Si no fuera porque soy atea e incapaz de creer en serio en la existencia de deidades de cualesquiera características y orígenes, en estos momentos estaría viendo la posibilidad de convertirme en adoradora de Ganesha, el popular dios con forma de elefante, el hijo de Shiva y señor de su ejército, el ser supremo que favorece el éxito y la prosperidad.

En Little India, el barrio indio de Singapur, he visitado un par de templos hindúes (uno de ellos, el templo de Sri Veeramakaliaman, apareció durante unos días en el lateral de este blog), muy apropiadamente después de haber aprendido acerca de esta doctrina religiosa y de varias otras en un fabuloso Museo de las Civilizaciones Asiáticas, que actualmente se encuentra en un edificio victoriano a orillas de la ría, en la pequeña y fascinante isla del Sudeste asiático.
En los templos a los que me refiero se respira libertad y relajo (y no demasiada limpieza, por cierto). Por todas partes hay gente haciendo cosas de lo más diverso: un grupo parece adorar una pequeña estatua de Visnú rodeada de pétalos de flor y envuelta en humo de incienso; al lado, otro más da vueltas a un sagrario que acoge otra imagen, mientras en apariencia recitan sus oraciones; al fondo, un sacerdote actúa de guardián de las figuras de Shiva y Brahma… y turistas y locales, que vienen y van, mirando y comentando sus cosas. Fuera, en la calle, los comerciantes ofrecen sus productos -fruta, joyas, discos, saris, collares de flores-, bajo el auspicio de una representación de Ganesha, famoso en toda Asia, y adorado por cientos de millones de personas, que se encomiendan a él con el mismo fervor que en España muchos conductores profesionales confían en las bondades de san Cristóbal.
En Chinatown, el precioso y pintoresco barrio chino de Singapur, también se puede visitar un templo hindú, en Pagoda Street, cuyo nombre engaña al visitante: no hay ningún otro templo que el indicado. En ese templo, mucho más apacible, un creyente de buena fe podría comenzar su camino de perfección hacia la verdadera religión de una manera mucho más adecuada que en otros lugares más bulliciosos.
Hace años que creo que la vejez comienza en el momento en que las personas -frecuentemente, las menos espabiladas- empiezan a dejar de aprender y a no sorprenderse por casi nada. Yo tengo la alegría de la juventud, a pesar de que esté a punto de cumplir 37 años. Claro, que para darme cuenta de ello tengo que salir de España y visitar mundos muy distintos al que habitualmente me rodea.
Porque, la verdad, en este agotador país en el que tantas horas se dedican a hablar constantemente de tres o cuatro cosas (la desmembración o no desmembración, dos o tres leyes nuevas, la Iglesia y algún otro tema más), es fácil perder la alegría de la juventud, volverse vieja, cascarrabias y tonta, y dejarse llevar por la irritación que produce el hastío y el oír siempre las mismas -muchas veces detestables- opiniones sobre las cosas.
Me encomiendo a ti, oh Ganesha, para sentirme diferente. Durante un rato al menos.

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