación de sus bienes. Además, se ideó un plan a nivel estatal para perseguir cualquier atisbo de progresismo en el cuerpo de maestros, que fueron obligados a pasar sin excepción por unas Comisiones Depuradoras creadas al efecto, donde no sólo tuvieron que demostrar su “solvencia moral” y expresar su súplica para poder ejercer la docencia, sino incluso fueron forzados a delatar a sus compañeros. En la provincia de Madrid fueron habilitados el 75,16% de los docentes, pero 1.034 fueron sancionados, y muchos de ellos inhabilitados de su puesto de trabajo. Como describe Sara Ramos, autora de un libro sobre la depuración de maestros durante la dictadura, se trató de un proceso «punitivo y preventivo que marcó la historia del país a lo largo de muchas décadas».

Hecha la purga, se sometió a los escolares españoles al envenenamiento y el adoctrinamiento más burdos, como puede comprobar cualquiera que eche un vistazo a los textos docentes de los años 40 y 50. Los métodos de enseñanza incluían, además, malos tratos físicos y psíquicos, la crueldad, la amenaza, el castigo, el insulto y el escarnio público. La primera generación de escolares en el franquismo fue la que más sufrió, pero el ataque contra los estudiantes no terminó entonces. Sólo se dulcificó algo y se afinó mucho.

Se sucedieron reformas legales que procuraron hacer de la educación obligatoria en España una paridera de “buenos españoles”, tal y como el régimen franquista quería, pero aún coleaba el problema de que, cada vez en mayor número, los hijos de los obreros continuaban estudiando después de los once años, accediendo a un nivel cultural que en los años 60 comenzó a preocupar seriamente al régimen franquista, porque se formó un grupo de gente díscola y rebelde, opuesta al Gobierno, con capacidad para organizarse y plantarle cara al franquismo. Para solucionar este problema, en 1970 se aprobó la Ley General de Educación, que regulaba la Educación General Básica (E.G.B.) y los nuevos Bachillerato Unificado Polivalente (B.U.P.) y Formación Profesional (F.P.). Esta ley supuso un golpe definitivo a la calidad de la enseñanza no universitaria en España.

Y desde entonces no sólo no hemos mejorado, sino que las sucesivas reformas legales de las enseñanzas no universitarias han contribuido a perpetuar este modelo de escolaridad de mala calidad para la mayor parte de la población, los hijos de los obreros. Yo me eduqué en la E.G.B. y en el B.U.P. y el C.O.U., que siendo unas porquerías aún resultan mejores modelos que los actuales, para desgracia de todos.

Es uno de los triunfos a largo plazo del franquismo. Y no es el único.

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