Tokio

Durante los días que he estado en Tokio por motivos de trabajo, he podido escaparme de vez en cuando para visitar algo de la ciudad. La verdad es que todo lo que he encontrado en mis paseos no me ha defraudado; tampoco me ha sorprendido, en general. Puede decirse que Tokio ofrece a sus visitantes todo lo que los visitantes esperan encontrarse en la capital de Japón: una ciudad ultramoderna, con el característico sello de Extremo Oriente, en la que es posible gastarse el dinero de miles de maneras distintas, y sin encontrarse con problemas de inseguridad ciudadana.

No es que Tokio tenga mucho que ver, pero para mí cualquier cosa tiene interés, desde una estación de metro (estupendo) hasta una tienda de amuletos de la suerte, como ésta del barrio de Asakusa:

En Asakusa hay un mercadillo que se ha instalado entre la puerta Kaminari-mon, que anuncia el templo budista más antiguo de Tokio, y el templo Senso-ji, propiamente dicho. Me resultó bastante entretenido dar una vuelta por las tiendecitas, a pesar del frío nocturno.

Al final de esta calle de tiendas, que se llama Nakamise, se encuentra la explanada del templo. Me puse a la cola con la multitud que se preparaba para echar monedas a una caja limosnera (a la que yo también arrojé algunos peniques británicos que tenía olvidados en el bolso), aunque naturalmente no adopté la pose piadosa que los creyentes tomaban tras el óbolo, mientras supongo que rezaban a Kannon, la personificación budista de la compasión infinita, cuya estatua recuerda la dedicación del templo a esta deidad local:

He observado que la gente se mueve en Tokio bastante deprisa: hay que ser ágil, andar con decisión, cruzar sin reparo, esquivar al que viene hacia una, tirarse en plancha al medio de la multitud que cruza el paso de cebra en sentido contrario al nuestro. Los peatones tokiotas entienden el tránsito pedestre como los romanos el rodado: hay que ser ágiles, no tener piedad con el rezagado, si no pasas tú paso yo, vamos-que-nos-vamos. En Shibuya, una zona de tiendas bastante alocada, los pasos de cebra se dan de tres en tres. Hace falta ser rápido y decidido, para no ahogarse en la marea humana que se abalanza hacia el otro lado de la calzada:

La visita a Shibuya me provocó una reflexión melancólica: esta zona es el colmo de la locura consumista y del descerebre tecnológico. Los edificios están llenos de carteles luminosos, de pantallas de televisión gigantes, de -esto es lo peor- altavoces disparatados. Es un sitio alienante y alocado, con tiendas a mansalva y riadas de personas moviéndose en todas las direcciones posibles. En una de las calles adyacentes a la plaza de la estación encontré un escaparate de restaurante digno de fotografiar: en él se mostraban al público los platos que se ofrecían en el interior, modelados en cera. Es una costumbre común en muchos establecimientos de Tokio, bastante cómoda por cierto para los que no hablamos japonés.

No creáis que en Tokio no se pueden encontrar remansos de paz. Se puede, claro. Uno de ellos es el parque Ueno, en el que además de pasear y dar de comer a las palomas se pueden visitar museos, como el Museo Nacional de Tokio:

No guarda demasiadas obras de arte de gran interés (el Museo Británico tiene una sala dedicada a Japón, que contiene obras mucho más interesantes que todo lo que guarda éste de Tokio), pero merece la pena darse una vuelta por sus salas.

En cuanto a los japoneses, son gentes moderadamente reservadas, cuidadosas de no interferir en la vida privada de los demás sin permiso ajeno, exquisitamente educadas y bastante amables. Reciben de buen grado a los extranjeros, y aceptan admirablemente préstamos de otras culturas.

También tienen cosas malas, naturalmente. La que menos me gustó fue darme cuenta de que los ciudadanos tokiotas viven pendientes de sus teléfonos móviles, mp4’s, PDA’s y demás cacharros. Es una auténtica lata, tanto que en muchos lugares públicos se avisa de que no está permitido hablar por el móvil (para no molestar al vecino, se advierte). Por cierto que este cuidado extremo por no molestar es bastante común: hay zonas de fumadores en plena calle, en los lugares más transitados de la ciudad. Y los fumadores las usan.

Tengo ganas de volver, espero que con compañía, y visitar Kioto y otros lugares recomendados. Me gustó Japón.

Sólo una cosa más: tuvimos dos terremotos. El más feroz nos despertó a todos a las 3.15 de la madrugada. No pasé apuros, porque es de sobra conocido que en Japón las medidas anti-sísmicas garantizan, a menos que el movimiento sea muy gordo, que no haya muertos en los terremotos.

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