Aparte de la no elección de Rouco Varela al frente de la Conferencia Episcopal, la mejor noticia que he recibido últimamente es el nacimiento en cautividad, por vez primera en España, de tres linces ibéricos en el Coto de Doñana. Parece que su mamá, una lince jovencita y primípara, de nombre Saliega, se está portando como una auténtica campeona: sus cachorros ya juegan y corretean, parecen bien alimentados y tranquilos. El padre, Garfio, es un magnífico macho de cuatro años natural de Sierra Morena. Con tales progenitores, supongo que la camada será espléndida.
Se trata de un éxito sin precedentes en lo que concierne a los esfuerzos por mantener la especie, la única de grandes felinos que tenemos en la península. Ojalá este nacimiento tan esperado y tan bienvenido no sea el último de estas características. Tengo oído que hay otra lince preñada en el mismo parque natural. Crucemos los dedos.
Ahora sólo falta que la Administración Central siga comprometiéndose por la protección de los linces ibéricos, de la manera en la que lo está haciendo. Lejos queda por fortuna la imbecilidad militante en la que el Gobierno del PP, en su sandia línea habitual, cayó también en este asunto. Recuerdo la comparecencia en el Senado de la secretaria general de Medio Ambiente pepera, María del Carmen Martorell, quien en su informe sobre la situación del lince ibérico y de las medidas a adoptar para su recuperación soltó, entre otras tonterías, las siguientes: “El lince parece bastante menos inteligente de lo que creíamos que era. Quizá tenga muy buena vista, pero después en sus conductas es un animal que corre muchísimo, y al correr muchísimo hay veces que no ve.”
Es una suerte que no tengan ya el poder ejecutivo. Para el lince, también.

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