Tono, ni para ti ni para mí

Os escribo desde Tokio, ciudad de la puntualidad, de los adolescentes cosplays (ésos que van por la vida disfrazados de personajes de animes o tebeos manga), las prisas. Ya os contaré mis impresiones, como suelo al volver al hogar, dulce hogar.

Sólo quería saludar (con la patita derecha en alto, como el gato japonés -Maneki neko- que trae buena suerte), y contaros un par de cosas tontas que se me ocurren estos días.

Una de ellas es escatología pura: de todo tiene que haber en estos blogs del Señor. Y con esto no creais que voy a hablar de la vida ultraterrena, sino de cosas excrementicias. Me remito a una discrepancia que teníamos Ángel y yo con Tono, mi cuñado residente en Damasco. Fue allí donde, ennumerando las desventajas -escasas- de Siria a la hora de valorarlo como el país en el que vivir temporalmente, mi chico y yo coincidíamos que no podía ser eso de no poder tirar el papel higiénico por el wáter. Tono, sin embargo, decía estar convencido de que el método que se estila para limpiar los bajos por aquellas tierras árabes -el manguerazo en salva sea la parte-, es el más higiénico posible. (La desventaja que Mar y yo planteábamos era obvia: luego sale una mojada y agarra una cistitis que p’a qué). Pues bien, Tono, ni p’a ti ni p’a mí: para los famosos inodoros remojadores automáticos nipones (que aquí por lo visto tiene todo pichichi en casa), que se complementan estupendamente con una excelente red de alcantarillado, lo que permite que una se seque ya-sabéis-qué después de ya-sabéis-qué. ¡Perfecto! Ahí tenéis una ilustración de los mandos:

La otra reflexión es -lo siento- aún más tonta y todavía más prescindible, pero es lo que hay. He cometido la humorada de traerme tres libros. Uno de ellos estaba a punto de terminarlo, y lo terminé. El otro acabo de empezar a leerlo (es una novela de un autor japonés, traducida al castellano). El de en medio es un librito para pasar el rato, llamado “Ponga un vasco en su vida”. Me lo leí entre antes de ayer y ayer. Me veía a mí misma paseando este libro por el hotel de Tokio y me moría de la risa. “Anda que, a quien se le diga…” (Ya sé qué me vais a decir, vascos y vascas, no sus esforcéis, que ya soy mayorcita y sé leer y distinguir.) El hecho es que me he dado cuenta de que un vasco en Japón, y con esto me refiero a un vasco como los descritos en el libro y también como los que yo conozco, se marchitaría en un santiamén.

Por supuesto, que al resto de españoles también nos pasaría lo mismo, salvando contadas excepciones, como mucho al año de andar por aquí. Pero ya decían los autores (Óscar Terol y sus cincuenta hermanos y hermanas) que “todos nacemos vascos”, aunque algunos nos demos cuenta tarde, o no lleguemos al vasquerío comme il faut.

Con este libro me acuerdo de Javier y de Iturri y Sorkunde… ¡y me mondo!

En fin, os dejo, que tengo trabajo. Konnichi wa!

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