Mi última misión laboral me condujo hace un par de semanas a la capital de Bulgaria, Sofía. Fue mi primera visita a Europa Oriental, así que casi todo lo que vieron mis ojos fue una novedad para mí. Por resumir y como preámbulo de mis impresiones, os diré que Sofía no se parece a nada de lo que yo haya visto nunca.
El aperitivo fue colosal: volar por encima de Italia y Grecia, el Egeo, los Balcanes y la agreste y feracísima tierra búlgara, llena de bosques, es una hermosa experiencia. Me arrepentí -más de lo habitual- de no dejar la cámara de fotos fuera del equipaje de mano. A ver si a la próxima me acuerdo.
En cuanto se pone el pie en Sofía se da una cuenta de que allí el frío es algo serio: cuando llegué estaba a punto de comenzar la temporada de nieve, que dura bastantes meses y que causa numerosos perjuicios a los habitantes de Bulgaria. En Sofía, me contaron, cuando empieza a nevar se forman sobre las calzadas capas de hielo (a base de que los coches aplasten la nieve), que sólo se pueden arrancar cuando comienza el deshielo, y que rompen el asfalto al levantarlas. Las consecuencias de este desastre son evidentes a los sentidos del que se mueve en coche por Sofía: los baches son de órdago. Más vale moverse en tranvía, uno de los medios de locomoción más utilizados por los habitantes de la capital.

Lo cual me lleva a hablar de una de las características principales de la Bulgaria de hoy: la falta de Estado, supongo que en -mala- compensación por las décadas de super-Estado en la época del “socialismo real”. A pesar de que Sofía en general tiene buena apariencia, también es evidente cierta dejadez por parte de las autoridades para mantener la ciudad en buen estado. Claro, que eso también se podría decir de la ciudad de Madrid, y con más razón. Se trata de otra modalidad de destuétene: os diré como ejemplo que una de las últimas grandes obras de la época comunista, el Palacio Nacional de Cultura, un edificio muy grande en medio de la ciudad, ha sido “reconvertido”, aprovechando la mitad de sus plantas para colocar tiendas de ropa. Así de triste.
De todos modos, Sofía resulta una ciudad muy agradable. Nada monumental, desde luego. No tiene mucho que ver, salvo su hermosísima catedral ortodoxa –mucho más hermosa por fuera que por dentro, con sus cúpulas tan características-, situada en la zona más visitada de la ciudad, llena de adoquines de color amarillo que -dicen- garantizaban que los tanques no patinasen cuando desfilaban las tropas búlgaras en épocas de la URSS, y que fueron donados precisamente por el Gobierno soviético con tal fin.


La situación política es de lágrima: en estos momentos, una coalición de partidos que incluye al Socialista y al de Simeón (“el único rey que preside una república”), gobierna el país a la espera de que en 2007 Bulgaria entre a formar parte de la Unión Europea. Ya veremos qué pasa después, y cómo afecta la UE a los habitantes de Bulgaria.
De momento, os diré que el sueldo medio de los búlgaros está en 177 euros al mes, lo cual puede conducir al desastre al 80% de la gente de Bulgaria el día en que su país entre en la Unión Monetaria. El 20% restante no tendrá problema: son las personas relacionadas con las múltiples mafias búlgaras, que se mueven por Sofía con absoluta impunidad y una desfachatez a prueba de bomba (compran coches con matrículas capicúas para diferenciarse del resto, hasta ahí llega la broma). No os preocupéis: sólo matan a gentes de otras mafias. El único problema es veros en medio de un tiroteo sin querer.
Este acercamiento a Bulgaria, tan somero pero tan apetitoso, me ha abierto las ganas de visitar el país, que todo el mundo está de acuerdo en que está lleno de hermosuras naturales y arquitectónicas. A ver si alguna vez puedo darme una vuelta por Rila, Plovdiv, y sobre todo Varna, la capital turística búlgara, a orillas del mar Negro… y cuyas bellezas, lo creáis o no, están queriendo explotar nuestros “poceros” inmobiliarios. Que su Dios (83% ortodoxos búlgaros, 15% musulmanes, resto católicos, judíos y protestantes armenios) los coja confesados… o preparados para lo que se les viene encima.
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